Capítulo 4
Silas
El reloj de mi mesilla marca las seis de la mañana. Me despierto en mi cama pero no recuerdo haberme metido en ella; no hay una sola parte del cuerpo que no me duela y mi pecho tiene cada vez más cardenales, incluso me atrevería a decir que puedo ver perfectamente la huella de una bota.
Pese a que es lo último que me apetece, me preparo para un nuevo día en la fortaleza, por más tiempo que llevo sin aparecer por aquí.
Cuando salgo de mi habitación para ir al comedor, soy el centro de todas las miradas.
La vuelta a la supuesta vida normal se me hace cuesta arriba; al menos estando bajo tierra no tenía que aguantar las miradas de odio de cada uno de mis hermanos.
Sigo las órdenes de mi padre y poco a poco me acerco al nuevo para averiguar un poco más sobre su vida, porque lo que las monjas le han hecho saber a mi padre no encaja con el tipo de persona que está siendo aquí.
Como siempre me toca hacer el trabajo sucio.
En el fondo los chicos tienen motivos para odiarme.
Lo veo delante de mí, así que me acerco a él haciéndome notar para no pillarlo por sorpresa.
Cuando llego a su altura, le tiendo la mano.
—Silas.
Me mira de abajo arriba con desconfianza. Esos ojos verdes buscan en los míos motivos para darme la mano, y parece que algo encuentran, porque cede y la levanta, guiándola para estrechar la mía.
—Knox.
—¿Knox…? —Me mira sin saber a qué me refiero— ¿Ningún apellido?
—Hayes.
Ese no es el nombre que le dieron inicialmente a mi padre, y me hace desconfiar que quizás esté buscando dejar todo atrás, y mi padre me dice que tiene muchas ganas de salir de aquí por alguien. Su historia hace aguas por todas partes, pero las monjas nunca se equivocan. Al menos hasta el momento.
Decido seguir indagando, pero sé que el chico probablemente no suelte prenda, así que me tocará sentarme delante del ordenador y hackear algún que otro programa gubernamental, pero necesito un poco más…
—Silas Blackwell.
—Blackwell ¿Como el jefe?
Hombre de pocas palabras, lo entiendo. Si es verdad todos los castigos que ha pasado en el orfanato, desconfiará hasta de su sombra.
—Como ese mismo, aunque no es algo de lo que me guste alardear. Preferiría no tener padres, como tú.
Tarde me doy cuenta de las palabras que acaban de salir de mi boca, y giro rápidamente la cabeza con los ojos muy abiertos, fijándolos en los de Knox.
Ambos sabemos que he metido la pata hasta el fondo, y que si quisiera ahora mismo, con solo un par de palabras, me volvería a mandar al búnker sin perder un segundo y ganaría demasiados puntos con mi padre.
Subiría mucho en el tablón para ser su sustituto.
Knox se para en seco en la puerta del comedor, interrumpiendo el paso del resto de nuestros hermanos que quieren acceder a él, me agarra por un brazo y me aparta a un lado de la puerta, lejos de oídos indiscretos.
Los ojos de Knox se fijan en los míos y por su boca salen las últimas palabras que pensé escuchar de nadie.
—Estás a salvo conmigo, Silas.
No contesto, porque no sé ni qué decir. Me gustaría tanto que fuera verdad, me gustaría tanto tener una persona a quien poder llamar amigo, en quien poder confiar, a quien poder recurrir…
Pero no le creo.
No le creo porque nunca nadie me ha demostrado que eso pueda ocurrir de verdad. Así que entro en el comedor y me quedo esperando a que Knox me delate y volver al búnker.
Me siento dejando pasar el tiempo, las manecillas del reloj siguen avanzando mientras mis hermanos comen y yo solo espero un golpe que parece no llegar nunca.
¿Será que sí puedo confiar en Knox?