A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 40
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Capítulo 40

P ensé que la culpa me impediría pegar ojo durante mucho tiempo, sin embargo, abro los párpados y me sorprendo al sentir el cuerpo entumecido por las horas que llevo durmiendo.

Me giro en busca de Nathan, asustándome al comprobar que estoy sola en la cama y en el camarote.

De golpe me levanto, justo cuando la puerta se abre y el hombre de mi vida traspasa el umbral.

—Buenos días, bella durmiente —saluda, sentándose junto a mí en la cama.

—¿Buenos días?

—Vida, llevas dieciocho horas durmiendo, creo que es un nuevo récord del ser humano.

—¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué ha ocurrido? —pregunto con cierta incredulidad.

—Ayer te costó dormir, sin embargo, una vez caíste fue imposible despertarte ni siquiera para cenar. —Mi estómago ruge y mi chico me sonríe—. Vístete, nos esperan para comer, te voy poniendo al día.

A la par que me ducho y cambio, Nathan me cuenta que pudieron contactar con Reino Unido, no obstante, una tormenta que se ha desatado en las islas británicas y sus costas ha impedido que los barcos zarpen.

Por ello, será un buque de la guardia nacional estadounidense la que navegue hasta nosotros para escoltarnos hasta Nueva York, por si hubiese problemas con los detenidos a bordo del Titanic Phoenix.

—¿Cuándo llegarán?

—En unas horas, las comunicaciones han sido complicadas, debido a que el capitán ha tenido que posicionarnos a mano, pues los instrumentos GPS no parecen funcionar correctamente.

—Vaya birria de barco… —susurro terminándome de preparar.

—Sí, pero ahora que he podido caminar libremente por él, vestido así… —Sonríe—, tiene algo especial. Vamos, te lo mostraré en cuanto adormezcas a tu pantera interior.

Se carcajea al escuchar un nuevo rugido de mi estómago.

Nathan aguarda paciente mis últimos retoques para adecentarme acorde a la estética que rige el barco, con un vestido vaporoso que mi chico me explica me ha prestado la hija del mismísimo embajador de China, quien está disfrutando de esta experiencia que ha clasificado como única e irrepetible.

Le escucho hablar y la imagen de Martin desapareciendo ante mis ojos me encoje el corazón. Nathan, viendo en mis iris la culpa, se coloca de pie frente a mí, coge mis manos y pide:

—Vida, quedan dos días de travesía, y luego volveremos a nuestra vida.

Intentemos no dejar que lo ocurrido nos afecte de más.

Sé que no será fácil y que el dolor y la culpa nos perseguirá mucho tiempo, pero si algo he comprendido al pensar que no saldríamos de aquí con vida, es que él fue el único responsable de lo ocurrido.

Guardo silencio, incapaz de esconder mis lágrimas, esas que demuestran que, aunque quiera, jamás volveré a ser la misma tras esta terrible experiencia.

Sin embargo, algo que intuyo desde hace días hace que coloque mis manos en mi vientre, mire a Nathan y sepa que, pese a las adversidades y la dificultad del camino, no pienso rendirme, pienso luchar por ese futuro que ahora sé que tendremos juntos.

Aunque deba buscar ayuda para superar lo que hemos vivido, pues ahora mismo, es tan reciente que tengo claro que ninguno de los dos hemos empezado a procesar realmente lo ocurrido.

Tras la comida, un almuerzo copioso entre los que sé que desde ahora siempre serán mis amigos, brindando por Ismael y hablando del tsunami mediático que se desatará cuando la verdad salga a la luz una vez lleguemos a puerto, Nathan y yo nos excusamos para dar un paseo a solas por la cubierta.

Dejando que el aire fresco de la tarde nos acaricie el rostro, vamos cruzándonos con decenas de pasajeros que vienen de revivir un momento mítico de la película.

Nathan, observando la dirección de mis ojos, aclara:

—Mi vida, yo no quiero ser el rey del mundo, solo el rey de tu cama…

Sonrío, pensando en que la escena de la barandilla no es la que pienso llevarme como recuerdo. Con mirada traviesa le guío hasta el interior del barco, hasta adentrarnos en el garaje en donde un coche en particular nos llama en susurros.

—Usted primero, señorita Benet —solicita, abriéndome la puerta trasera.

Minutos después, mi mano resbala por el cristal, dejando una huella en el tiempo y en mi alma.

