Capítulo 12
Silas
Un ruido estridente me hace abrir los ojos. Desvío la vista a mi mesilla y me encuentro con el teléfono sonando: Mi padre, ¿quién si no?
No me ha dado tiempo ni a abrir los ojos que ya está llamando en busca de resultados.
—Buenos días, padre.
—Una mierda buenos días. ¿Eres la puta bella durmiente? ¿Qué putas horas son estas? ¿Y por qué no me he despertado con un informe de todo? Desembucha. YA.
Dios. Deberían darle el puto premio al mayor gilipollas del año, no tiene competidores.
—Disculpa, padre —suelto las palabras con más veneno del que pretendía—. Estuve hasta altas horas de la noche dentro del orfanato, por lo que no me dio tiempo a redactarlo.
Le informo de todo lo que he descubierto, que por desgracia no es mucho.
—Creo que está claro que hay algo que no termina de encajar y no creo que sea por parte de las monjas.
He estado valorando las opciones y creo que la mejor es que me infiltre en el orfanato como un niño sin hogar e investigue desde dentro —concluyo después de un rato en el que solo se escucha una respiración al otro lado.
Mi padre no ha vuelto a decir ni una sola palabra y se toma unos minutos para meditar todo lo que le acabo de decir.
Cada segundo que pasa mi cuerpo se llena de tensión, ya que no sé si es que está de acuerdo conmigo o valorando el castigo que me va a imponer.
Cuando creo que ya no voy a conseguir estar más tiempo en silencio dejándolo pensar, dice:
—Estoy de acuerdo, creo que la mejor opción es investigar desde dentro. Las monjas son las últimas que querrían un escándalo con nosotros. Espera dónde estás, Darío está en camino.
—Padre, no me gustaría ir en contra de tus directrices, pero a Darío se lo ve llegar desde kilómetros de distancia, lo sabes. Que esté a mi lado en este momento creo que no es la mejor opción para pasar desapercibido.
El silencio al otro lado del teléfono empieza a ponerme los pelos de punta. La he cagado, lo sé. Debería haber mantenido la boca cerrada.
—Silas, ¿cuál crees que es la mejor opción?
Su pregunta me sorprende, pero intento no sonar confuso, aunque creo que no consigo mantener mi voz firme.
—Creo que podría infiltrarme yo solo en el orfanato e ir enviando informes, diarios o semanales, como los prefieras, e intentar averiguar desde dentro qué es lo que ocurre, como te he dicho anteriormente, padre.
—Termino del modo que sé que le gusta porque presiento que las cosas no van a salir bien.
Una estridente risa flota desde el otro lado del teléfono. Los ojos se me abren de par en par. ¿Está drogado?
—Claro, claro. Espera. A. Darío.
Y cuelga sin un adiós, sin ninguna despedida, del mismo modo que lo ha hecho siempre conmigo. Habla con sus personas de confianza con más respeto que con su propio hijo. No entiendo qué es lo que he hecho tan mal para que me trate de este modo.
Decido que llegados a este punto, de perdidos al río, y me vuelvo a acostar; ya me llamará Darío cuando llegue.
Me dormí vestido y así sigo, así que en cuanto reciba la llamada de que Darío ya está en el hotel, solo tengo que levantarme y bajar a recepción.
Todavía sigo medio adormilado cuando escucho cómo se abre la puerta de una habitación, no sé si lo estoy soñando o es algo que está ocurriendo de verdad.
Intento empezar a espabilarme cuando noto la mano de alguien que comienza a sujetarme.
Consigo abrir los ojos, y lo único que alcanzo a ver es cómo una aguja se dirige hacia mi cuello.
Nunca volví a despertar en el hotel.