Capítulo 19
Silas
Vuelvo a estar de camino al orfanato, pero esta vez no tengo la suerte de disfrutar con mi chica por estas curvas.
Voy metido en un puto coche con Darío sentado a mi izquierda, que me regala minutos de silencio y momentos incómodos.
Si puede hacer que las cosas sean difíciles, no serán de otro modo, lo sé.
Pero no por ello me toca menos los cojones ni me resulta menos aburrido.
¿Y qué pasa cuando me aburro y llevo mucho tiempo solo?
Quiero molestar a alguien, y eso no siempre tiene un resultado de lo más…
adecuado, digamos. Pero llegados a este punto, tampoco es que tenga mi vida en demasiada estima.
No dudo y llevo mi mano a los pantalones y empiezo a bajarme la cremallera, consiguiendo contener la risa a duras penas.
El ruido de la cremallera alerta a Darío, que gira la cabeza en mi dirección.
—¿Qué mierda te crees que estás haciendo?
—Entiendo que si eres uno de los hombres de más confianza de mi padre es porque la chupas bien —contesto mientras me saco la polla—. Me mata la curiosidad por saber qué tal se te da chupar otra polla Blackwell, tesoro.
La risa que estoy conteniendo me mueve el cuerpo, pero Darío está demasiado enterrado en la rabia como para darse cuenta. En cuanto ve mi polla, lleva su puño directo a mi sien. El golpe me hace caer en la inconsciencia al momento.
La siesta ha sido productiva y me despierto cuando estamos llegando al hotel donde me alojé la otra vez. Llevo mi vista a mis pantalones y mi polla todavía sigue fuera.
—Al final la has disfrutado. Buen chico, Darío.
Un gruñido suena desde el lado opuesto del asiento del coche y no puedo evitar soltar una carcajada.
—Al final eres mi buena putita. ¿Quieres volver a ponerte de rodillas para mí?
—No hay manera de que aprendas, ¿verdad, chaval?
Tiene un humor de perros este hombre… Qué irascible.
Me bajo del coche antes de que su puño vuelva a impactar con cualquier parte de mi cuerpo y entro en el hotel como si no hubiera pasado absolutamente nada.
Después de hablar con la persona de recepción, nos dan nuestras respectivas habitaciones, por supuesto contiguas, no vaya a ser que tenga un poco de intimidad…
Después de tirar mis cosas sobre la cama del hotel, salgo y me encamino al orfanato mientras saco un cigarrillo del paquete y lo enciendo.
No veía el momento de hacerlo. Es media tarde, así que me quedaré tras los arbustos esperando que mi amiga haga su aparición.
Cruzo los dedos para que siga trabajando aquí.
Odio las vigilancias, son un puto coñazo, pero me temo que no puedo entrar y ponerme a aporrear puertas buscando a la señorita caliente, así que supongo que toca esperar a que salga.
Fumo un pitillo tras otro mientras espero. La cajetilla va bajando a un ritmo demasiado rápido.
¿Alguna vez dije que odio las vigilancias? Pues si son con Darío, incluso peor. Este hombre es un dolor de huevos andante, con razón es tan cercano a mi padre.
Varias horas después de esperar detrás de los árboles, señorita caliente hace su aparición con sus otras dos amigas.
Indudablemente van hacia el bar donde pasaron el rato la otra vez, y vuelvo a ir tras ellas, ocupando el mismo sitio en la barra.
Pero esta vez uso la mole de músculos que es Darío para evitar que me vean.
Llevan un buen rato de copas y charlas cuando Darío interrumpe mis pensamientos.
—¿Cuándo coño piensas hacer algo? ¿O tengo que llamar a tu padre?
—En el momento indicado, querido amigo. Vigilar es como darle un orgasmo a una mujer, tienes que saber qué esperar y tocar los botones correctos en el momento adecuado, pero supongo que esto es algo nuevo para ti.
No hace falta que le mire a la cara para saber que mi comentario no le ha hecho ni puta gracia, pero a mí tampoco me la hace tenerlo aquí conmigo y tengo que aguantarme. Los dos sabemos que solamente me libro de la paliza porque no quiere joder la misión.
Poco después de la reveladora conversación con Darío, el hombre que estaba esperando llega al bar y se sienta con las chicas. Mi acompañante se tensa y me encara.
—¿Cómo coño sabías que iba a llegar?
—Intuición —Está claro que no puedo decirle la verdad si no quiero volver al búnker. Pero ambos sabemos que miento, y es muy probable que esto no se quede así, pero si quiere resultados, lo haremos a mi modo—. Ahora cállate y déjame escuchar.
Un buen rato después en el que solo hablan de mierdas sin importancia, mi chica caliente se dirige al baño. Por fin, han ido todas sus amigas menos ella, ni que supiera que la estoy esperando.
Cuando entra en el baño, paso tras ella y espero a que salga del cubículo que ocupa. Nada más poner un pie fuera, me ve y se queda congelada.
—¿Qué... Qué haces aquí?
—Oh, ya veo que te acuerdas de mí, se ve que causé una buena impresión entre tus piernas.
¿Cuánto tiempo te follaste con los dedos mientras pensabas en mí?
—Me mira pero no contesta. Se la ve tensa—.
Espero que al final llevaras a cabo tu venganza y dejaras tus jugos por encima de la mesa del despacho de la superiora. Me hubiera encantado lamerlo.
Reconozco el temblor desde la distancia.
Puede decir lo que quiera, pero la pone demasiado cachonda escuchar cómo esas palabras salen de mi boca, lo sé.
Por eso planto en mi cara una sonrisa de medio lado y cierro la distancia entre nosotros.
Ella retrocede, pero no puede dejarme lejos durante demasiado tiempo cuando consigo acorralarla contra una pared.
—¿Ibas a algún lugar?
—No te acerques, no voy a volver a decir nada que puedas usar en mi contra. He cambiado la llave de sitio, tampoco puedes acceder, no tienes nada contra mí.
Oh, pobrecita.
—No llores. Ya suficiente llora tu coño por mí. No necesito la llave, tengo una copia. ¿Te parezco un aficionado? Creo que es lo que más me ha dolido de todo lo que me has dicho.
Intenta apartarse, pero está acorralada y lo sabe.
—Te necesito esta noche, y la misión es importante, ¿cómo de bien vas a portarte?
Prometo llegar hasta el final esta vez. Esta noche tu coño terminará lleno de polla, y si te portas lo suficientemente bien, quizás incluso más de una.
Por supuesto, te dejaré mantener tu puesto de profesora. Nadie hablará con las monjas.
Titubea ante lo que le digo. Intenta no confiar en mí, pero los dos sabemos que no puede resistirse ante mi sucia boca y lo caliente que le pone. Ni siquiera le he puesto un dedo encima y su piel ya está erizada.
—¿Qué es lo que quieres?
Eso es exactamente lo que quería escuchar.
—Nos vamos entendiendo.