A tu lado en la oscuridad (Bilogía Oscuridad 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

Sarah

Parece un día como otro cualquiera. Ha venido a mediodía a traerme la comida, dejándola al inicio de las escaleras como hace cuando no quiere verme; esos son los mejores días.

Llevo tantos años aquí abajo que ya no recuerdo cómo es el exterior, no recuerdo cómo el aire movía mi pelo cuando hacía viento, no recuerdo el olor de la lluvia o una caricia con la que no me sintiera asqueada.

Me paso los días cruzando los dedos para que me deje la comida al pie de la escalera y se marche.

Todo va bien mientras escucho sus pasos por encima de mí.

A veces me deja salir al baño a ducharme, por lo que sé que estoy bajo tierra, bajo una pequeña trampilla que tiene escondida tras el sofá.

Una vez se sienta a cenar y termina, pueden pasar dos cosas: me da la cena y se va o me la trae él, que es la peor de las opciones posibles.

Una vez me contó que él también pasó mucho tiempo bajo tierra de joven y que eso lo había hecho ser la buena persona que es hoy en día; por ese motivo me quería criar del mismo modo. Creo que la realidad de su mundo está un poco alterada, pero no voy a ser yo quien se lo haga saber.

A veces vienen visitas a casa, y en ese momento me pide más silencio que nunca porque dice que no quiere compartirme con nadie ni que me lleven, y yo hago caso porque no quiero enfrentarme a un castigo.

Si alguien visita de forma voluntaria la casa de este hombre, solo puede significar que son tan deplorables como él, así que me conviene mantenerme en silencio.

Escucho sobre mí los pasos que lo llevan al sofá y enciende la televisión para cenar.

El aparato emite sonido más o menos durante unos diez minutos cuando, de la nada, comienzo a escuchar el ruido que lo delata, el sonido que me dice que está moviendo el sofá.

Abre la trampilla y yo comienzo a rezar a todo lo que se me ocurre para que deje la comida y se marche, pero esta noche no tengo tan buena suerte.

Escucho sus pasos bajar por las escaleras.

Cada uno es como un clavo que me encierra en un ataúd.

Comienzo a ver sus piernas asomar por las escaleras, y la bilis me sube a la garganta.

—Hola, florecilla.

—Hola, papá. —No es mi padre, no el de verdad, al menos, pero me obliga a llamarle de ese modo.

—¿Qué tal está mi pequeña florecilla hoy?

—Bien.

Se va acercando mientras me habla con un plato de comida en la mano. Lo deja sobre la mesa mientras lo señala con un dedo.

—Come, tienes dos minutos. Necesitas fuerzas. Te espero.

Como mientras veo cómo se desnuda y me espera tumbado en la cama. Me observa mientras se va tocando la polla. Se me cierra el estómago y no quiero comer, pero sé que, si no lo hago, será peor. No quiero un castigo mayor.

Dice que necesito energía para poder rebotar bien sobre su polla. Sobre él. Me tapo la nariz y engullo la comida para que todo esto termine cuanto antes.

—Ven, antes de que se pase el efecto de la pastilla. Te dije dos minutos, joder.

Me encamino hacia donde está y me sujeta por el brazo, ayudándome a subir sobre él, me cuesta acceder a su pene porque su barriga me lo impide, pero él la mueve para ayudarme. Se sujeta la polla con la mano, me coloca sobre ella y me empuja hacia abajo.

Duele.

—Mira mi buena hija cómo acoge dentro de su coñito a su papá.

La primera lágrima cae por mi mejilla.

—Muévete, hostia —me grita, y lo acompaña de un golpe en la cara. La fuerza del impacto hace que se me gire hacia un lado.

La segunda lágrima sigue el camino de la primera.

Comienzo a moverme arriba y abajo, y él comienza a jadear, a gemir, mientras por su boca salen halagos a lo buena hija que soy, y lo bien que sé complacer a mi padre.

Me encierro en mí misma para no escuchar las cosas que salen por su boca.

Me centro en cómo mi sangre se mueve por mis venas, cómo el aire entra y sale de mi cuerpo. No estoy aquí.

Y como siempre, me veo desde el otro lado de la habitación encima de él, moviéndome.

Arriba, abajo.

Arriba, abajo.

Arriba, abajo.

No me quito la ropa, no quiere ver mi cuerpo porque ya se ha desarrollado demasiado para su gusto.

Cuando está a punto me gira y se tumba sobre mí, haciéndome volver en mí misma.

Comienza a moverse, rápido, entrando y saliendo de mi coño, llevando una mano a mi clítoris y forzándome a tener un orgasmo que no puedo más que rechazar, pero que me inunda el cuerpo igualmente.

Intento volver a salir de mi cuerpo, pero no lo consigo; no es algo que pueda hacer a voluntad por mucho que me gustaría.

Y de pronto, lo noto.

Se corre dentro de mí.

—A ver si te quedas embarazada de una puta vez y me das una puta hija —me dice todavía con su polla dentro de mí.

Se levanta, se pasa la mano por la polla recogiendo el poco semen que queda sobre ella. El resto se encuentra resbalando por mis piernas hacia la cama. Con los dedos llenos de su semen, me lo pasa por la cara, marcándome así una vez más como suya.

De su propiedad.

—Buenas noches, hija.

—Buenas noches, papá.

—¿No tienes nada más que decir?

—Gracias por llenarme, padre. Espero con ansias la próxima vez.

Se va y la oscuridad vuelve a apoderarse de la habitación y ya puedo llorar tranquila.

¿Por qué no me puedo morir?