A tu lado en la oscuridad (Bilogía Oscuridad 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Silas

He perdido la cuenta del tiempo que llevo aquí metido. A veces tengo la luz encendida, a veces apagada. Algunos días entran varias veces para darme palizas hasta que pierdo la conciencia, muchos otros me ponen música a todo volumen para que no pueda dormir ni pensar. Esos son los peores.

Estoy empezando a perder la cabeza.

Me encuentro en la cama mirando el techo e intentando formar imágenes con las manchas que están ahí arriba. Me atrevería a decir que alguna procede de mí, de mi sangre. Intento mantenerme sereno después de tantos días de soledad.

Me queda un último cigarrillo y quiero fumarlo, pero al mismo tiempo no quiero hacerlo. Estos hijos de puta te dan tabaco y te lo quitan a su voluntad, por lo que pierdo todavía más los nervios de lo que me gustaría.

Cuando tengo decidido que voy a fumármelo, aparece mi padre, así que lo escondo bajo el colchón por si se le da por quitármelo y me levanto de la cama lo más rápido que puedo.

Estoy en forma porque me obligan a entrenar prácticamente durante todo el día.

Si fallo, me inyectan algo que me revive todos los nervios del cuerpo, hace que tenga demasiada energía y mi corazón se acelere demasiado.

Me hacen volver a empezar, una y otra vez, por lo que intento no darle más motivos para que me sigan reteniendo y obedezco.

—Padre.

—No tienes derecho a llamarme de ese modo, ya no.

Agacho la cabeza; sé que sabe que quería infiltrarme yo para permanecer alejado de él y por eso me está castigando de este modo.

—Lo siento, padre —digo mientras agacho la cabeza. No es verdad, no lo siento, ni lo más mínimo, pero necesito salir de aquí. Me queda poca cordura.

Mi padre me da un puñetazo en el estómago que me hace querer retorcerme de dolor.

—Levanta la cabeza.

Obedezco su orden sin cuestionarlo ni un solo segundo, pero me quedo de piedra cuando lo noto, cuando noto cómo su saliva caliente baja por mi cara. Me ha escupido. Mi padre vive por y para la degradación, nada le importa más que quedar por encima de todo el mundo.

Ni siquiera sé qué decir. Ni qué hacer.

—Eres la peor escoria de esta familia, y ya es mucho decir sabiendo que eres hijo de una puta de mierda que ni siquiera suplicó por su vida porque sabía que estaba mejor bajo tierra.

Sé que lo está haciendo a propósito; sabe que la sola mención de mi madre hace que todos y cada uno de los nervios de mi cuerpo se activen, que quiera reventarle la boca a puñetazos, porque él no tiene ni el más mínimo derecho a hablar de ella.

—No hables de mi madre.

En el momento en el que las palabras abandonan mi boca sé que era una prueba, y acabo de cagarla. Mi padre sonríe de medio lado.

—Darío, Zeke, sujetadlo.

Estoy jodido cuando ha traído a Zeke, su mano derecha, y Darío, el segundo hombre en el que más confía.

Me cogen uno por cada brazo y me sostienen mientras mi padre me utiliza como su saco de boxeo personal, dando un puñetazo tras otro en mi estómago.

Me fallan las piernas.

El dolor es tan grande que veo destellos.

Ya no consigo mantener mi propio cuerpo en pie. Zeke y Darío lo hacen por mí, me siguen sujetando para que mi padre pueda seguir golpeando.

Lo único de lo que estoy seguro es que no va a escuchar de mi boca una sola súplica para que pare; no va a escuchar el dolor que me produce. Así que me trago todos y cada uno de los sonidos que quieren escapar de entre mis labios.

Cuando se aburre, sus matones me tiran al suelo, y siento cómo poco a poco mi cerebro se va apagando. Justo antes de perder la conciencia, veo cómo mi padre se saca la polla y siento su orina caliente resbalar por mi cara.

—Igual de asqueroso que tu puta madre.

Me da la espalda y se encamina hacia la puerta. Cuando sus hombres han salido y solo quedamos él y yo en la estancia, se gira, fijando sus ojos negros en los míos, que son un reflejo de los suyos.

—Hazte fuerte, Silas. Volveré, y para entonces esto te parecerá un puto juego de niñas.