A la hora de la cena, el capitán nos avisa que el barco de la guardia nacional ya está a pocas millas. Siento un alivio al saber que estaremos escoltados, pues tener a tantos hombres encerrados en un barco con miles de pasajeros indefensos es algo que nos inquieta a todos los que conocemos el dato.

El capitán toma asiento junto a nosotros durante unos minutos, hasta que un oficial se acerca y susurrando algo en su oído hace que se levante y aclare:

—Disculpad, este endemoniado barco no me deja ni cenar tranquilo.

Estoy algo mareada, la cena no me ha sentado bien, y le pido a Nathan que salgamos a que nos dé el aire. Paseando por cubierta, veo a dos oficiales correr hasta la sala de máquinas, al tiempo que un vigía nos grita.

—¡Aléjense de las barandillas, vamos a chocar!

«No puede ser cierto», pienso.

El aire gélido se cuela entre mis pulmones cuando Nathan tira de mi brazo, distanciándome del borde.

Al tiempo que mis ojos no pueden despegarse de la inmensa sombra que se alza a estribor, el iceberg que emerge de la oscuridad como un fantasma del pasado.

Un eco helado de la historia que está a punto de repetirse.

El crujido del metal rasgado nos sacude el pecho. Un rugido profundo, como el lamento de un coloso herido. Y sé, a ciencia cierta, que el transatlántico ha vuelto a encontrarse con su destino.

Corremos hasta encontrar al capitán en el puesto de mando.

—El sonar ha fallado y nos ha sido imposible virar a tiempo —explica.

—¿En qué podemos ayudar? —pregunta Nathan.

—Debemos comprobar si el daño es estructural o podemos contener la entrada de agua, de momento id preparando junto a mi oficial a toda la tripulación para una posible evacuación de emergencia.

—De acuerdo —respondemos, siguiendo al hombre que nos va explicando lo que debemos hacer.

Las órdenes retumban en la cubierta, frenéticas desde que el capitán avisase de que el hundimiento era irrevocable.

Sin embargo, esta vez hay esperanza. Las lanchas hinchables son lanzadas al agua con rapidez, la silueta del barco de los guardacostas brilla en la distancia, igual que un faro en la tempestad.

Y los botes que suben y bajan pasajeros hasta las hileras de barcas inflables no cesan en su trabajo.

Esta vez, las leyes internacionales de seguridad parece que evitarán una catástrofe.

Veo al personal de seguridad del barco traer a los prisioneros, últimos en abandonar el navío junto a nosotros y parte de la tripulación.

Miro a mi suegra, empapada hasta la cintura e imagino que el agua ha llegado hasta esa cubierta antes de que los trasladasen.

Me observa en la distancia y tengo claro que el terror que ha sentido es poco castigo para lo que merece.

—¡Vamos! —Nathan me ayuda a subir al bote, y yo le sigo con los latidos desbocados, al sentir como cruje el barco bajo nuestros pies.

Al tocar el agua, un tripulante nos ayuda a pasar a una de las lanchas, antes de dar la orden de que el bote se alce en busca de las últimas personas que faltan por abandonar el transatlántico.

En la barca, alejándonos de las olas que el movimiento del coloso está provocando al elevarse sobre su popa, estrecho la mano de Nathan sin atreverme a soltarla.

Alrededor, decenas de pasajeros nos acompañan, susurrando palabras de alivio e incredulidad entre el sonido del viento y el chapoteo de los remos.

Contemplo, sin osar a respirar, la forma en que el Titanic gime una última vez.

Sus luces titilan, como si el alma del barco se despidiera, y luego se apaga.

Su proa se hunde con la misma solemnidad que la de su antecesor, sumergiéndose en las tinieblas del océano que lo reclama de nuevo, justo cien años después.

Nathan y yo observamos en silencio. No hay gritos desgarrados esta vez, no hay vidas reclamadas por el abismo. Solo el peso de la historia cerrando su ciclo.

—No volverá a suceder —susurro.

Nathan aprieta mi mano.

Las aguas se cierran sobre el gigante hundido, y el Atlántico vuelve a quedar en calma.

La noche pasa despacio, los niños y sus madres han subido en el barco de la guardia internacional, mientras el resto aguardamos la llegada de dos barcos pesqueros que vienen en nuestra ayuda.

