Capítulo 2
Silas
El nuevo parece que viene con ganas de largarse de aquí pronto, que ya es más de lo que puedo decir de alguno de los hombres que viven conmigo.
Supongo que algo lo espera fuera, porque nadie pelea con tanto ahínco porque sí.
Espero que mi padre no sea consciente, porque en cuanto lo sepa, hará lo imposible por amenazarlo con aquello que quiere; por tenerlo cogido por los huevos para que cumpla sus órdenes sin rechistar.
El nuevo lleva aquí menos de una semana y mi padre ya me ha hecho llamar. Eso solo se traduce en problemas para alguien y tengo todas las papeletas de que sean para mí.
Para llegar al despacho de mi padre tengo que salir de los barracones donde estamos todos los hombres que se están entrenando en este momento.
Nuestra fortaleza cuenta con varios edificios en medio del puto bosque de Montana, donde siempre hace un puto frío que te cala hasta los huesos y la niebla siempre es tu fiel compañera, para bien o para mal; es igual de efectiva para ocultarte tanto a ti como a tus enemigos.
Después de salir de mi edificio y cruzar el patio trasero, me acerco al punto en el que mi padre tiene su despacho. En la puerta ya me espera uno de sus perros, metiéndome prisa.
—Espabila, chaval. Tu padre no tiene todo el tiempo del mundo para perderlo contigo. Apura o te daré yo motivos para correr —dice con una sonrisa sádica.
Las amenazas aquí son el pan de cada día, y la verdad es que he dejado de prestar atención a las palabras que salen por la boca de los soldados de mi padre.
Soy consciente de que en caso de que alguien tenga que castigarme, mi padre no se va a perder jamás tal satisfacción. Lo harán sus manos o las de nadie.
Cuando accedo al interior de la habitación, mi padre ya me está esperando con cara de perros, para no variar.
—Por fin te dignas a aparecer. —No necesito más que esas palabras para saber que no está de buen humor—. Tenemos problemas, así que o te pones las pilas, o te las pongo yo.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunto mientras dejo salir todo el aire de mis pulmones. Ahí viene.
—El puto nuevo ha ocurrido. —Lo sabía—. Te está dejando a la altura del betún y eso no puede ser.
Es más rápido, más ágil y se le dan mejor las armas.
No podemos tolerar algo así. Tienes que ser el mejor para heredar mi puesto, y lo sabes.
Así que tienes esta semana para acercarte a él y averiguar qué es lo que tiene fuera el puto huerfanito para querer salir con tanto ahínco.
—Será su hermana, ¿no decías que tenía una fuera?
—Las monjas nos aseguraron que la trataba muy mal y se notaba a leguas que no la quería. Hemos pagado mucho dinero por ese puto niño. Quiero que sea bueno, pero no mejor que tú.
—No lo será.
—Nadie te ha dado permiso para hablar. —espeta con rabia—. Jonah, acompaña a mi hijo al búnker, necesita recapacitar sobre su comportamiento.
No, no, joder. Ahí no.
—Padre, lo siento, no pretendía…
—Me importa una mierda lo que pretendas. Soy la máxima autoridad y a mí no se me contesta. Después de una semanita en el búnker, seguro que lo tienes más claro.
Me pongo de pie, y en mi afán por hacerlo rápido hago que la silla se arrastre por el suelo, emitiendo ruido al rozar contra este.
—En silencio o serán dos.
No vuelvo a abrir la boca, no merece la pena. Sé que cualquier cosa que diga ahora mismo, solo va a empeorar mi situación. Solo hará que sumarme días.
Dejo que dos de los perros de mi padre me sujeten uno a cada lado y me lleven arrastrando los pies hacia el puto infierno en la tierra.
Cuando salimos al patio, levanto la cabeza e intento buscar el sol, ver sus rayos por última vez.
Sigo siendo arrastrado en silencio a ese sucio lugar.
A veces, me gustaría no volver a salir de ahí nunca más.