Capítulo 6
Silas
Hace varias horas que he salido de la habitación de Knox y todavía le sigo dando vueltas a sus palabras.
Estoy esperando que me llamen los soldados de mi padre antes de poder sentarme a investigar.
Sé que llegarán de un momento a otro, pasarán sin llamar, y no puedo permitir que encuentren el ordenador y la tarjeta que me permite acceder a internet desde mi cuarto bajo ningún concepto.
Bajo la cama y, después de mucho, mucho tiempo, he conseguido crear un pequeño espacio —lo justo para estar sentado o acostado cómodamente— donde escondo la mayoría de mis objetos personales.
Si mi padre se llega a enterar de esto, estoy muerto, pero no sin pasar antes por muchos días de tortura en el patio ante la vista de todos para dar ejemplo. No tengo duda de ello.
Y, como si el pensamiento de todo lo que oculto los haya hecho aparecer, escucho los murmullos por el pasillo.
Menos de un minuto después, la puerta de mi habitación se abre sin previo aviso.
Lo sabía, si es que al final terminan por ser cabrones muy predecibles.
Para dar una buena impresión, me encuentran haciendo ejercicio en el poco tiempo «libre» que tenemos.
No me dan margen ni de abrir la boca; dos de ellos vienen directos hacia mí, me cogen bajo los brazos y me llevan a la oficina de mi padre.
Cómo me alegro de estar chorreando sudor.
Me encanta como se miran entre sí poniendo caras de asco por tener que sostenerme en esta situación, pero ni con esas se dignan a abrir la boca.
Después de un paseíto para atravesar la fortaleza, llegamos al despacho de mi padre.
Me tiran a la silla que está frente a la mesa donde mi padre preside la habitación como un jodido trono y precisamente esa es su intención: hacer saber a cualquiera que cruce la puerta que él está por encima de todo y de todos.
—¿Qué has averiguado? Habla. —Siempre tiene que terminar las frases dando puto permiso para que pueda abrir la boca. Lo miro fijamente y por mi mente cruzan muchas imágenes de como le retorcería la lengua hasta que se la tragara.
—No mucho. Es una persona inteligente, sabe de quién soy hijo y no le interesa demasiado acercarse a mí. Tampoco puedo asegurar que lo poco que me ha dicho sea cierto, pero se llama Knox y no tiene familia, y cuando la tenía, era hijo único, en ningún momento ha habido ninguna hermana por medio.
—Imposible.
—No tengo modo de comprobar si me miente, eso lo dejo en tu mano. Es toda la información que me ha facilitado.
—¿Apellido? ¿A quién puta mierda han traído? —ruge enfadado.
—No me ha dicho su apellido. Todo lo que sé te lo he dicho.
No he terminado de hablar cuando el golpe en la nuca con la culata de una pistola me toma por sorpresa.
—No intentes mentirme, Silas.
—Jamás haría eso, padre —le digo mientras lo miro a los ojos y me muerdo la lengua—. Sabes que siempre eres el primero en saber absolutamente todo lo que sé. Nunca te oculto ningún tipo de información.
—Como debe ser. ¿Has estado en su habitación?
De algún modo siento que me está probando. Diga lo que diga, voy a salir perjudicado.
—Sí.
Otro golpe con la culata de la pistola, esta vez en el hombro, y no puedo evitar apretar los dientes por el dolor.
—Eres el encargado de saber quién mierda trajo a la persona equivocada, porque sé que las monjas no han sido; cobran un buen dinero por estas mierdas. Me da igual cómo lo tengas que hacer, pero soluciónalo. Quiero a Reed aquí, sea quien sea, y mantén vigilado al nuevo. No me gusta.
—Como ordenes, padre —respondo mientras me levanto despacio para volver a mi habitación. Antes de que pueda darle la espalda escucho a mi padre gritar:
—Atente a las consecuencias si el nuevo es mejor que tú, Silas. Ya sabes lo que os espera a cualquiera de los dos.
Me giro para mirarlo a los ojos y me vienen los recuerdos en ráfagas, cada uno más doloroso que el anterior, el dolor de cuando me quitó a la única persona que alguna vez llegó a importarme.
—Tú —dice dirigiéndose a uno de sus hombres—, coge al nuevo y llévalo al búnker, averigua si se apellida Reed o no ese tal Knox.
Aparto la vista de su cara mientras aprieto los dientes y cierro las manos en puños, intentando contenerme para no reventarle la cara a puñetazos.
—Adiós, padre. Volveré con resultados.