Un tripulante estadounidense, junto a dos compañeros, coloca una lancha próxima a nuestro bote.

—Tomen, pónganse estas mantas térmicas y beban un poco de caldo —dice uno de ellos tendiéndonos vasos desechables al tiempo que otro va pasando las mantas.

Siguen navegando para distribuir los suministros al resto de los botes y yo me cobijo bajo la prenda térmica junto al cuerpo de Nathan.

Ambos calentamos nuestras manos aferrando los vasos calientes. Mirando el vasto océano, iluminado por una gran luna, las linternas que portamos y las luces del buque que nos ha auxiliado, contemplo los restos del coloso que flotan a nuestro alrededor, un trozo de madera tallada llama mi atención.

—Esto es mejor que aguardar sobre una puerta —digo sonriendo antes de dar un trago a la bebida.

Nathan me besa la cabeza y asegura:

—Entraban los dos.

Su respuesta arranca una carcajada a varios de nuestros compañeros de bote.

Apoyada en la barandilla del Star of Dawn, el barco pesquero en el que hemos pasado los dos últimos días, diviso la silueta de la ciudad de Nueva York recortada en el horizonte.

Juro que no volveré a coger un avión o un barco durante mucho tiempo, bueno, una vez consiga llegar a Barcelona, lugar que me parece dejé hace una eternidad.

—Señorita Benet, hay alguien que quiere hablar con usted —avisa el capitán del pesquero, entregándome un teléfono móvil.

—¿En serio has hundido un barco? —pregunta una voz divertida al otro lado de la línea.

—¡Derek! ¿Cómo estás?

En tono enigmático, responde:

—Bien, en el puerto esperándote. No bajéis, debo advertiros de algo… Nos vemos en un rato.

Sin más cuelga.

Al atracar, obedecemos las órdenes de Derek, quien sube a nuestro encuentro. Nada más verle, corro a sus brazos.

—Yo también me alegro de verte —susurra envolviéndome en un cálido abrazo.

—¡Cuenta! ¿Llegasteis a casa de Nate? Eleanor…

—Tranquila, no diré que el camino fue fácil porque estar en Irlanda sin documentación ni dinero, y con nuestras pintas de boxeadores huidos de la cárcel, se antojó complicado.

Sin embargo, una vez conseguimos contactar con Carlo, todo mejoró.

Él nos recogió y nos llevó de vuelta a Londres, a casa de Nate.

—Os esperaban.

—Lo sé, por eso nos llevó más de un día trazar un plan para poder acceder y coger la copia.

—¿La tienes aquí? ¿Ya podemos demostrar lo que ocurrió y dárselo a conocer al mundo?

Derek mira a Nathan con los ojos pintados de culpabilidad antes de continuar explicándose:

—Lo siento, en realidad, toda la investigación ya está en cada periódico, televisión, y rincón de internet…

—¿Cómo?

—Al no recibir noticias vuestras ni saber qué había ocurrido, decidimos hacer pública la trama para enviar a la policía al Titanic y sacaros de allí, no podíamos saber que el barco ya estaba hundido y que habíais rescatado a Cedric…

Fue cuando todo se destapó y pusimos en conocimiento de un contacto local la verdad, que sus superiores le informaron de lo acontecido en mitad del Atlántico la noche anterior.

Siento no haber cumplido mi promesa de esperar, temía que Eleanor os hubiese capturado o…

—Esto último lo ha dicho mirando a Nathan.

Mi chico, tendiéndole la mano, asegura:

—Tranquilo, está todo bien, hiciste lo correcto.

—El tema es que ahí abajo hay un ejército de periodistas y curiosos mezcla de los que han llegado por los rumores del hundimiento del Titanic Phoenix y los que vienen buscándoos a vosotros…

Esta información me ha agobiado bastante, no entraba en mis planes ser el centro de atención mediática, no obstante, le debo a mi familia que se sepa cómo comenzó todo, sobre todo a Catherine.

—Danos unos minutos —pido a Nathan, necesito hablar con Derek.

—Iré a buscar a mi padre para que se prepare —dice antes de darme un beso en la mejilla y marcharse.

—¿Encontraste el relato de mi tatarabuela? —pregunto.

—No, temo que jamás sepamos como lo hizo, aunque gracias a la mía sabemos que fueron felices y, sobre todo, ahora sabemos que nuestra familia permaneció siempre unida a pesar del tiempo y del Atlántico.