Capítulo 42
Madeleine agitó la mano en un gesto de despedida antes de cerrar con suavidad la puerta de servicio.
Apenas hubo desaparecido, la joven Catherine emprendía la carrera por las calles adoquinadas de Southampton con el miedo latiendo en su pecho.
Si se demoraba un instante más, el Titanic zarparía sin ella.
Al doblar una esquina, unos brazos firmes surgieron de la penumbra y la arrastraron al interior de una cocina a media luz. Un grito pugnó por escapar de su garganta, si bien, se ahogó al reconocer la inconfundible fragancia de cedro y bergamota que inundaba sus sentidos.
—¡Ian! —exclamó con incredulidad, contemplándolo con los ojos muy abiertos—. ¿Qué haces aquí?
—He venido a buscarte. Debemos partir de inmediato. Te lo explicaré todo en el camino a Fawley.
—¿Fawley?
Sin concederle más tiempo para asimilar sus palabras, Ian la condujo a su Ford T, cuidadosamente oculto en una callejuela cercana. Apenas dejaron atrás el bullicio del centro de Southampton, él comenzó su explicación:
—Hace semanas que sé que tu padre haría lo imposible por separarnos y desposarte con Howard. Han estado tramando esto desde que regresé de Nueva York en Navidad.
—¿Cómo?
—El hijo que Caroline espera es de Howard. Nos lo confesó a mi hermana y a mí hace tres semanas.
Las palabras de Ian cayeron sobre ella como un golpe certero. Al tiempo que él continuaba su relato, la joven conoció la forma en que su amado había descubierto los oscuros designios de su padre y su supuesto amigo, además de pariente.
Previendo que impedirían su embarque en el Titanic, Ian había tramado un plan minucioso. Confió sus intenciones a su hermana y aseguró su legado en caso de que algo le ocurriera. Fue entonces cuando Caroline, casualmente, escuchó la conversación y entró precipitadamente en la estancia.
—¡Señor Beckwith, no permitirán que la señorita Cavendish se despose con usted! —exclamó la joven con el rostro encendido por la agitación.
—¿Por qué afirma tal cosa? —inquirió Leslie Eaglethorn, la hermana de Ian, con visible inquietud.
—Porque Howard Cavendish es el padre del hijo que crece en mi vientre.
Trabajé en su casa y escuché una conversación en la que se burlaban del señor Beckwith y de la señorita Cavendish.
Howard aseguró que todo estaba decidido y que el nuevo rico —señaló a Ian— no tenía ninguna posibilidad de cambiar su destino.
Desde ese instante, Ian supo que debía actuar con rapidez. Durante las semanas siguientes, compró la voluntad de algunos sirvientes leales y confirmó que los Cavendish pretendían evitar su partida. Ahora, con el tiempo en su contra, todo dependía de su huida.
—¿Qué ocurrirá cuando mi padre descubra que no he embarcado en el Titanic? —preguntó Catherine.
Ian le dedicó una sonrisa traviesa.
—Nunca lo sabrá. He hecho que inscribieran nuestros nombres en la lista de pasajeros, por lo que creerá que estamos a bordo del transatlántico. Y si llegase el caso de que lo descubra, ya estaremos rumbo a Argentina.
—¿Argentina? —repitió ella, con asombro.
—Allí, por fin, te haré mi esposa ante Dios y ante el mundo. Un amigo de mi primo tiene un negocio que promete revolucionar el futuro. Aunque eso te lo contaré más adelante.
—Sigo sin saber cómo lograremos despistar a mi padre.
—Mandará a alguien a Nueva York a buscarte, pero será en vano, nadie, a excepción de mi socio, sabe nuestros verdaderos planes —aseguró Ian con una expresión llena de determinación.
Llegaron finalmente a Fawley y embarcaron en una modesta embarcación, muy distinta al colosal buque que ella había admirado semanas atrás.
No obstante, para la joven, aquel barco sencillo era el más hermoso del mundo, pues con cada paso que daba sobre su cubierta, sentía cómo las cadenas de su antigua vida se rompían una a una.
