A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 39 #2
94%

Capítulo 39 #2

Con un arma apuntándonos, Nathan y yo recorremos el camarote hasta el balcón privado.

No puedo dejar de llorar. Pese a que Ismael no siempre hizo lo correcto, ha muerto por intentar enmendar sus errores y no me parece justo.

Davis arrastra su crimen sobre una de las alfombras y me estremezco al verle abrir una ventana, alzar el cuerpo y lanzarlo por la borda sin rastro de remordimientos.

—Jefe, ¿ahora qué? —pregunta sacudiéndose las manos, dirigiéndose a Martin.

—Ve y asegúrate de que sus amigos tienen el mismo final, de estos dos yo me encargo, y ya sabes qué hacer con mi madre…

—Sí, señor.

Sin más, Davis vuelve a entrar en la habitación, al tiempo que mi cuñado se gira, encarándonos.

—Bien, parejita, ¿os lanzáis juntos o tengo que empujaros? —pregunta con la voz bañada en odio.

—¿Por qué? Siempre hemos sido hermanos, te he querido y protegido toda mi vida —asegura Nathan parándose entre Martin y yo.

—¿Por qué? Porque mi padre, sabiendo que no eras suyo, siempre te prefirió, porque todos te elegían a ti, incluida ella. —Me señala con el arma y su hermano me tapa por completo.

—Cedric también es mi padre. ¿Eleanor no te lo ha contado? ¡Mató a mi madre! Lleva manipulándonos toda la vida.

—A mí jamás me ha manipulado, estúpido. —Con toda la rabia del mundo tiñendo su voz, Martin recorre los pasos hasta Nathan, apoyando el arma en su frente.

—Martin, no lo hagas, te lo suplico —pido, poniendo una mano sobre su muñeca, con las lágrimas arrasándolo todo a su paso—, mírame, hay algo que jamás te confesé.

Un segundo, solo necesito que se olvide de Nathan un segundo. Apostando a que el ego desmedido y herido de Martin no me va a fallar, aprieto un poco más fuerte su articulación.

—Martin… —susurro, acariciando con mi voz sus oídos.

Sus ojos se encuentran con los míos, de un movimiento rápido, con todas mis fuerzas, empujo a Nathan con mi cadera, haciéndole desplazarse y salir de la trayectoria de la pistola.

Tiro de la muñeca de Martin, giro sobre mi eje y uso su propio impulso contra él.

Mi pierna se enreda con la suya en un barrido preciso mientras su articulación sigue atrapada en mi agarre.

Con un grito ahogado, su cuerpo se eleva por encima del marco de la ventana.

Por un segundo eterno su expresión pasa del odio a la incredulidad.

Luego, la gravedad hace su trabajo. Su silueta desaparece en la oscuridad del Atlántico, engullida por el rugido de las olas.

Sin creerme lo que he hecho, me asomo a la ventana, rastreando su cuerpo sin descanso.

—Vida, ven —pide Nathan, alejándome de mi infructuosa búsqueda y envolviéndome en sus brazos.

—Lo siento, yo no quería… —me disculpo sintiendo sus lágrimas resbalar en silencio hasta mi pelo.

—Me has salvado la vida, te quiero.

Jamás pensé que las clases de defensa personal sirviesen para hacerme sentir tan mal como lo hago ahora mismo, no obstante, mi único objetivo era poner a salvo a Nathan y pese a que no sé cómo viviré con la imagen de Martin desapareciendo en el océano, en lo más profundo de mi ser sé que lo volvería a hacer una y otra vez.

Me seco las lágrimas y mirándole digo.

—Debemos reunirnos con tu padre.

Cojo el arma que yace a mis pies y me asomo al dormitorio, no hay nadie, ni rastro de Eleanor o Davis.

Con rapidez, salimos al pasillo corriendo todo lo rápido que nuestras piernas nos permiten hasta alcanzar la cubierta superior, pasamos junto a los botes salvavidas y entramos sin vacilar en la sala de seguridad, en donde mi suegro, junto a Drew y Amanda ya han tomado el control de las cámaras.

—Davis se ha llevado retenida a Eleanor. ¿Qué ha ocurrido ahí dentro? —pregunta Drew señalando la cámara del pasillo de primera clase.

Mis lágrimas vuelven a escapar con fuerza, al tiempo que Nathan explica lo ocurrido, aunque con una gran variación en su relato.

—Martin ha intentado matarme, hemos forcejeado y ha caído por la borda, lo siento, papá… —miente mirando a Cedric.

El hombre no oculta su dolor antes de decir.

—No podemos justificarnos por las consecuencias de sus propias acciones.

—Señor Digby, la seguridad del barco está a su disposición —aclara el capitán entrando por la puerta, parándose frente a mi suegro.

