A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 41
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Capítulo 41

El murmullo de las conversaciones y las risas llenan el amplio comedor con una melodía familiar.

La mesa está llena, abarrotada de platos que compiten entre sí por llamar la atención, y yo intento hacerme hueco entre las sillas sin mucho éxito.

A estas alturas, con seis meses de embarazo de gemelas, mi movilidad es digna de un barco maniobrando en un charco.

—Dejadme pasar o juro que me dejo caer sobre la mesa y nadie cena.

Mi amenaza surte efecto, y mi hermana Adriana, con la que he creado un vínculo que jamás creí tener con nadie, suelta una carcajada cediéndome el sitio.

Me desplomo sobre la silla con un suspiro dramático, y mi padre, quien desde que le permití entrar en mi vida no ha dejado de demostrarme que soy importante para él, me lanza una mirada divertida antes de servirme un vaso de agua.

—Recuerdo cuando no necesitabas una grúa para sentarte —asegura Derek en mi oído.

—Recuerdo cuando no tenías esa barba de trotamundos, pero aquí estamos los dos evolucionando —le devuelvo, provocando la risa de Amelia, sentada justo a mi lado.

Tras mi vuelta a casa y hablarle de mi embarazo, me hizo la mujer más feliz del mundo diciéndome que estaría a mi lado, ejerciendo de bisabuela llena de orgullo.

De momento, no he conseguido que dé su brazo a torcer y se ponga en contacto con sus hijos.

He decidido no presionar, pues todo lo ocurrido me ha llevado a pensar que la sangre por sí sola no hace familia, es algo más profundo lo que debe unirla, respeto, amor y tolerancia.

Observo la mesa, contemplando a mi familia, amplia y vital.

Derek, sus hermanas y su madre nos han abierto las puertas de su casa para celebrar la jubilación de Carlo a sus setenta y cinco años, ¡quién lo diría con el porte y el físico que se gasta!

Ese gran hombre cuyo padre nació gracias a la generosidad de Leslie y su marido, quienes dieron cobijo a su abuela Caroline cuando Howard Cavendish la deshonró y renegó de su hijo.

Un caballero de buen corazón que, al igual que hiciese su abuela y después su padre, juró lealtad a los Eaglethorn, renegando de su sangre Cavendish.

Contemplo a Rita, sé que preferiría estar controlando cada plato que sale de la cocina en vez de aquí sentada, pero hoy es fiesta para la familia y sin duda es parte de ella.

Rita es nieta de Bianca, aquella camarera que ayudó a mi bisabuela a escapar del hotel de Londres.

Esa muchacha que se presentaría días más tarde ante la puerta del abuelo de Derek y a la pregunta: «¿Qué es mejor, tener perspectiva o fuerza?

». Ella supo que debía responder: «Ve más un águila en el cielo que un ejército de topos en la tierra».

Y tal como le prometió Juana, en aquella casa encontró junto a su hija Clarisa esa ansiada estabilidad.

Clarisa recibió la mejor educación y es una excelente doctora, en cambio, su hija heredó la pasión de su abuela por la cocina y, uniendo aquella devoción a la que sentía por Ava, se irguió como pieza fundamental en la buena marcha de la residencia Eaglethorn.

Centrándome en el presente, sigo el hilo de la conversación de Carlo y Cedric, asombrándome todavía de la conexión que nos une a todos nosotros desde mucho antes de conocernos.

Meses atrás

Abrí los ojos, girando sobre mi espalda para quedar de cara al techo, estirando los brazos y las piernas en la extensa cama.

Miré las molduras largo rato, sin ganas de levantarme, sin embargo, al recordar quien llegaría junto a Nathan y Derek, me desperecé, anduve hasta el espacioso baño y me metí bajo una cascada templada.

«Podría acostumbrarme a vivir en una suite», me dije secándome el pelo con una suave toalla y observando el centro de Nueva York a los pies de un amplio ventanal.

Un mensaje en mi teléfono móvil, ese nuevo terminal que estrené al comprender que la bruja del cuento había lanzado el antiguo junto a muchos otros por la borda del Titanic, me aseguró que en pocos minutos me reuniría con Diana.

La puerta de la habitación se abrió y yo corrí a abrazar a mi tía.

—No has debido viajar hasta aquí —aseguré emocionada, separándome un poco—. ¿Qué tal el viaje?

En ese instante, Nathan, volviendo de dejar la maleta de nuestra invitada en uno de los dormitorios que componían la suite que mi suegro nos obligaba a ocupar mientras no pudiésemos volver a Barcelona, abrió la puerta principal. Diana, observando a Derek, aseguró:

—¡Ah, mi nena! Era menos peligroso viajar yo con mi enfermedad que vos en ese estado… —Sonrió feliz y remató—: Además, hacer el viaje en dos días en ese pedazo de avión privado fue toda una experiencia.

