Capítulo 39
N o sé cuántas horas han pasado desde que nos encerraron aquí, no pensé que se me fuera a hacer tan eterno; mi estómago ruge, dejando claro que ni la tensión consigue adormecer mi apetito.
Unos pasos tras la puerta hacen que apague la vela y aguarde conteniendo el aliento.
Nathan se coloca delante de mí y de su padre, si bien, yo me levanto, colocándome junto a él y agarrándole la mano. Quiero que entienda que no debe protegerme, estamos juntos en esto, hasta el final.
La luz de las lámparas exteriores nos golpea el rostro y dos siluetas se dibujan ante nosotros.
—Moveos. —Nos ordenan encañonándonos.
Saliendo al exterior comprobamos que la noche ya ha caído, camino delante de Cedric y Nathan, con el aire frío golpeándome el rostro.
Los tipos nos guían hasta un espacioso camarote de primera clase, su parecido con el de la película de 1997 me asombra, aunque estar aquí, en persona, es como haber cruzado las puertas de una mansión señorial en tierra firme.
Las paredes, revestidas con paneles de madera clara y molduras doradas, desprenden un aire cálido y elegante.
Una gran cama con un cabecero tallado ocupa el centro de la habitación, rodeada de muebles de madera oscura y detalles exquisitos, como si cada pieza hubiera sido seleccionada para recordar, a quien duerme aquí, su lugar entre los privilegiados.
A un lado, un sofá tapizado en terciopelo invita a sentarse bajo la suave luz de una lámpara de mesa con pantalla de encaje.
Las cortinas pesadas, en tonos suaves, caen con gracia junto a las ventanas, ocultando, por ahora, la inmensidad del océano.
En el escritorio hay un pequeño jarrón con flores frescas, su delicado aroma flota en el aire, mezclándose con el tenue olor a madera pulida.
El techo, adornado con un pequeño candelabro de cristal, proyecta reflejos danzarines que iluminan cada rincón. Cada detalle, desde los tapices hasta el fino bordado del edredón, habla de un lujo que casi resulta abrumador.
Sigo impresionándome con lo que veo, cuando por la puerta que hay al fondo hace su entrada triunfal la reina del infierno, Eleanor Digby.
—¿Quién más os ayuda? ¿Dónde está el teléfono? ¡Hablad!
—No sabemos de qué nos hablas —respondo, llevándome un bofetón por respuesta.
—Niñata estúpida, hasta ahora solo has visto mi parte más benevolente, ahora conocerás a la verdadera Eleanor Digby.
Tras la puerta por la que ha entrado, que después de abrirse por segunda vez compruebo que es la que da acceso a un amplio baño, sale Martin arrastrando del pelo a una mujer.
Mi aliento se congela al descubrir que se trata de Amanda Miller.
—No le hagas daño, te contaré todo —aseguro agachándome junto a ella.
—No lo hagas —susurra Amanda cuando estoy a su lado.
—No voy a consentir que nadie más muera —digo, antes de mirar a mi suegra y confesar—: Es Case, y seguramente ya habrá llamado a Derek avisándole de que nos has llevado con Cedric, será cuestión de horas que la policía de Reino Unido llegue aquí.
—Siempre tan ingenua. ¿De verdad crees que Case ha podido desbloquear mi teléfono?
Será el primer terminal que se desbloqueé con huella dactilar.
—Dándome la espalda ordena—: Traedme a Case vivo o muerto, o los siguientes que probarán las aguas gélidas del Atlántico seréis vosotros, panda de inútiles.
—Logan, Drew, peinar el barco y encontrar a Case y al hermano de esa.
O han reconstruido nuestros movimientos a través de las cámaras o alguien nos ha delatado. Esto se está complicando cada vez más y ahora me arrepiento de haber obligado a Derek a prometer que no harían nada sin nuestra confirmación de que habíamos localizado a Cedric.
Los dos mercenarios salen del camarote y, antes de cerrar la puerta, veo como dos más se unen a ellos. Rezo porque Liam e Ismael estén bien escondidos.
—Señora, ¿qué hacemos con ellos?
—Encerradlos abajo, si al alba su hermano no se ha entregado, será la primera que pagará mi ira. Y localizad mi teléfono para saber si Cavendish ha apresado a los otros dos. Antes de llegar a puerto quiero a todos muertos. ¡A todos!
Contemplo con horror e impotencia como esta señora nos ha sentenciado con un solo movimiento.
Estudio a Martin sin hallar ni rastro de empatía hacia nosotros.
Parece un peón al que no le importa el juego de la reina, sin embargo, una mirada fugaz a su madre hace que me estremezca, pues apostaría a que es un peón dispuesto a sacrificar a su enajenada reina.
La quietud de la noche me estremece, no sé qué hora es, pero no parece haber pasajeros en cubierta por lo que imagino que debe ser de madrugada.
Sin dejar de apuntarnos nos encierran en uno de los camarotes en obras.
Los minutos pasan envolviéndonos en un silencio aterrador y una creciente incertidumbre mermando nuestra positividad.
Se me acaban los ases de la manga y no soy capaz de encontrar un plan alternativo, solo me queda cerrar los ojos, juntar las manos y pedir ayuda a todas mis predecesoras, desde mi tatarabuela a mi madre.