Está claro que le han creído cuando ha dicho que es el dueño, que su mujer es peligrosa y que la policía de Reino Unido está de camino —una mentira necesaria—, que se hacía cargo de la situación hasta que llegasen.

Ante las evidencias de donde le había retenido y las lagunas en los controles de cámara, el capitán y su tripulación han comenzado a depurar responsabilidades, relevando de sus funciones a los mandos corruptos.

Todos ellos aguardan ya en camarotes cerrados a que lleguemos a puerto, para lo que todavía faltan tres interminables días.

—Bien, Drew se quedará como oficial de seguridad vigilando las cámaras. Todavía quedan Davis y dos hombres más sin localizar, además de mi esposa, son peligrosos y van armados. Hasta que todo pase sería conveniente evitar que los pasajeros abandonasen sus camarotes.

—¿Y cómo lo haremos? En una hora comienza el turno de desayunos.

—Papá, es imposible mantener a dos mil personas encerradas…

—En ese caso, el tiempo corre.

El capitán da órdenes específicas al personal de seguridad, mientras Drew señala las cámaras que como imaginaba estaban pinchadas, enviando a agentes a revisarlas. Quince minutos después, Liam llega corriendo hasta la sala de seguridad, en donde nos encontramos.

—¿Qué ocurre? —pregunta Cedric.

—Davis y su colega tienen a la señora Digby como rehén en cubierta, si no suben ahora la tirarán por la borda —asegura dirigiéndose a mi suegro y a nosotros dos.

Drew se queda en la sala, mientras los tres seguimos a Liam.

Antes de salir al exterior, Nathan se para y me pide:

—Vida, quédate aquí, por favor.

—No me pidas algo que sabes que no puedo hacer. Juntos, hasta el final —replico cogiéndole la mano.

Salimos tras mi suegro para encontrarnos con los dos últimos mercenarios que quedan libres. Varios hombres de seguridad del barco los apuntan, mientras otros se afanan en que ningún pasajero acceda a esta zona que es un polvorín de nervios y hostilidad.

—¿Dónde está Martin? —pregunta Davis nada más vernos.

—Encerrado cómo el resto —miente Cedric—. Deponed las armas y entregaos.

—¡No! ¡Él nos prometió dinero, mujeres y una vida cómoda en Panamá, no renunciaré a eso!

Ahora sé que Martin tenía algún final trágico preparado para su madre, pues pese a disfrazarse de hijo respetuoso, abnegado y leal, era un hombre que ansiaba que dejasen de menospreciarle y hacerse con el condado a como diese lugar.

—Lo diré una última vez, soltad las armas —exige mi suegro con voz autoritaria.

Veo como el compañero levanta las manos, en señal de rendición, al contrario que Davis, que grita:

—¡No iré a la cárcel!

Antes de que abra fuego, un proyectil impacta en su pecho, seguido de otros dos que le abaten por completo.

Los gritos horrorizados de Eleanor resuenan en toda la cubierta, mezclándose con el viento que comienza a levantarse, presagiando una tormenta.

Liam se acerca a mi suegra, reteniéndola.

—Soy Eleanor Digby, quita tus sucias manos de encima —le reta, volviendo a ser el ser sin alma al que nos tiene acostumbrado.

—Váyase a la mierda, señora —contesta el exmilitar, empujándola hacia donde se encuentran retenidos el resto de los delincuentes.

Entre insultos, amenazas y chantajes, la pierdo de vista cuando deja la cubierta. Nathan me abraza.

—Ya ha terminado todo, pronto el mundo sabrá la verdad. Vayamos dentro.

Sin creerme que realmente todo haya acabado y sigamos vivos, me dejo guiar hasta el calor del interior.

En la cabina de mando, el capitán pregunta:

—¿Cuándo está previsto que llegue la policía?

—Verá, capitán, puede que no haya sido del todo sincero con usted. No hemos podido contactar con ellos, esperábamos que nos dejase usar la radio.

—No hay problema, pero les advierto que este barco ha sido construido con calidades digamos… deficientes, y desde que comenzásemos la travesía solo hemos tenido problemas. Acabamos de arreglar la radio, después de dos días inutilizada.

—No se preocupe, probemos. Y sino iremos a buscar un teléfono móvil que mi querida esposa subió a bordo.

—Rece por la radio, el móvil dudo que tenga cobertura en estas aguas…

Observo a mi suegro, quien tras la ducha y volver a comer algo caliente, gracias a Amanda, parece un hombre con energía renovada.

—Nathan, Helena, id a descansar, os avisaremos si hay novedades —nos solicita y no nos hacemos de rogar.

Ambos necesitamos un tiempo en soledad para procesar lo vivido las últimas semanas y, sobre todo, las últimas horas.