Capítulo 22
Silas
Llego al hotel y en mi pantalón se sigue adivinando un bulto enorme. Necesito masturbarme porque no puedo pensar en otra cosa, así que me dirijo directo a la ducha, me desnudo y me meto bajo el chorro de agua que, para mi disgusto, sale jodidamente fría, pero eso no me retiene.
Intento evocar en mi mente alguna de las mujeres con las que me he acostado y comienzo a tocarme mientras pienso en ello.
Pero el agua sigue cayendo sobre mi cuerpo y cada vez me congelo más.
Mi mente comienza a irse por caminos en los que no me gusta meterme y menos cuando estoy en esta postura en la ducha.
Termino recordando cada una de las traiciones por las que he pasado y no puedo evitar pensar en el puto Knox y en el modo en que me ha jodido.
Me suelto la polla y termino gritando de frustración.
Estoy tan cansado de ser siempre el juguete de cambio de todo el mundo.
Tan cansado de estar siempre solo.
Tan cansado de no tener en quien confiar.
¿De verdad es tan difícil que alguien me quiera en su vida?
Me he cansado de sufrir, no puedo más. No quiero más.
Así que tomo la decisión.
El Silas que he sido hasta ahora se queda aquí. Muere aquí.
Al final mi padre tendrá razón: cuanto más duro eres, menos te jode la gente. Así que no lo dudo y me preparo a mí mismo para no volver a sentir nada por nadie. Para endurecerme, aislarme.
No volveré a ser el bueno, al que le pides ayuda, el que sale en defensa de sus hermanos.
No seré ese, jamás.
Hace rato que he salido de la ducha y Darío todavía no ha vuelto, pero he aprendido la lección la última vez, así que en cuanto me visto, llamo a mi padre por teléfono para contarle todo lo que hemos averiguado aquí y esperar más órdenes.
Cuando el teléfono lleva un rato sonando y creo que no va a contestar, finalmente lo hace.
—Hijo. Habla.
—Padre, llamo para informar sobre la investigación. —Se escucha demasiado ruido en la llamada—. ¿Prefieres que hablemos en otro momento?
—No. Desembu… ah... desembucha.
Joder, ¿esto es en serio? Yo no consigo ni hacerme una puta paja decente y mi padre ¿acaba de gemir en mi puto oído? Qué asco, joder.
—Como ordenes. No sabemos gran cosa, una de las profesoras nos ha contado que hay un hombre en el orfanato, el que seguisteis, que se hace pasar por niño y capta a muchos de ellos para una organización de tráfico de drogas. Junto a él trabaja una de las profesoras del orfanato, Rose, la pelirroja.
Un gemido al otro lado de la línea hace que me desconcentre, y ya no sé qué coño estaba diciendo. Cuando me quedo en silencio intentando hacer memoria, lo escucho, la escucho. El puto ruido de piel contra piel. El jodido choque de sus cuerpos.
Joder. Qué puto asco.
—Sigue, joder.
Me quedo congelado, porque no sé con cuál de los dos está hablando.
—Silas, sigue porque me estás jodiendo la puta follada. Así que acaba de una puta vez para que pueda correrme en el coño de esta preciosidad que tengo sentada en mi escritorio. —Arrugo la nariz con asco—. Cuando vuelvas tienes que probarla, tiene el coñito super estrecho.
Me aclaro la voz antes de continuar e intento hacer como que no he escuchado nada.
—Sabemos que ambos trabajan para este hombre. Kevin y Rose, quiero interrogarlos.
—Al menos es un comienzo.
—Propongo acercarnos primero a Rose. Creo que es más fácil que hable ella y no Kevin, o al menos que abra la boca. —Mi padre se ríe.
—A ti todas te abren la boca fácilmente, Silas. Haz lo que quieras y como quieras, como si la matas. Pero quiero un nombre antes de que acabe la puta semana.
Y cuelga.
¿Es que todo el mundo piensa correrse hoy menos yo?
Mis niveles de frustración cada vez son mayores y estoy hasta la polla de todo.
Después de lo que acabo de escuchar al otro lado del teléfono lo único que necesito es meterme dos litros de vodka y olvidarme de tanta mierda.
Así que me largo al bar del hotel pensando en beberme hasta el agua de los floreros.