A tu lado en la oscuridad (Bilogía Oscuridad 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

Silas

Me despierto con un dolor de cabeza horrible. Está claro que ese vodka era de una calidad de mierda, porque tengo la peor resaca de mi vida, y eso que, gracias a Dios, no he tenido muchas.

La luz que se cuela a través de las ventanas me molesta a la vista, pero el movimiento del colchón es todavía peor, y huele… Espera un momento, ¿se mueve el colchón?

Abro los ojos poco a poco y descubro una mujer menuda debajo de mí. Los movimientos provienen de ella y del llanto silencioso pero desconsolado que hace temblar su cuerpo.

¿Qué mierda? No tengo ni puta idea de quién es esta tía y no recuerdo absolutamente nada.

Hago un repaso mental de mi cuerpo, y empiezo a ser consciente de que estoy completamente desnudo, igual que ella. Además, mi erección mañanera se encuentra entre sus piernas. No recuerdo haberme acostado con ella.

Levanto la mirada hacia su cara, que tiene girada hacia un lado, con todo el pelo por encima. Me incorporo, y en ese momento mi polla roza su coño, y comienza a llorar todavía más, de un modo desesperado.

Guío mi mano a su cara y la sujeto, girándola para que me mire. El rostro que me devuelve la mirada es de absoluto terror; tiene la cara negra del rimel que se le ha corrido por las lágrimas y los labios resecos por la mordaza que le mantiene la boca abierta y por la que no puede conseguir gritar.

Me quedo helado. ¿Esto lo hice yo? ¿Yo le hice esta puta mierda?

No.

No puede ser.

Yo no soy así.

Pero mi mente es un completo borrón.

Todo negro.

Oscuridad.

Soledad.

Vacío.

Me aparto rápidamente de ella para que nuestra piel no esté más tiempo en contacto y eso parece tranquilizarla un poco, pero continúa llorando.

—Voy a quitarte la mordaza, pero necesito que no grites y que hables conmigo, por favor.

Ella asiente de forma efusiva, por lo que me acerco, pero se retrae todo lo que las ataduras le permiten.

—No voy a hacerte daño, pero necesito acercarme para poder desatarte, ¿lo entiendes?

Vuelve a mover la cabeza dándome a entender que puedo acercarme a ella. Doy un paso en su dirección y soy consciente de que sigo completamente desnudo y que mi polla erecta apunta directamente a su cara.

Seré imbécil. En mi defensa diré que ahora mismo no consigo pensar con ningún tipo de claridad.

Recorro la habitación con la mirada intentando localizar mi ropa, veo una parte de mi jersey a los pies de la cama, así que me dirijo allí. Cuando localizo mis calzoncillos, que están justo al lado, me los pongo y vuelvo sobre mis pasos, hacia ella, despacio.

Llego a su altura, y lo primero que hago es quitarle la mordaza para que pueda respirar y tragar saliva con normalidad, pero comienza a gritar.

Lo sabía, joder.

Llevo mi mano directa a su boca y aprieto para intentar mitigar los sonidos que emite.

—Te he pedido por favor que no grites. No sé quién mierda eres, no recuerdo nada de lo que ha pasado. Así que, por favor, para o podrías alertarlos, y dime qué mierda ha pasado mientras te desato.

No sé si eso hace que me crea o no, pero comienzo a separar la mano de su boca. Sus ojos se posan en los míos y deja de intentar gritar.

—¿Me vas a dejar ir? —pregunta con la voz rota.

—En ningún momento pretendía retenerte —digo con total desconcierto.

Ella suelta un suspiro que poco hace por tranquilizarla, pero parece que lo intenta.

—¿Me puedes decir qué coño ha pasado? Lo último que recuerdo es estar tomando unas copas en el bar, el resto es todo un borrón negro.

—Cuando salí del bar con mis amigas, tu amigo se me acercó y me trajo aquí por la fuerza, rompió mi ropa y me ató a la cama diciéndome que era un regalo para alguien.

Me... Me… Me has violado —tartamudea mientras rompe a llorar y a mí se me traban las manos en medio del nudo que intento deshacer—.

Me has violado, joder. Tremendo hijo de puta. Me has violado atada a la puta cama.

Comienza a gritar cada vez más fuerte y yo permanezco completamente congelado. No puede ser, tiene que estar hablando de otro. Está equivocada. Pero sus gritos alertan a Darío, que entra en la habitación como un vendaval.

—Tápale la puta boca, joder. —No me muevo, no puedo.

Darío se acerca a la chica y le cruza la cara, lo que hace que llore con más intensidad y vuelve a colocarle la mordaza.

—Bueno, por fin estás despierto. ¿Qué tal el mañanero?

—¿De qué cojones hablas? No recuerdo nada de lo que pasó anoche. No sé quién es esta puta tía. —Me encamino a la puerta—. Me largo a mi habitación.

—Estás en tu habitación, y aquí tu amiga a la que le reventaste el coño esta noche es Rose. —Abro los ojos de par en par—. Sí, esa Rose.

—No puede ser, ¿qué hace aquí?

—Tenemos cosas que hablar con ella, y tú… vas a hacerla hablar.

—Si piensas que…

—Ya lo has hecho, Silas.

—No. Nunca haría algo así.

Darío me interrumpe y se acerca a la televisión de la habitación, conecta su teléfono y comienza a reproducir un vídeo. Parece grabado por un puto profesional, con tomas de cerca y planos de nuestros cuerpos.

Y ahí estoy yo, desnudo sobre Rose, empuñando mi polla con la mano y metiéndola en su coño de una sola estocada.

Escucho a Rose llorar, y comienzo a moverme más rápido.

El sonido de mi cuerpo chocando fuerte con el suyo me da ganas de vomitar.

Pero el video sigue, y yo sigo entrando y saliendo de ella, cada vez más fuerte.

Ella llora con tal intensidad que su cuerpo se sacude hacia los lados e intenta huir de mí, pero las ataduras se lo impiden.

Yo confundo esos movimientos, los malinterpreto en mi neblina mental y me ponen todavía más.

Hasta que veo cómo voy a salir de ella, cómo la cámara enfoca mi polla a punto de salir de su coño y se adivinan todas las venas envueltas en los jugos de Rose.

Pero Darío me frena y me insta a mirar sus tetas; llevo mi mano a una y cuando aprieto su pezón, Rose se corre en contra de su voluntad y a mí me lleva con ella.

Acto seguido me duermo, con la polla todavía dentro, un plano que Darío graba bien de cerca: cómo mi semen sale de ella aún con mi polla haciendo de tapón, y dirige la cámara a su cara bañada de lágrimas.

—Di hola a tu novio, Rose.

—Ayudame, Kevin, por favor.

Son las únicas palabras que salen de su boca antes de que el televisor vuelva a negro y yo salga corriendo a vomitar al baño.