Capítulo 20
Sarah
Hace muchos días que disfruto de la soledad.
A veces me gustaría tener a alguien con quien hablar, pero la única posibilidad de hacerlo en esta casa la quiero a metros bajo tierra y no precisamente a mi lado.
Por lo que invento conversaciones en mi cabeza donde soy dos personas, y una de ellas intenta conocer a la Sarah que fui cuando el sol me besaba la cara.
No a la que está encerrada aquí.
Un ruido en la puerta me sobresalta, y me tenso a la espera de lo que va a ocurrir. Minutos después unos pies aparecen bajando los escalones y ya siento el dolor, el miedo y la desesperación adentrarse en mi cuerpo.
—Hija.
Es raro que me llame, por lo que me levanto y me acerco a las escaleras pero sin llegar a pisar el primer peldaño. Nunca. Lo tengo prohibido.
—Padre.
—Esta noche es la noche . Necesito que seas lo más silenciosa posible. No quieres que te lleven con ellos.
—Entiendo, padre.
Sube las escaleras y vuelve a poner el sofá sobre la trampilla que me llevaría a mi salvación, pero no hoy.
No esta noche.
Me quedo quieta y callada durante el resto del día. Incluso el sonido de mi respiración se me antoja demasiado ruidoso.
Y espero.
Parece que han pasado horas cuando escucho el timbre de la casa y sé que ha llegado.
Está aquí el mensajero. Escucho cómo los pasos sobre mí se dirigen desde la puerta de entrada hasta el salón, que hace de sala de reuniones.
No sé si lo hace a propósito o sin querer, pero desde aquí abajo puedo escuchar todo lo que hablan.
El mensajero dice que hay un niño que quieren comprar que da el perfil para trabajar para ellos, que es incluso mejor que el último que le trajo hace un par de años.
También le hace saber que todo el tiempo que lleva entrenando junto a una de las profesoras ha dado sus frutos, y que está listo para que sea el mejor en lo suyo, o al menos uno de los mejores.
Llegan al acuerdo de volver a reunirse en tres meses, y esta vez junto al jefe para hacer los pagos y terminar la instrucción del nuevo.
Vuelvo a escuchar los pasos del mensajero dirigirse a la puerta exterior, y ya puedo respirar con normalidad. Al menos hasta que minutos después, la trampilla vuelve a abrirse y aparece con un plato de comida en la mano que deja sobre la mesa.
—Estoy muy contento hoy, hija. Tenemos mucho que celebrar. Llena bien la barriga, que va a ser una noche muy larga.
Me resigno y me siento a comer.
Esta noche va a ser una pesadilla.
Otra más.