A tu lado en la oscuridad (Bilogía Oscuridad 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

Silas

La verdad es que esperaba un poco más de resistencia por parte de la profesora, por lo que encontrarme con lo contrario no puede hacer más que alegrarme.

Aunque tampoco le doy muchas más opciones.

A medida que hemos ido hablando se ha separado de la pared contra la que la tenía acorralada, pero estoy a punto de volver a cambiar eso.

Me encamino de nuevo hacia ella, guiándola donde yo quiero, y por cada paso que doy, ella da uno en la dirección opuesta hasta que, sin ser consciente de ello, entra en el cubículo y sus piernas chocan contra el váter.

Paso tras ella sin dudar, cerrando la puerta y dejándonos a ambos en el minúsculo espacio.

No es excesivamente alta y eso hace que sea algo más cómodo, pero al final mis casi dos metros no son fáciles de meter en cualquier lugar.

—¿Quién es el hombre que os acompaña esta noche?

Una carcajada trepa por su garganta.

—¿Celoso? —dice con voz melosa.

—Quizá… ¿Tengo que estarlo acaso? —pregunto mientras mis manos se encaminan hacia su cintura.

—N… No. Es un niño que vive en el orfanato.

Me miente y me cabreo, porque odio que me mientan. Mi cabeza no puede evitar viajar a la Fortaleza y lo que allí ha ocurrido. No puedo evitar pensar en Knox y en cómo no voy a volver a dejar entrar a nadie.

Nunca.

Jamás.

—No me gustan las mentiras. Vamos a hacer un trato: por cada verdad que me digas, te quitarás una prenda y yo actuaré en consecuencia.

Por cada mentira… Un strike, y ya sabes lo que pasa al tercero: te quedas sin trabajo y puede que sin algún que otro miembro.

Voy a preguntar solo una vez más, ¿quién es?

Ella nota el cambio en mi voz, en mi postura y en mi seriedad. Por lo que se pone rígida contestando sin dudar.

—No sé exactamente quién es.

—Strike 1.

—Hablo en serio, no sé quién es.

—Strike 2. Creo que no estoy siendo lo suficientemente claro. Lo estamos haciendo por las buenas, no quieres que lo hagamos por las malas. Creo que tu cuerpo te gusta demasiado tal y como está. ¿Sabes qué es lo primero que te quitaría? Los dedos. Para que no puedan darle placer a ese bonito coño.

Su respiración se acelera, no lo está pasando bien, lo sé, pero aun así le tiene más miedo a alguien que las ganas que pueda tenerme a mí, así que siento que voy a tener que cambiar de táctica por poco que me guste.

Siento que voy a dejar morir otro trocito de mi alma después de hoy, pero…

realmente a estas alturas, ¿la quiero para algo?

Así que dejo de sentir lástima por alguien que sé que en el fondo no la merece, saco el teléfono y hago la llamada.

Menos de un minuto después, Darío está al otro lado de la puerta.

Abro dejándonos a los dos a la vista.

—Te presento a mi amigo Darío. Me temo que no es tan bueno como yo, pero seguro que sabes encontrarle otros atributos.

Aunque desde ya te digo que no quieres probar sus puños.

No le gusta pegar a mujeres. Bueno sí, pero…

no en ese contexto. Y, la verdad sea dicha, no es un hombre con demasiada paciencia.

Darío me mira con cara de pocos amigos.

—¿Qué mierda hago aquí, Silas?

—La cosa es, pequeño Darío, que aquí mi amiga necesita una pequeña… digamos ayuda para empezar a cantar. Y creo que tú puedes dársela.

Darío me repasa con la mirada de arriba abajo sin entender el punto al que quiero llegar.

—¿Y por qué mierda no la matas y ya?

—Porque la profesora sabe cosas que necesitamos, Darío. ¿Y sabes qué pasa cuando investigas las cosas como debes hacerlo? Que descubres cosas. Como que la profesora no puede resistirse al sexo. Por mucho que lo intente.

La arrastro fuera del cubículo y ordeno a Darío que atranque la puerta principal.

—¿Por dónde íbamos, bonita? Ah, sí. ¿Quién es el HOMbrE que os acompaña fuera?

La chica mira a Darío de arriba abajo, observa la mole de músculos moverse y no sé si gana la excitación o el miedo. No consigo descifrar su mirada.

—No es un niño, se hace pasar por uno de ellos.

—Bien, eso es, nos vamos entendiendo. —digo mientras hago desaparecer su camiseta por la cabeza—. Cuéntame más.

Trazo con los dedos el contorno de su ombligo. Una caricia sutil y su piel se va erizando, sus mejillas se van tornando a un color rosáceo.

—Trabaja para alguien junto a otra de las profesoras.

Asiento, dando mi aprobación mientras le desabrocho el sujetador. Ella lo deja caer con nula elegancia y mucha prisa.

—¿Qué profesora?

—La pelirroja que está sentada conmigo en la mesa, la que él tiene al lado: Rose.

—Lo estás haciendo muy bien. Darío, ¿quieres hacerme el favor de enseñarle qué bien sabes mover esa lengua?

Darío levanta la mirada de los pezones de la mujer, donde ha estado puesta desde que su sujetador tocó el suelo, y fija sus ojos en los míos.