Cuando desembarcamos, tras un chequeo médico, prestar declaración a las autoridades estadounidenses y poder zafarnos del acoso mediático que nos aguardaba, lo primero que quise saber era si Diana, su marido, Ava y todos los demás estaban a salvo.

Derek me aseguró que sí y me pasó un teléfono para hablar con mi argentina favorita.

—¡Helenita, lo lograste! ¿Cómo estás, mi nena?

—No lo sé, pero sabiendo que vosotros estáis bien ya respiro un poco mejor.

— Tengo algo tuyo, así qué venite a verme apenas puedas.

—Eso puede llevarme unas semanas… —Dejé en el aire, recordando la recomendación médica de no viajar hasta que me hiciesen más pruebas y estuviesen seguros de que mi embarazo no era de riesgo.

—En ese caso, me obligarás a abandonar mi tierra querida.

No podía imaginar qué era aquello tan importante que quería entregarme, pero fue imposible convencerla de que se quedase en Argentina.

Y en vista de su resolución, Derek organizó, junto al médico de Diana, un itinerario de vuelos y escalas que se le hiciese llevadero para soportar las casi once horas de trayecto que nos separaban.

—Os dejamos un rato a solas, estaremos en la cafetería —explicó Nathan dándome un beso en la cabeza.

Una vez la puerta se cerró, mi tía anduvo hasta su habitación, volviendo con una caja de metal.

—Cuando Derek me confesó quién era… —Sentándose a mi lado, comenzó a relatar lo que ocurrió en su casa días antes.

Casa de Diana, Argentina.

Diana preparaba un estofado, sin dejar de mirar a aquellos tipos que habían llegado con Helena. La vida le había enseñado a no fiarse de desconocidos ni de sus intenciones. Nathan, ajeno a sus pensamientos y sin ganas de estar cerca de aquel tipo del que tampoco se fiaba, se excusó:

—Diana, ¿le importaría darme algo para el dolor de cabeza y dejarme cerrar los ojos unos minutos en el salón?

Pese a sus reticencias, Helena le había hablado en todas sus conversaciones de los dos últimos años con Nathan, su amado novio y el que tanto le había apoyado tras la muerte de Emma, por ello, se obligó a regalarle una sonrisa y entregarle un analgésico.

—Dale, andá a descansar, yo te aviso si Helena baja.

—Gracias.

Una vez a solas con el otro hombre, cogió un cuchillo de la encimera, se sentó frente a él y sosteniendo el filo hacia la silla ocupada, preguntó:

—¿Quién sos vos y qué querés con mi nena? Porque no tenés cara de llamarte Eiden…

—Ve más un águila en el cielo que un ejército de topos en la tierra. Derek Eaglethorn, es mi verdadero nombre.

Y así, con una sola frase, aquel hombre se ganó la total y absoluta confianza de aquella mujer que era mucho más de lo que parecía a simple vista.

—Derek me contó quién eras y quién era mi tatarabuela —dije mirando a Diana, sin un ápice de rencor por mi parte. Sabía que solo pretendía protegerme y que supiese la verdad en su debido momento.

Esa confesión me llevó a rememorar el interrogatorio al que sometí a Derek tras huir de nuestros perseguidores en aquel pequeño pueblo de Toledo, despegando en el Aeropuerto de Cuatro Vientos con destino Londres.

En cuanto el aparato tomó altura y nos desabrochamos los cinturones, apoyé los codos sobre la mesa que separaba mi asiento del de Derek e inquirí:

—¿Quién eres en realidad y qué tienes que ver con mi familia?

—¿Sabes quién era Leslie Eaglethorn?

—La hermana de Ian Beckwith, amante de Catherine Cavendish.

—También era mi tatarabuela.

—¿Y qué tiene que ver ella con mi familia y lo que está ocurriendo?

—Tras su muerte en el año 64, mi bisabuelo encontró un diario junto a esto…

Derek despegó un sobre bajo el asiento y me lo tendió. Al abrirlo, descubrí una carta que parecía tener muchos años.

Querida Leslie:

Tras leer tu última carta, me veo en la triste obligación de admitir que tienes razón.

No podemos continuar. El accidente de Derek no ha sido, como bien intuyes, un mero infortunio.

Ambas sabemos que ha sido una advertencia, y que nuestros hijos deben ocupar el primer lugar, incluso por encima de la justicia que tanto ansiamos.

Me apena profundamente aceptar que la muerte de tu esposo, así como la de nuestros seres queridos, quedará sin castigo. Empero, hoy comprendo que la justicia no llegará de nuestras manos. No mientras mi padre siga con vida y conserve intacta su influencia.

Pese a ello, estoy persuadida de que la verdad, al igual que el océano que trató de devorarnos, es paciente e implacable, imposible de contener para siempre.

