Capítulo 9
Silas
Sigo a las chicas hasta un bar que está medianamente cerca; hemos caminado menos de diez minutos, por lo que si necesito una huida rápida por cualquier motivo, tengo mi hotel bastante cerca.
Entro tras ellas al bar y me dirijo a la barra pidiendo un buen vodka.
Con mi copa en la mano, me giro para poder observarlas desde donde estoy.
Piden bebidas y se ríen unas con otras de cualquier chorrada que se les ocurra.
No puedo evitar mirarlas con anhelo porque me gustaría tener algo así con alguien, que mi vida fuera tan fácil como para poder ir a sentarme a un bar un jueves por la noche a llenarme la barriga de alcohol y marcharme con las mejillas doloridas de tanto sonreír.
La noche va pasando y las risas cada vez suben más su tono; van haciendo efecto las copas que han ido tomando.
Una de las tres chicas se levanta y pasa por mi lado en dirección al baño, no sin antes darme un buen vistazo de arriba abajo. Ahí está la que va a tener el placer de escuchar mi sucia lengua esta noche. Espero que sepa masturbarse bien, porque le va a hacer falta.
Le dedico una sonrisa de medio lado y me quedo pendiente para interceptarla cuando salga del baño.
Apenas un par de minutos después, siento que alguien me observa, y no tengo dudas de dónde viene.
Antes de que ella pueda llegar hasta mí, me giro para poder encararla.
Sus ojos me demuestran que tiene claro lo que quiere y va a ir a por ello.
—¿De dónde eres? Nunca te había visto por aquí.
—Estoy de paso. —Bajo la vista a sus labios y decido dejar claras mis intenciones—. ¿Pareja?
Se le escapa una pequeña risa y comienza a contonearse. Me hacen gracia sus intentos de coquetear conmigo. No deja de mirar mi boca y después arrastrar su mirada a mis ojos. Se acerca a mi oído, demasiado, para contestarme.
—Perdona, es que no te escucho con la música. —La música está muy, muy baja, casi no se escucha por encima de las risas de sus compañeras—. ¿Puedes repetirme la pregunta un poco más de cerca?
Me río, porque en el fondo es una descarada y lo sabe. Me encantan las mujeres que tienen claro lo que quieren.
Me acerco a su oreja, pero antes de que ninguna palabra salga por mi boca, soplo un poco en su oído y veo cómo se le eriza la piel.
—Decía que si tienes pareja.
Mueve la cabeza de un lado a otro, dándome a entender que no, e intenta pegarse un poco más a mi cuerpo. Levanto mi brazo y llevo un dedo a sus labios, trazando su forma. Su lengua sale de paseo y me roza la punta del dedo, ella deja escapar un jadeo y tengo claro que mi trabajo está hecho.
Vuelvo a acercarme a su oído, llevando mi dedo a su cuello y comienzo a acariciarla de forma superficial.
—Bonita, no lo voy a decir dos veces, llévame a tu habitación. Huelo tu coño necesitado desde aquí arriba. No puedo prometerte muchas cosas, pero sí que esta noche tu coño va a clamar mi nombre y mañana no podrás andar. Así que da media vuelta y guíame, te daré la noche más inolvidable de tu vida.
Guío mis ojos a su boca y me la encuentro mordiéndose el labio, y no necesito más confirmación que esa para saber que va a llevarme donde le pida.
—Vamos —dice, mientras lleva una mano a mi polla, pero no encuentra lo que esperaba.
—Me temo que vas a tener que trabajar mucho más que solo un ofrecimiento para que mi amigo se ponga contento.
—Reto aceptado. —sonríe coqueta.
Me toma de la mano y me guía de vuelta al orfanato, avisando a sus amigas de que se va con un movimiento de cabeza. Cuando llegamos a la verja, se gira y posa sus ojos sobre los míos.
—Aquí no nos verá nadie.
—No. —Soy tajante—. Si quieres que te haga disfrutar como la perra que eres, me llevarás a tu cama.
No me vale con un polvo rápido, necesito horas dentro de tu cuerpo.
Necesito sentir cómo chorreas encima de mi polla.
Quiero escuchar cómo te corres y gritas a los cuatro vientos todos y cada uno de los orgasmos que te voy a regalar.
—Joder. —No puede evitar que la palabra salga en un susurro—. Apúrate, soy profesora aquí, si me ve alguno de mis alumnos podría perderlo todo.
Me guía hacia el interior de la institución. Si es profesora, ¿por qué coño sale ocultándose?
Llegamos a una esquina y me pide que me mantenga escondido mientras ella va a comprobar el pasillo. Reaparece un par de minutos después.
—Vale, camino despejado. Las putas monjas hacen guardia todas las noches y no nos permiten salir del orfanato entre semana a las que vivimos aquí.
Tiene lógica. Más fácil tenerlos a todos encerrados que darles un poco de libertad.
Mi acompañante ha dejado claro su descontento con las monjas en solo un par de palabras, por lo que tengo claro que ha llegado el momento.
Ella va tirando de mí todo el camino. Mejor dicho, voy dejando que tire de mí, por lo que en un momento dado hago algo de fuerza, consiguiendo que ella frene en seco y se estampe contra mi pecho.
—Has dicho que las putas monjas te tienen encerrada aquí dentro, ¿por qué no nos cobramos la mejor de las venganzas y dejamos sobre la mesa de la superiora los chorros que haré salir de tu coño? —le digo mientras mi lengua se pasea por su cuello y la siento temblar.
No dice nada, pero no lo necesito. Cambiamos el rumbo, y cuando saca una llave de su bolso, accedemos a una sala de profesores. Al final de esta hay otra puerta que, supongo, debe de ser el despacho. Se acerca a una planta al otro lado de la habitación y saca de abajo la llave del despacho.
—La hija de puta se piensa que no sabemos dónde está, pero no podía haber buscado un sitio peor para esconder la llave.
—Es un sitio predecible, sí. Por suerte para nosotros.
Se dirige corriendo a la puerta llave en mano.
Le tiemblan las piernas, lo que dificulta su avance.
Pobre, se está haciendo ilusiones de algo que no va a ocurrir.
En cuanto consigue abrir la puerta, me acerco a ella y le chupo el cuello mientras le quito la llave de la mano, la empujo suavemente hacia atrás mientras entro en el despacho, cerrando la puerta.
Acto seguido paso la llave para que no pueda entrar.
Lo más difícil conseguido, y no me ha hecho falta ni tocarla.
—Eh, oye, ábreme la puerta.
—Bonita, ve a tu habitación y mete los dedos dentro de tu precioso coño. Me temo que serán los únicos que te darán algo de placer hoy. Tengo cosas que hacer y no quieres que la madre superiora se entere de que pretendías follar en su despacho.
—No tienes forma de demostrar algo así. Es tu palabra contra la mía, y a mí me conocen —dice cabreada, hablándole a una puerta cerrada.
Saco el teléfono del bolsillo y paro la grabación, reproduciendo el momento exacto en el que insulta a las monjas y deja clara su intención de follar en su despacho.
—Si no quieres perder tu trabajo, harás lo que te digo. Lárgate.
—Hijo de puta.
—Probablemente, pero los conozco peores. Buenas noches.
Me giro y me posiciono ante la cantidad de archivadores que hay aquí. Esperemos que no me lleve mucho rato; quiero salir de aquí cuanto antes.