A tu lado en la oscuridad (Bilogía Oscuridad 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Silas

No sé la cantidad de tiempo que llevo aquí encerrado. La oscuridad es casi total salvo un pequeño punto rojo fijo que me apunta siempre. No hay ningún sonido y el olor a humedad es más penetrante con el paso del tiempo, se queda alojado en mi nariz.

Tampoco puedo orientarme en la cantidad de días que llevo aquí, porque solo me traen una comida al día y lo hacen a diferentes horas para que no pueda guiarme por ello. Me atrevería a decir incluso que se han saltado alguna.

Estoy encerrado, pero eso no significa que pueda estar en paz, cosa que me haría inmensamente feliz.

Ese puntito de luz roja me persigue allá donde voy.

Detrás se encuentra una cámara que me graba las veinticuatro horas y emite las imágenes en una sala donde se encuentran algunos de los hombres de mi padre con uno de los preparadores.

Ese tremendo hijo de puta se pasa el día dándome órdenes para que siga haciendo ejercicio.

Así que sí, estoy encerrado, pero sigo con mi entrenamiento igual que si estuviera en la superficie y no bajo tierra.

El estridente sonido de la música me levanta de la cama y comienzo a escuchar al hijo de puta que me manda ponerme en pie.

—Cien flexiones, Silas, y date prisa si no quieres que sean doscientas. —Ojalá alguien le pegue un tiro pronto, me encantaría ver las pantallas de la sala de vigilancia llenas de sus sesos.

Pero me levanto y hago caso de sus mierdas de órdenes porque no quiero estar aquí abajo más tiempo del estrictamente necesario.

Comienzo a hacer las flexiones sin problema alguno cuando la rejilla de la puerta se abre y por ella me pasan un puré asqueroso.

He visto comidas de perros con mejor aspecto que esta mierda.

Solo he conseguido desviar la mirada un segundo, y ya siento una descarga eléctrica recorriéndome el cuerpo, tirándome al suelo y haciendo que todos los músculos se tensen y me sea imposible moverme.

Siento cómo me quema por dentro, como si todos los músculos de mi cuerpo estuvieran ardiendo al mismo tiempo.

Hijo de puta.

Mientras sigo tirado en el suelo, una voz que preferiría no escuchar jamás hace eco en la habitación por medio de los altavoces.

—Levántate, hijo, nadie te ha entrenado para ser una jodida nenaza. Dame las putas flexiones o se alargará tu estadía en tan magnífico hotel.

Mi cuerpo prácticamente no responde; los calambres que siguen a la descarga del puto chip que tengo implantado en el cuello hacen mella en mis músculos, pero saco fuerzas de donde no las tengo, me pongo en posición y continúo con las putas flexiones.

Cuando termino con ellas, continuamos con el resto del entrenamiento que hacemos en un día normal, al que se van sumando repeticiones por castigo.

Cuando llevo más de diez minutos en plancha, la puerta de la que ha sido mi celda durante no sé cuánto tiempo se abre y aparece mi padre.

Mantengo mi posición. Se acerca poco a poco y pone su pie en mi espalda, haciendo presión hacia abajo para hacerme caer.

Intento aguantar con todas mis fuerzas; si mi cuerpo toca el suelo, sé que no voy a salir de aquí.

Cuando se da por satisfecho, levanta el pie y lo acerca poco a poco a mi cabeza, haciéndome levantar la cara con su bota para que lo mire a los ojos.

—Así me gusta, hijo. Otra semana superada. Chicos —dice, mirando a los hombres que lo escoltan—, ya sabéis qué hacer.

Lo próximo que siento es un dolor atroz por todo mi cuerpo de las patadas que me propinan. Una de ellas va directa a mi sien e inmediatamente mis ojos se cierran.

Solo veo oscuridad.