A tu lado en la oscuridad (Bilogía Oscuridad 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

Silas

Ya en la seguridad de mi habitación, comienzo a darle vueltas a cómo puedo poner solución alguna, y me temo que me va a tocar ir al orfanato y hacer un par de preguntas.

Los hombres de mi padre me facilitan toda la información que enviaron las monjas en su momento:

No sé qué me da más asco de todo esto, pero que se folle a su hermana me pone los pelos de punta. Entiendo que Knox me dijera que no tiene ninguna si esto es así, la hará pasar por una novia. Porque, ¿quién coño admite follarse a su hermana?

Pero mi instinto, que no suele fallarme, me dice que la persona con la que he cruzado algunas palabras no es así, aunque a veces la gente te sorprende.

Además, me parece demasiado sospechoso que el lugar donde debería ir la foto esté tachado.

¿Nadie se paró a pensar sobre esto? ¿De verdad son tan obtusos?

Empujo la cama y abro la trampilla que hay bajo esta, dándome acceso al único rincón en el mundo que considero mío.

Entro, me acomodo, y sujeto por los barrotes la cama para volver a llevarla a su lugar.

Una vez me doy por satisfecho, cojo la madera que hace de tapa y la encajo para que, aunque alguien entrara en mi habitación y mirara bajo la cama, no viera absolutamente nada fuera de lo normal.

Aún sabiendo qué buscar, es difícil ver las ranuras de la tapa.

No es un espacio demasiado grande, pero lo suficiente para lo que lo necesito y el tiempo que paso aquí abajo.

Enciendo el ordenador y me pongo manos a la obra.

Intento hackear el registro de niños del orfanato, pero como me temía, las monjas llevan casi todos estos asuntos en papel.

Son de la antigua escuela. Quemo mi último cartucho y accedo al registro del estado.

En este están todos los niños que han entrado en el sistema de adopción e indican a qué orfanato o casa de acogida se les deriva.

Busco el apellido que nos han facilitado las monjas, pero solamente sale un nombre: Jake.

Pero sin rastro de ninguna hermana. Me temo que sí o sí me toca colarme en el orfanato para poder acceder a los archivos en papel.

Ya que estoy aquí, busco los registros de Knox. Accedo a su información, comprobando que lo que me ha contado es verdad: ambos padres están muertos, no ha tenido hermanos y es originario de Alaska, donde tiene en herencia una cabaña en medio de la nada.

Knox Hayes.

Parece que al final sí que voy a poder confiar en alguien, aunque sigo sin querer hacerme ilusiones.

Lleno los pulmones de aire con la respiración más profunda que puedo coger, sabiendo que voy a ser yo contra el mundo otra vez.

Salgo de mi escondite y dejo todo en su lugar, dirigiéndome a mi armario y preparando una pequeña mochila para los días que voy a estar fuera, que espero que sean muchos, siempre y cuando me dejen ir solo.

Toda la ropa que llevo es negra, el único punto de color lo da la chica que llevaré entre mis piernas: mi pequeña Kawasaki Ninja H2R verde.

Me encamino hacia los garajes, pasando de camino a avisar a los hombres de mi padre para que permitan mi salida, ya que él tiene que aprobarla. Espero sentado en la moto y, como sospechaba, mi teléfono no tarda en sonar.

—Silas, ¿a dónde coño crees que vas? —grita al otro lado de la línea.

—A cumplir con lo que me has pedido: investigar qué ha ocurrido en el orfanato. Y el mejor modo de hacerlo es desde dentro. Quiero colarme en la oficina de registro de las monjas y ver exactamente qué ha ocurrido.

—Bien pensado, hijo. —Ahora soy hijo, claro—. Darío te acompañará.

Mierda. Es uno de los hombres de más confianza de mi padre, una puta mole de músculo enorme. Aprieto los dientes antes de abrir la boca, porque me va a costar mucho soltar las palabras.

—Papá, me gustaría demostrar mi valía por mí mismo, como el resto de mis hermanos. Además, había pensado entrar y salir sin montar mucho escándalo, a Darío se le ve llegar desde kilómetros de distancia.

Escucho la respiración tensa de mi padre. No lo veo, pero no lo necesito para saber que está encendiendo un puro, como cada vez que tiene que pensar en algo que no tiene claro. Da varias caladas antes de tomar la decisión.

—Está bien, lo permitiré esta vez. Rápido y con resultados, no hagas que me arrepienta, Silas.

Consigo que algo de aire entre en mis pulmones cuando mi padre me cuelga el teléfono. Nada más guardar el móvil, me dirijo con la moto a la entrada de la Fortaleza.

Voy a ser libre.

Un par de días.

Pero libre al fin y al cabo.