Sin poder contenerse, se volvió hacia Ian y lo besó con pasión. Al tiempo que el barco se alejaba del muelle y sus corazones latían al unísono, supo que el destino los aguardaba con los brazos abiertos en una tierra donde su amor podría florecer sin ataduras.
20 de abril de 1912
Tras varios días de travesía, la embarcación arribó al puerto de Buenos Aires, una ciudad vibrante que se alzaba ante ellos con promesas de un nuevo comienzo. Catherine e Ian descendieron la pasarela, sintiendo el firme suelo bajo sus pies, como si al fin la incertidumbre del viaje quedara atrás.
Gabriel Varela, el nuevo socio de Ian, les esperaba con una sonrisa afable y un ademán cortés. Se acercó con paso seguro y extendió la mano.
—Bienvenidos a Argentina. Espero que el viaje no haya sido muy arduo. Permítanme guiarlos a la que será su nueva casa.
Catherine asintió en silencio, todavía abrumada por la idea de haberse convertido en una esposa fugitiva. Ian, en cambio, estrechó con firmeza la mano de Varela, agradeciéndole su hospitalidad.
Un Cadillac recién estrenado los condujo por las calles adoquinadas del centro de Buenos Aires hasta una casa de dos plantas, elegante y sólida, que exhibía balcones de hierro forjado y grandes ventanales.
—Espero que sea de su agrado, señora Beckwith —dijo Varela con una leve reverencia—. Fue mi esposa quien eligió la casa, los enseres y la decoración para prepararla para su llegada.
Catherine recorrió el vestíbulo con la mirada, tomando en cuenta cada detalle. Los muebles de caoba, los candelabros resplandecientes y las cortinas de fino encaje le hablaban de una vida nueva, distinta a la que dejaba atrás.
—Es preciosa —murmuró con sinceridad.
Poco después, una joven de cabellos oscuros y modales discretos entró acompañada de un hombre de mediana edad, de semblante severo pero amable.
—Buenas tardes, señor y señora —dijo la muchacha en un inglés recién aprendido con una leve inclinación—. Mi nombre es Carmen, y él es mi esposo, Felipe. Estamos a su servicio para lo que necesiten.
Catherine agradeció la presentación con una leve sonrisa y les solicitó agua fresca para ella y dos whiskies para los caballeros. Al poco, las copas fueron servidas, e Ian alzó la suya con aire solemne.
—Brindemos por una nueva vida —proclamó.
Catherine se mantuvo en segundo plano, sin beber de la copa que Felipe, pese a no haberlo solicitado, le había servido para el brindis. Ian notó el brillo especial en su mirada, comprendiendo de inmediato la razón de su vacilación.
—Y por cambiar vuestros planes y no embarcar en el Titanic —agregó Varela con aire despreocupado, sin percatarse del escalofrío que recorrió a la pareja—. ¡Quién hubiera imaginado que acabaría hundido en su viaje inaugural!
Un silencio sepulcral se instaló en la habitación. Catherine sintió que su respiración se detenía.
—¿Qué? —susurró Ian con el rostro desencajado por la noticia.
—¿No os habéis enterado? —Varela los miró con sorpresa—. Claro, estabais en medio del Atlántico cuando sucedió. El Titanic chocó con un iceberg y se hundió en pocas horas. Murieron más de la mitad de los pasajeros.
Ian tomó asiento, preguntándose si su padre y su hermano habían embarcado y perecido. Varela se marchó con la promesa de traerle noticias de su familia.
Catherine sintió que sus piernas flaqueaban. Apenas registró la despedida de Varela. Ian, un hombre siempre positivo, se dijo que aguardaría la vuelta de su socio sin perder la esperanza. Decidido a preocuparse del estado de su amada, sostuvo sus manos con dulzura, llamándola con cierta urgencia.
—Cat, mi vida, mírame. ¿Estás bien?
Ella lo miró con los ojos vidriosos. Su voz salió en un hilo tembloroso.