—Perdón, ¿qué?

—Ya me has oído, chúpale los pezones. Recompensa a la chica por lo bien que se está portando.

Él se acerca con rapidez y saca la lengua de paseo. No sé cuál de los dos tiene más urgencia porque la lengua de Darío choque contra el pezón de la profesora. En el momento en que la boca de Darío rodea el pezón, ella suelta un gemido ahogado y sé que ya está completamente perdida.

Mientras su boca se dedica a uno de los pechos, lamiendo, mordisqueando, la mano de Darío viaja al otro. Ella no puede evitar soltar un jadeo, arqueando su espalda para darle a Darío más acceso a su pecho.

—¿Qué es lo que hacen?

Está tan sumida en su placer que no contesta, por lo que no dudo en tomar acción. Suelto los brazos de ella y me coloco a la espalda de Darío, dándole un golpe en el hombro.

—Darío, para. —Él no duda en obedecer; sabe que en el fondo estamos trabajando por muy bien que se lo esté pasando. O eso me deja entrever la tienda de campaña que tiene en los pantalones.

Ella bufa, dejándome ver sin ningún pudor lo que le cabrea la orden que acabo de dar.

—Te repito la pregunta, por si estabas demasiado ida y no me has escuchado. ¿Qué es lo que hacen?

—Atraen a niños, por eso él se hace pasar por uno de ellos.

Me acerco a ella, apartando a Darío hacia un lado y llevo mis manos a sus caderas.

Suelta un suspiro, y yo continúo con la tarea de bajar poco a poco su pantalón.

Ella me ayuda a sacarlo, y cuando guío mi vista hacia abajo me llevo una sorpresa: no lleva bragas. No dudo y me arrodillo delante de ella.

—Mmm, huelo ese coño necesitado desde aquí. Veo cómo brillas y cómo tu excitación resbala por tus piernas. Seguro que quieres ponerle remedio, ¿verdad? —pregunto mientras me pongo de pie y me encamino a mi lugar anterior.

Ella asiente con movimientos rápidos y efusivos.

—Darío, continúa. ¿Cómo lo hacen?

Darío se arrodilla ante la estupefacción de ella, guía su mano a su coño chorreante e introduce dos dedos. Ambos jadean al mismo tiempo.

—Joder.

—Mierda, Silas. Está muy mojada.

—Contesta.

—Se gana la confianza de los niños y, en cuanto están a punto de salir del orfanato, los capta.

—Bien. Darío, dale su recompensa. ¿Los capta para dónde?

No hace falta que se lo diga dos veces. Darío se levanta como alma que lleva el diablo y menos de un minuto después sus pantalones están por los tobillos.

Darío la acomoda, girándola y poniéndola sobre el lavabo.

Ahora sus ojos me miran a través del espejo.

No duda y la penetra de una sola estocada.

El grito de ella resuena en las paredes del baño, pero en ningún momento sus ojos se despegan de los míos.

—No lo pregunto otra vez, ¿para dónde los captan?

Darío comienza a moverse de un modo frenético, haciéndola gemir y llevándola a un lugar del que no tendrá retorno. Me acerco a ella por un lateral, y sus ojos siguen toda mi trayectoria a través del espejo.

—Hay un hombre que trafica con drogas, él les paga por cada niño que le llevan. Es todo lo que sé, te lo prometo, Silas.

—Nombre.

—No… No lo sé.

—Darío.

Darío frena de inmediato, conteniéndose de un modo que jamás creí posible. Ella lloriquea, las piernas ya no soportan el peso de su cuerpo de tanto temblar. Está a punto.

—Por favor, Darío. Por favor, Silas. Follarme —llora.

—Nombre.

—No lo sé, solo sé que trabaja con Rose y Kevin, tendréis que hablar con ellos.

Me acerco y me meto uno de sus pezones en la boca, pasando mi lengua por la dura protuberancia. Ella se estremece y los guía más hacia mí para que continúe dándole placer.

—Muy bien. Darío, toda tuya. Destrózala con tu polla. Le encanta. Es una buena putita.

No he terminado de hablar cuando Darío comienza a moverse de nuevo y esta vez mucho menos contenido por tener que haber estado quieto dentro de ella durante tanto tiempo.

Ella chilla, pero él no baja el ritmo, no le da margen, pero no lo necesita, ya que la polla de Darío sale reluciente por sus jugos.

Veo cómo entra y sale de ella, cada estocada más dura que la anterior, como le pellizca los pezones y le muerde el cuello, como ella se deshace en jadeos y no tardan demasiado en dejarse ir juntos.

—Es un placer hacer negocios contigo —exclamo mientras salgo del baño y los dejo con la polla de Darío todavía dentro de ella y el semen resbalando por sus piernas—. Nos vemos en el hotel.

—Silas —me llama la profesora—, me dijiste que me follarías. Por favor.

—Darío puede seguir haciendo el trabajo. No pienso meter mi preciosa polla en tu coño.

Dicho esto, me largo dejándola con la palabra en la boca y rogando por más. No pienso follármela, pero eso no quiere decir que no me haya puesto cachondo viéndolos, por lo que me encamino directo al hotel.

Necesito una buena paja o una ducha fría, porque el dolor de huevos va a ser épico si no le pongo remedio.