A tu lado en la oscuridad (Bilogía Oscuridad 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Silas

A la hora de irme a mi habitación, me quedo en el pasillo esperando ver a qué cuarto se dirige Knox para entrar tras él.

Necesito saber un poco más sobre él antes de ponerme a hacer una búsqueda y poder contrastar informaciones para ver hasta qué punto nos está mintiendo.

Cada vez me siento peor por hacer esto para mi padre.

Lo veo aparecer por donde el pasillo se bifurca y se encamina hacia el lado donde se encuentra mi habitación, que es la última de este corredor.

Es el único beneficio que me ha dado mi padre jamás, ya que mi habitación es más grande que la de los demás y la única que tiene un baño propio.

Además, en caso de que alguien nos atacara, tendría más margen para poder huir, suponiendo que alguien pudiera llegar hasta donde nos encontramos.

Hay demasiados soldados entre las puertas y donde nos encontramos, es el mismo motivo por el que de aquí solo sales a una misión o con los pies por delante. Existen muy pocos hombres que hayan conseguido desertar y solo uno que siga con vida a día de hoy. Una jodida leyenda, si me lo preguntas.

Continúo con la vista fija en Knox, y memorizo el número que se ve en la puerta cuando la cierra: treinta y tres. En caso de que no me deje acceder ahora a su habitación, supongo que me tocará colarme en otro momento.

Si lo miramos por el lado bueno, mi padre puede pensar que estoy haciendo lo que me ordenó en vez de trabajando en mis propios intereses, y eso es lo que hace que me decida a acercarme a la puerta.

Antes de llamar, levanto la cabeza y fijo la vista en la cámara más próxima. Llamo con la vista fija en esta.

Un par de minutos después la cabeza de Knox asoma por la puerta.

No hacen falta palabras, el contacto visual es suficiente para que me permita entrar en su cuarto.

Me detengo a observarlo, pero todo a mi alrededor es exactamente igual al resto de las habitaciones que puedes encontrar en este edificio; ni un solo objeto personal.

Knox toma asiento en la única silla que hay, intentando forzarme a quedarme en pie, dejando bien claro su necesidad de marcar territorio, de sentirse superior, o quizá le estoy dando demasiadas vueltas.

Supongo que al final soy hijo de mi padre.

Justamente por ese motivo, no permito que se sienta superior, por lo que me siento en su cama.

Ambos quedamos más o menos a la misma altura, mirándonos a los ojos esperando que sea la otra persona quien diga la primera palabra, valorando ambos si podemos confiar en el otro.

Tomo la decisión de ser yo, ya que sí o sí necesito averiguar quién es.

—Solo quería darte las gracias por no haberme delatado con mi padre en el desayuno. No suelo decir ese tipo de cosas, pero llevaba demasiado tiempo en el búnker, todavía me estoy aclimatando. —Dejo que vea una debilidad para que él también me regale una de las suyas.

—Así que tú eres el hijo del todopoderoso… Si es así, ¿por qué estabas en el búnker?

—Mi padre tiene la firme creencia de que si a los de su sangre los castiga con más dureza, seré un ejemplo para los demás.

—Tiene lógica. —¿La tiene? Yo solo veo decisiones retorcidas.

Supongo que Knox ve mi cara de desconcierto, porque explica:

—Si tuvieras que hacer que unos niños a los que has sacado de un orfanato te obedezcan, la baza más efectiva es el miedo. Porque esa gente, no tiene nada que perder.

Knox se calla, dándome tiempo a llegar por mí mismo a la conclusión. Lo entiendo pero dejo que sea él quien lo diga.

—Si pones a tu propio hijo de ejemplo, haciéndole un daño irreparable, sientas un precedente, por lo que todos los demás irán tras de ti con los ojos cerrados. Nadie quiere sentir dolor.

Supongo que tiene razón y mucha lógica el modo en el que Knox le está dando vueltas al retorcido comportamiento de mi padre.

—Supongo que sí, tienes razón. Aunque para mí no sea más que una putada tras otra.

Mueve su cabeza arriba y abajo, dándome a entender que sabe perfectamente a lo que me refiero.

—Y tú, ¿tienes algo que perder? —Antes ha dicho esa gente, donde no se ha incluido, así que la curiosidad me consume— ¿Algo de familia? ¿Alguna hermana?

Knox frunce el ceño y me mira con cara de desconcierto.

—Tenía entendido que nos investigabais a todos antes de entrar… O eso he escuchado por los pasillos. No, no tengo familia, ya no queda nadie. Y fui hijo único, por lo que no hay ninguna hermana a la vista.

Qué raro… Las monjas fueron bastante descriptivas con la relación que tenía con su hermana y por eso la rapidez con la que querían sacarlo del orfanato, aunque nos costara un poco más de lo previsto; un par de misiones salieron mal y tuvimos que dar algo de margen de tiempo para no levantar sospechas sobre nuestra localización.

—Supongo que es algo bueno para ti: no tienes nada que perder, entonces, nada que puedan utilizar para torturarte.

Knox desvía la mirada antes de contestar.

—No, no hay nada.

Me ha mentido, lo sé. Y él también es consciente de que me he dado cuenta de ello.