—Mi padre lo sabía… y dejó que pasara. Mi padre te iba a dejar morir en ese barco. Y puede ser responsable de la muerte de tu familia.
Ian sintió un nudo en el estómago, pero suavizó su expresión para ella, pues imaginando el estado en el que se encontraba, no quería que nada la perturbase.
—Bueno, pues ahora creerá que los dos hemos muerto. Ahora sí podremos empezar una nueva vida juntos. De lo demás me ocuparé yo.
Catherine asintió lentamente, no obstante, su expresión se endureció con una determinación inquebrantable.
—Bien, mi amor, pero has de saber que no pararé hasta descubrir qué ocurrió en ese barco. Si de verdad mi padre sabía que esas personas morirían y dejó que pasara, quiero que caiga. Que lo pierda todo.
Ian entrelazó sus dedos con los de ella y sus ojos reflejaron la misma resolución.
—Yo te ayudaré, juntos haremos justicia. En ese caso, será mejor que nadie sepa que estamos vivos. ¿Qué te parece, señora Clark?
Catherine esbozó una sonrisa ladeada antes de responder.
—Me parece un maravilloso plan, señor Clark.
Y con esas palabras, el telón del pasado se cerró sobre ellos, al tiempo que el futuro les aguardaba con un sinfín de secretos por desentrañar.
Julio de 1922 – Argentina
Diez años habían transcurrido desde aquella travesía que cambió para siempre el destino de Catherine.
Diez años en los que, pese a todos sus esfuerzos, no había logrado probar lo que su padre había hecho.
Su poder se extendía demasiado, sus influencias llegaban a lugares que ni siquiera ella podía imaginar.
Cada intento de exponer la verdad terminaba con pruebas desaparecidas, testigos silenciados y peligrosas advertencias veladas.
Pero lo peor no era su fracaso, sino el riesgo que implicaba seguir intentándolo.
Si persistía en su venganza, pondría en peligro a quienes más amaba.
A Juana, su hija, cuya risa iluminaba sus días y cuyo futuro no pensaba comprometer por nada del mundo.
A su pequeño Manuel, ese bebé de dos años que había heredado los ojos de su padre.
A Ian, que había renacido con otro nombre y con el que había construido una vida lejos de la sombra de su apellido.
Y a su cuñada Leslie, su única aliada en la distancia, quien también había pagado un precio demasiado alto por la verdad.
Tras corroborar sus peores presagios, tanto el padre de Ian como su hermano menor habían perecido en el naufragio, decidió cartearse con su cuñada, firmando como Isabella Clark.
Leslie había respondido con incredulidad, emocionada por su supervivencia, pero también con una revelación inesperada: no solo había perdido a su padre y hermano, había quedado viuda al perecer su marido en el Titanic, viaje que decidió hacer en el último momento para acompañar a su suegro en un nuevo negocio.
Una decisión que le costaría la vida. Leslie explicó que, con todos los varones de su familia dados por muertos, ella había heredado todos los bienes.
Para el mundo, Catherine e Ian no existían, y esa desaparición les había brindado una libertad que, de otro modo, jamás habrían tenido.
Juntas intentaron hacer justicia. Usaron los recursos que Leslie había recibido, investigaron, sobornaron a quienes pudieron, pero Herbert Cavendish era un enemigo impenetrable, pues no estaba solo y el poder de sus aliados no hacía más que acrecentarse según pasaban los años.
Tocarlos significaba arriesgarse a una represalia brutal.
Leslie había recibido amenazas anónimas, su hijo había caído enfermo tras un accidente sospechoso, y Catherine entendió que ya no se trataba solo de su venganza, sino de la seguridad de su familia.
La última carta recibida por Leslie, en un paquete con el que mandó todas las enviadas por Catherine a lo largo de los años anteriores, fue el final de su cruzada.
Aun así, durante años, en la distancia, ambas miraron al cielo y rezaron para que algún día, cuando ellas ya no estuvieran, cuando el tiempo barriera los nombres y los rostros, alguien encontrara las pistas que habían dejado atrás. Y entonces, la verdad saldría a la luz.