Capítulo 23
Silas
Llevo varias horas vaciando una copa tras otra. Al menos el vodka que tienen en este hotel es bastante mejor que el del bar.
Hace un rato que la vista no me enfoca todo lo bien que debería, pero me da exactamente igual. Solo pienso en olvidar. Cuando empiezo a plantearme que volver a la habitación es una buena idea, Darío hace acto de presencia.
—Hombre, ya era hora. Has tenido que dejarla en silla de ruedas por lo menos —digo entre risas.
Darío fuerza una mueca.
—No ha estado mal, tiene un buen coño. —Ocupa el taburete a mi lado en la barra—. He hablado con tu padre, me ha dicho que ya le has dado la información que nos facilitó la profesora, buen trabajo.
—Sí, lo llamé al poco de llegar al hotel. Paso de que se ponga neurótico.
Darío se ríe entre dientes, aunque sé que no le ha hecho ni la más mínima gracia.
—Demasiado vodka, ¿no crees?
—Sí, pensaba tomarme la última y volver a la habitación.
—Buena idea. Espérame aquí, yo invito.
Y tiene que haber algún tipo de milagro para que este hombre se ofrezca a tal cosa, pero con la cantidad de alcohol que tengo en el cuerpo no pienso oponerme a ello. Vuelve varios minutos después con un vaso de whisky para él y uno de vodka para mí.
—El mejor vodka del bar.
—Gracias, se aprecia el intento —digo mientras me bajo el vaso entero de un solo trago—. Joder, pues menos mal que era el mejor; sabe a puta mierda.
Darío se ríe mientras termina su propia copa.
—Venga, te acompaño a la habitación. Te he dejado un regalo.
—¿Un regalo?
—Te encantará.
Me levanto para encaminarme a mi habitación, pero parece que he bebido más de la cuenta…
Me tambaleo de lado a lado, y Darío tiene que sujetarme con un brazo por encima de sus hombros para que no bese el suelo.
Juntos nos dirigimos al ascensor y ni siquiera consigo ver los números que están marcados en los botones.
¿Pero qué…?
Cuando estamos en el pasillo que nos lleva a nuestras habitaciones, la polla comienza a palpitarme de un modo muy doloroso, y solo puedo pensar en meterla en algún lado. Donde sea, me da igual.
Se me acelera la respiración y comienza a caerme una fina capa de sudor por la sien. Estoy muy cachondo y no puedo pensar en otra cosa, solo en correrme.
¿Qué cojones me está pasando?
Atravesamos la puerta de mi habitación y veo a una mujer atada a mi cama.
¿Pero qué mierda?
Me he tenido que dar un golpe, porque tengo que estar jodidamente alucinando. Darío nota mi desconcierto y se ríe por todo lo alto.
—He hablado con tu padre, sabe que no has querido follarte a la profesora y no hiciste ningún comentario sobre probar el coño de la mujer a la que se estaba follando cuando hablabas con él por teléfono.
Así que ha querido darte un pequeño regalo.
Ha salido cara, así que disfrútala —dice mientras me empuja hacia la cama.
Mis ojos recorren el cuerpo de la mujer, que tiene cada una de sus extremidades atadas a una esquina de la cama y una tela cubriendo su boca.
No quiero acercarme, pero noto la polla tan dura… Me late tanto en los pantalones que no puedo evitar hacerlo.
Me duele.
Siento cómo el líquido preseminal hace acto de presencia mientras guío una de mis manos por el cuerpo desnudo de la mujer. Ella emite un sonido ahogado muy parecido a un gemido, así que sigo. Me subo a la cama con ayuda de Darío y este me desnuda con movimientos muy torpes.
Y, por primera vez en mi vida, no puedo pensar en otra cosa y soy egoísta.
Nada más alinear mi polla con el coño de la mujer, se la meto.
No me preocupo por su placer, no puedo pensar en ello.
No entiendo qué pasa, pero siento cómo el calor me recorre las venas.
No consigo enfocar su cara, no sé quién es, pero ahora mismo tampoco me importa.
Aunque tiene un pelo muy bonito, rojo fuego.
Me la follo con rapidez, poniendo en cada estocada toda la fuerza de la que dispongo, haciendo resonar nuestros cuerpos en cada choque, siento movimientos erráticos por su parte, junto con pequeños jadeos, por lo que sigo.
Continúo entrando y saliendo de ella. Una y otra vez, hasta que siento que voy a correrme.
Voy a sacar la polla para chorrearle toda la cara con mi semen, pero noto resistencia. Algo me empuja.
—No, no. No se te ocurra. Todo dentro, Silas.
¿Qué mierda? ¿Qué coño hace Darío aquí?
Me giro y un fogonazo de luz me ciega, un flash.
—¿Qué haces? —digo mientras reduzco las embestidas.
—Sigue, Silas. Lleva toda la noche rogando por ti, dale lo que se merece. Mira qué tetitas tan bonitas tiene.
Me giro, la veo y olvido por completo la cámara y el foco. Llevo mi mano a su pecho, y en cuanto aprieto su pezón, su coño aprieta mi polla y me corro sin poder evitarlo. Mi polla se sacude dentro de ella escupiendo hilos de semen.
En cuanto los últimos chorros salen de mi polla, me caigo sobre ella, perdiendo las pocas fuerzas que me quedaban, y me quedo dormido con las sacudidas de su pecho y con la polla todavía dentro de su coño.