Te doy mi palabra de que algún día —aunque no estemos aquí para presenciarlo— los crímenes cometidos a bordo del Titanic verán finalmente la luz.

Tal como pediste, esta será la última vez que te escriba. He dispuesto que toda nuestra correspondencia quede cuidadosamente guardada hasta que llegue el momento adecuado. Al igual que te envío la pieza que algún día espero sirva para comprender quién es quién en este baile eterno de máscaras.

Deseo de corazón que halles la paz y la dicha que tanto mereces, y que tu vida sea larga, serena y colmada de amor. Por mi parte, solo me consuela la certeza de que nuestras familias permanecerán unidas, a través del tiempo y del Atlántico.

Con afecto,

Isabella Clark

Dejé la carta sobre la mesa, miré a Derek y pregunté:

—¿Quién era mi tatarabuela?

—Su verdadero nombre era Catherine Cavendish.

—¿Qué? ¿Lo has sabido todo este tiempo?

—En realidad, hasta ayer no supe cuál era la verdadera naturaleza del vínculo que las unía.

Esa carta —señaló el papel posado entre los dos— y un diario que conoces muy bien, llevaron a mi bisabuelo a investigar qué relación hubo entre la muerte de su padre y el Titanic, descubriendo que tanto él, como mi abuelo materno y mis tíos perecieron en el naufragio.

Haciendo preguntas debió llamar la atención de alguien porque pocas semanas después de la muerte de Leslie, mi bisabuelo recibió un tiro durante un atraco a un banco.

Un atraco en el que no se llevaron nada…

Mi abuelo descubrió la carta y las pesquisas de su padre y meses después acabó en Buenos Aires…

—Llamando a la puerta de mi bisabuela Juana.

—Exacto. Juana no quiso creerle, pero al reconocer la letra de su propia madre en aquel diario azul, supo que no mentía.

Entonces, Colette, la abuela de Diana, que estaba pasando la tarde con Juana, se vio obligada a interrumpir y exponer la parte de la historia que su tía, Madeleine, le había hecho memorizar años atrás.

—¿Madeleine? ¿La misma Madeleine que crio a Catherine? —Mi cabeza iba a estallar con tanta información.

—Sí, según Colette, tras la muerte de su madre, hermana de Madeleine, esta fue a París a buscarla y en 1918 pusieron rumbo a Argentina, en donde su tía le aseguró estarían en familia.

Ella conoció a Catherine ya como Isabella, pero tal como Madeleine le hizo prometer antes de morir, si la verdad debía ser revelada ella ayudaría a hacerlo, mostrando a los descendientes de los Beckwith y los Eaglethorn que juntos eran más fuertes.

—Por eso Diana cambió contigo, porque le dijiste quién eras.

—Y ella a mí quien era Isabella en realidad. Pero he de pedirte perdón.

—¿Por qué?

—Porque esa gente no supo de vuestra existencia hasta que mi abuelo se presentó allí. Desde el principio, ellos siguieron a mi linaje, no al vuestro, siempre creyeron que Catherine e Ian murieron en el naufragio y de no ser por mi abuelo, tus padres no…

Le interrumpo:

—Hay cosas que no se pueden cambiar, ellos fueron valientes y hoy lo seremos nosotros, por todos ellos. Tú y yo estamos unidos por el pasado y por la sangre. Somos familia —aseguré cogiendo sus manos.

—Señor Taylor, abróchense los cinturones, procedemos con la maniobra de aterrizaje. —Escuchamos por los altavoces, y Derek se excusó con la mirada por hacer que el piloto siguiese con la farsa.

—En mi casa encontraremos el legado que nos dejaron. Nosotros acabaremos lo que a ellas les fue negado —concluyó ayudándome a colocarme el cinturón.

Dejé atrás lo vivido para centrarme en el momento, en la caja de metal que Diana depositó sobre mis piernas.

—Esto lo encontré en el pasadizo bajo la casa, cuando Derek me ayudó a huir. Siempre supe que existía un túnel secreto, construido a la vez que la edificación, pero jamás me imaginé utilizándolo, era más una leyenda que una certeza.

Extraje un fajo de cartas unidas por un cordel de seda, junto al que hallé un pequeño cofre de plata.

Lo abrí y con manos temblorosas saqué un anillo sobre el que había leído, esa fina pieza compuesta por un aro de oro con un diamante central, flanqueado por pequeños zafiros, junto al que encontré un relicario de plata en cuyo interior todavía se apreciaba una fotografía de mis antepasados, de Ian y Catherine.

Con sumo cuidado guardé las joyas en el pequeño alhajero y con ese mismo mimo deshice el nudo que unía los sobres.

Toda la correspondencia entre Leslie y Catherine se encontraba en mi regazo.

Comencé a leerlas una a una, comprendiendo algo que hasta ese instante se me escapaba.

¿Cómo burlaron mis tatarabuelos al destino?