Una imagen nítida se abre paso en mi mente, cuatro rostros me sonríen, infundiéndome la confianza perdida.
Con los párpados apretados para no perder la preciosa estampa, mis sentidos se agudizan, les devuelvo la sonrisa, abro los ojos y digo:
—Ya vienen.
El sonido de un cuerpo cayendo al suelo y uno distinto resbalando al otro lado del tabique, hace que los cuatro nos mantengamos expectantes. El silencio vuelve a reinar al otro lado de la puerta, tras lo que escuchamos una llave encajar en la cerradura.
—¡Ismael! Sabía que vendrías —exclamo, justo antes de pararme al ver a otro hombre entrar detrás de él.
—Tranquila, Drew es de mi total confianza, ha sido un topo en las filas enemigas —aclara.
—Case, debemos irnos, no tardarán en descubrir a Logan y con él mi traición.
—Helena, no he podido utilizar el teléfono de Eleanor ni avisar a Derek.
—Lo sé, por eso prepararemos a Cedric y provocaremos un motín a bordo. ¡Se acabó seguir huyendo, vamos a plantar cara a mi suegra!
Todos me miran sin entender, justo cuando Amanda, colocándose a mi lado, pregunta:
—¿Y mi hermano?
—Está bien, dándonos cobertura, es un gran soldado y un mejor hombre.
—Lo sé. En ese caso, Helena, cuéntanos tu idea y terminemos con esta arpía —responde, sosteniéndome la mirada sin un ápice de duda.
Tras detallarles el plan, que por nuestro bien espero que salga sin contratiempos, nos dividimos.
—Amanda, ¿serás capaz de llevarle hasta allí una vez esté preparado?
—Yo me encargaré de su protección —asegura Drew regalándome una sonrisa eficiente.
Este hombre que ronda los cuarenta, de facciones marcadas, pelo corto y apurado profesional hasta ahora me ha dado miedo, sin embargo, la chispa que acaban de regalarme sus pupilas café me dice que es de fiar.
Con los papeles que debemos desarrollar cada uno bien aprendidos, nos separamos. Al dejar el camarote, pasamos junto a los cuerpos inconscientes de dos de los hombres de Eleanor.
—Será mejor que me ocupe de que tarden un rato en dar la voz de alarma —dice Liam apareciendo por el pasillo. Al llegar a nuestra posición, abraza a su hermana y mirando a Case, añade—: Señor, tres enemigos neutralizados.
—Bien, quedan seis. Mucho cuidado con Davis, es de gatillo fácil y no dudará en eliminarnos.
Tomando direcciones diferentes, el grupo se divide.
Nathan, Ismael y yo vamos a la derecha, de vuelta a primera clase, mientras Amanda, Cedric y Drew, todavía no sé su nombre de pila, se dirigen al camarote que hace las veces de camerino para los actores que viajan a bordo.
Liam se encargará de seguir rastreando a los mercenarios e intentando que no lleguen a nosotros.
Con pasos apresurados recorremos la cubierta, observando los primeros rayos de sol que despuntan al alba. Al llegar al pasillo de primera clase, estudiamos a los dos hombres que hacen guardia en la puerta de Eleanor.
—Bien, vamos allá —me digo.
Avanzo un poco por el pasillo, pegada a la pared, hasta meterme en un recoveco que apenas esconde mi cuerpo. Con fingido disimulo asomo la cabeza, haciendo un pequeño ruido sobre la madera del tabique. Uno de los tipos se gira, encontrándose con dos ojos asustados.
Corro por el pasillo, sintiendo sus pisadas cerca, hasta que al pasar por el cruce en donde aguardan Nathan e Ismael mis perseguidores caen hacia atrás al recibir sendos puñetazos.
Case les encañona, pidiéndoles con un gesto que guarden silencio, al tiempo que Nathan y yo les arrebatamos sus armas. Los metemos en un armario del pasillo, maniatados con las cuerdas que hemos cogido en un almacén y volvemos a recorrer el pasillo hasta el camarote de mi suegra.
Ismael nos pide que aguardemos parapetados en la pared, cada uno a un lado de la puerta, mientras él la abre, apuntando hacia el interior.
No ha terminado su cometido, cuando un silbido rasga el aire y observo la forma en que nuestro aliado pierde el arma y cae al suelo, cerrando los ojos para no volver a abrirlos jamás.
Mis aterradas lágrimas se unen a las de rabia e impotencia.
—Si no queréis acabar igual que Case, vais a entrar despacito y con las manos en alto. —Escuchamos la inconfundible voz de Davis.
Nathan entra, obligándome a permanecer tras su cuerpo. Al pasar junto a Ismael, intento encontrar una prueba de que su corazón sigue latiendo, sin embargo, algo me dice que no es así.
Mi suegra, sentada en una butaca, iluminada por la pequeña lámpara que reposa sobre la mesa que hay junto a ella, se pone en pie.
—Davis, limpia este desastre y deshazte del cuerpo antes de que alguien nos vea. Martin, coge un arma y asegúrate de que estos dos hagan un viaje sin retorno. No quiero más errores, ¿entendido?
—Sí, madre.
—Sí, señora.