Capítulo 38 #3
Por más que escucho barbaridades salidas directamente de la boca de estos dos seres a los que una vez quise, no puedo entender la oscuridad que puede albergar el alma humana ni dejar de sorprenderme por ello.
Soy más que consciente de que Eleanor durante años ha estado trabajando la personalidad de su hijo a su imagen y semejanza y, desde luego, no puedo quitarle el mérito de su obra, pues parecen igual de déspotas y crueles.
Nathan y yo nos levantamos cogidos de la mano y les seguimos hasta la salida, donde los dos tipos nos flanquean a través del barco.
Una vez estamos solos en un pasillo, Eleanor se gira y ordena:
—Llevadlos a ver a su querido Cedric y aseguraros de que esta noche los tres den un refrescante paseo…
En silencio, seguimos a los dos tipos que nos apuntan de forma disimulada. Por la tranquilidad con la que se pasean ante las cámaras imagino que o bien las controlan o bien las tienen pinchadas en ciertas áreas.
Atravesamos la bodega en donde se guarda una colección de coches antiguos, réplicas de algunos de los que hicieron el viaje original. Uno en particular llama mi atención, le doy un pequeño codazo a Nathan para que mire en esa dirección y susurro:
—No me muero sin recrear esa escena.
Nathan se aguanta la risa pues debemos seguir con nuestro papel de rehenes asustados, sin embargo, sé que él acaba de recordar la misma imagen que yo, esa mano deslizándose por el cristal del coche, dejando la marca en el vaho que los cubre.
Seguimos andando hasta que tras una pequeña puerta nuestros ojos se encuentran con los de Cedric, desaliñado y visiblemente deshidratado.
—¡Entrad! —Nos empuja uno de los tipos hacia el interior.
En cuanto la puerta se cierra, la oscuridad nos absorbe, aquí no hay ventanas que dejen pasar la luz del día. Nathan se agacha junto a su padre.
—Te sacaremos de aquí —aseguro levantándome el vestido y cogiendo una pequeña bolsa que llevo anudada al muslo.
A tientas, saco de ella una vela y una caja de cerillas.
Una vez consigo que una pequeña llama ilumine el lugar, extraigo una botella de agua y un bocadillo.
No diré que ha sido fácil o cómodo caminar con la bolsa bajo el vestido, pero gracias a la pomposidad de este hemos podido traer lo que pensamos sería primordial para Cedric.
A pequeños sorbitos, conseguimos que beba, aunque pienso que es pronto para que coma, pues su estómago podría rebelarse.
Sentado en el duro suelo, con la espalda apoyada en la pared, nos mira, y sin contener las lágrimas de rabia, pregunta:
—¿Cómo he podido estar tan ciego?
—Nos han engañado a todos, papá.
El silencio nos rodea durante unos minutos, entre tanto, Cedric sigue saciando con paciencia su sed y pronto me pide que le dé parte del bocadillo. El olor aquí es infernal, está claro que una botella de agua vacía y un orinal antiguo es lo único que le dejaron a mi suegro tras encerrarle.
Tras tres bocados, me devuelve la comida.
—Será mejor que coma despacio. —Mira a su hijo y confiesa—: ¿Sabes cuáles fueron las últimas palabras de Eleanor antes de dejarme aquí tirado? —Nathan niega y escuchamos—. Vive rodeado de mierda como el cerdo que eres. Le daré recuerdos a Lorelai de tu parte.
—¿Quién es Lorelai? —pregunto sin entender.
—La única mujer que me ha querido de verdad, la madre de Nathan y la que ahora sé que murió a manos de Eleanor.
—¿Qué? —Nathan está en shock igual que yo. Esta revelación es mucho más de lo que podemos entender.
—Cuando me casé con Eleanor pronto vi que ella no me amaba, solo fingió para que sacase a su familia de la bancarrota.
Por el contrato prematrimonial que firmé estaba obligado a convivir con ella mínimo diez años o tendría que darle la mitad de mi fortuna.
Yo solo quería que ese tiempo pasara y seguir con mi vida.
Juro que no quería enamorarme, sin embargo, un día Lorelai llegó a mí con su naturalidad, su corazón bondadoso y sus ganas de amarme, no pudiendo resistirme.
Durante un año fuimos amantes. Tanto era el amor que sentía por ella que iba a pedir el divorcio, a darle todo lo que Eleanor quisiese y empezar de cero con ella, no obstante, Lorelai me dejó con una carta, diciéndome que amaba a otro y que siguiese con mi vida.
—Pero no era cierto… —susurro.
—No, ahora sé que se quedó embarazada y Eleanor, que nos seguía desde meses atrás, la chantajeó con acabar contigo si no me dejaba.
La muy cruel la llevó a la casa de verano hasta que te tuvo, yo destrozado y ajeno a la verdad, me volqué en el trabajo, y cuando Eleanor volvió contigo en brazos, diciéndome que eras un pobre huérfano al que debíamos darle un apellido y un hogar, no dudé de su palabra, dedicándome a quererte sin saber que eras el fruto del amor más grande que he sentido.
Pese a la poca luz que nos ilumina, sé que los tres estamos llorando. Todo lo descubierto, las atrocidades cometidas por esa mujer y su familia van a terminar hoy, aunque tenga que lanzarme por la borda junto a ella para asegurarme que no vuelva a dañar a ninguna persona que quiero.
—Cedric, te prometo que haremos justicia, pero ahora debemos prepararnos.
—¿Prepararnos, para qué?