Capítulo 15
Silas
Durante los últimos años he pasado más tiempo en el búnker que fuera de él, cada vez más retraído en mí mismo.
La tortura a la que me someten se vuelve más mental y menos física; solo buscan romperme.
En todo este tiempo que he pasado encerrado, Knox ha sido mi luz en medio de la oscuridad.
Ha pasado tanto tiempo conmigo aquí abajo como ha podido, trayéndome las comidas o haciendo que lo castigaran para estar en la celda contigua.
En los pocos momentos de silencio que nos regalan los guardias, comenzamos a comunicarnos con código Morse a través de las paredes.
Ha llenado mis días de chistes de «toc, toc, ¿quién es?
» que no tenían ni puta gracia pero me mantuvieron cuerdo.
Igual que el tabaco. Cuando no tienes nada que hacer, encender un cigarrillo tras otro puede ser un buen entretenimiento.
No sé qué es lo que pasa, pero esta mañana es distinta a todas las anteriores: no hay música, la luz está encendida y no ha venido nadie a darme una paliza.
Alguien da varios puñetazos a la puerta en una secuencia demasiado conocida y veo cómo un plato de comida se desplaza por la trampilla. Me levanto corriendo, ya que eso solo puede significar una cosa.
—¿Qué está pasando, Knox?
En el tiempo que llevo aquí abajo, Knox se ha convertido en uno de los soldados más letales y cercanos a mi padre, que no leal.
—Te lo contaré todo con pelos y señales, pero no aquí ni ahora. Prepárate, hoy viene para la segunda prueba. Si consigues pasarla, estás fuera. No la cagues, Silas, solo tienes esta oportunidad porque su sangre corre por tus venas.
Tan rápido como termina de hablar, se va, como si nunca hubiera estado aquí.
No pasa demasiado tiempo cuando la puerta del búnker se abre revelando ante mí a mi padre, flanqueado por Darío y Zeke, uno a cada lado.
—Hijo.
—Padre. ¿A qué debo el honor? —pregunto mientras me acerco a él.
Mi padre se frena en seco y olfatea el aire a mi alrededor poniendo cara de desagrado.
Hace semanas que no me permiten salir para darme una ducha, y hago ejercicio de forma prácticamente constante, por lo que ahora mismo mi olor corporal es bastante fuerte.
Precisamente ese es el motivo por el que me he acercado a mi padre en cuanto cruzó la puerta.
¿Me haces pasar un puto calvario aquí encerrado? Pues al menos aguantas el puto olor durante un rato. Aunque por la cara de mi padre, parece que no le ha agradado demasiado el gesto. Una pequeña sonrisa se me escapa, pese a que la intento disimular todo lo que puedo. Jódete.
—He venido a ver si habías muerto de una vez, pero parece que es verdad lo que dicen: mala hierba nunca muere.
—Supongo que me estoy esforzando por ser mejor y poder volver ahí arriba a seguir sirviéndote, padre.
Las palabras me queman cuando pasan a través de mi lengua, pero las dejo salir, aunque esté mordiéndome el labio por dentro para soportar la rabia que me quema por dentro.
Yo puede que sí, pero Knox no se merece por lo que pasa para seguir a mi lado manteniéndome lo más cuerdo posible.
—Al menos parece que estar aquí dentro te está haciendo entrar en razón…
Cierra la boca y me mira fijamente, y lo sé, solo… lo sé. Sé que por su boca va a salir algo que me cabrea para ver si puede matarme de una vez, aunque la verdad es que no necesita motivos, simplemente necesita querer hacerlo.
—Al menos la puta de tu madre consiguió dejarte algo de inteligencia, ya que ella solo sabía abrir las piernas para que le follara fuerte el coño. —Se gira mirando a Zeke mientras se ríe—. O el culo para ti, querido amigo. Me encantaba ver cómo se lo rompías a esa puta.
Siento la sangre fluir por mis venas, siento cómo se eleva mi temperatura corporal.
Tengo la sensación de que me van a saltar los dientes por los aires con la fuerza con la que los estoy apretando.
Pero me callo. Sigo en silencio. Lo que parece una invitación para que mi padre siga hablando.
Porque lo sabe, sabe lo que está haciendo.
Los dos sabemos que me está poniendo a prueba.
—O su boca para ti, Darío. Le encantaba que le echaras toda tu corrida en la cara. En el fondo era una buena puta. Un buen agujero donde meterla. Lástima que estirara la pata.
Estoy seguro de que me voy a morir, porque el veneno que quiere salir de mi boca se queda dentro. Me muerdo la lengua hasta que siento la sangre por mi boca.
Sigo en silencio.
Sigo con mi mirada fija en unos ojos que son iguales que los míos.
No digo nada.
No hago nada.
Prácticamente intento no respirar.
No me muevo.
Solo dejo que pase.
Mi padre me observa con nuevos ojos. Entiendo que le gusta lo que ve, que sea dócil, que no hable si no me da permiso, que no reaccione cuando habla de mi madre, cuando la degrada de ese modo.
Supongo que queda satisfecho con su prueba; cree que me ha roto, pero solo ha incentivado mis ganas de matarlo.
A él y a todos y cada uno de los hombres que le son fieles.
—Ve a ducharte. Te espero en media hora en mi despacho. Hay cosas importantes de las que tenemos que hablar. Hasta que pueda volver a fiarme de ti, uno de mis mejores hombres y de mayor confianza te acompañará siempre.
Gira su cuerpo hacia la puerta y llama a la última persona que esperaba ver después de esas palabras.
—Knox, pasa, hijo.
Un minuto después Knox cruza el umbral de la puerta, y se me cae el mundo a los pies, no puede ser. Él no…
¿Ha estado trabajando para mi padre todo este tiempo? ¿Solo me sacaba información? ¿Solo intentaba romperme del todo?
Siento cómo lo poco que quedaba de mi humanidad sale por la puerta. No le importo a nadie, ni nunca lo haré.
—Padre. —Las palabras salen por la boca de Knox con mucha facilidad.
—Acompaña a Silas a su habitación y en media hora lo quiero en mi despacho. Que sea puntual. Es tu responsabilidad, pequeño heredero.
¿QUÉ?