Capítulo 38 #2
Pese a que solo le conté a Liam parte de nuestro problema, pues me parecía justo que supiese dónde se estaba metiendo, la forma en que estos dos hermanos están dispuestos a ponerse en riesgo por unos desconocidos es algo que no olvidaré mientras viva.
Que espero que sea más que sobrevivir al desayuno de hoy…
Solos en el dormitorio, terminamos de adecentarnos con el resto de accesorios que Liam y su hermana han recopilado para nosotros. Me miro en el espejo, observando el vestido, nada cómodo, con el que deberé hacer la actuación de mi vida.
Una vez el reloj marca la hora, nos despedimos de Ismael, y Nathan y yo salimos, totalmente mimetizados con la época original del Titanic.
Él lleva un impecable traje negro con chaleco y pajarita, mientras que yo camino a su lado con un vestido largo de satén, cubierto de encaje, guantes hasta el codo y un pequeño bolso de mano.
Una vez más, me siento como si estuviéramos entrando en otro siglo.
Evitamos que se nos reconozca en las cámaras, Nathan bajo su sombrero y yo con un abanico bien estudiado, hasta alcanzar la zona de primera clase, en donde dejamos de buscar cada ángulo muerto para simplemente pasear como una pareja de pasajeros más, hasta el comedor donde se servirá el desayuno.
El ambiente es impresionante: un salón de techos altos decorado con candelabros brillantes y mesas perfectamente dispuestas con manteles blancos y vajilla de porcelana.
Entre murmullos y el tintineo de las tazas, nuestros ojos recorren el lugar hasta dar con ellos.
Eleanor luce impecable, y Martin, al vernos, se inclina hacia ella murmurando algo que la hace tensarse.
Nathan y yo nos miramos un instante, como si estuviéramos sincronizando pensamientos.
Él asiente con un gesto apenas perceptible y, sin vacilar, nos dirigimos a su mesa.
El leve crujir de las suelas de nuestros zapatos sobre el suelo de madera anuncia nuestra llegada antes de que siquiera abramos la boca.
—Buenos días —digo con una sonrisa que disfraza mis nervios. Me siento frente a Eleanor sin esperar invitación, dejando el abanico a un lado con un gesto casual.
Ella me observa con el mismísimo fuego del infierno atravesando sus pupilas, sin embargo, hoy no dejaré que su maldad nos alcance. Sus ojos se alzan hasta Nathan, que toma asiento junto a mí con calma, recreándose en el desconcierto de su familia.
—Buenos días, madre —saluda con toda la hostilidad del mundo en su boca.
—¿Qué... qué hacéis aquí? —pregunta, aunque su tono no es de incredulidad absoluta, sino más bien de alguien que teme lo que pueda venir a continuación. Me gusta haberla descolocado, este factor es clave para que nuestro plan funcione.
Entre tanto, ignorándola, observo a Martin, quien nos estudia en silencio, con las manos entrelazadas sobre la mesa y un brillo de curiosidad en su mirada, haciéndome pensar que no está tan molesto como Eleanor.
—Disfrutando del desayuno, igual que vosotros —respondo con una naturalidad desarmante, a la vez que tomo el menú y lo abro.
Por encima de la carta, observo que mi querido cuñado se gira, imagino que buscando a alguno de sus mercenarios. Dos que aguardan al otro lado de la puerta, por la que intuyo que ellos han debido entrar, nos miran sorprendidos, esperando vigilantes las órdenes de sus jefes.
El silencio que sigue es tenso, pero también cargado de posibilidades. Esto apenas comienza, me digo llenándome de positividad, una que no me visitaba desde hace días.
—Sois más estúpidos de lo que imaginé —nos agrede Eleanor desde el desprecio más absoluto, volviendo a ser esa mujer arrogante, carente de humildad que me demostró en su casa.
—¡Madre! —grita Nathan sorprendiéndola—. Soy Nathan Digby y el heredero del condado, no puede arrebatarme el título solo por estar enamorado de una mujer sin sangre noble.
Puesto en pie, señalándome, consigue que ni uno solo de los comensales que hay en el comedor nos ignore.
—¿Qué se supone que haces? ¡Siéntate ahora mismo! —replica mi suegra totalmente impactada.
—¡No pienso callar! Que me escuche todo el Titanic.
Yo, Nathan Digby, amo profundamente a Helena Benet.
—Me tiende la mano para que me levante junto a él—.
Si creía que por malmeter contra nuestro buen amigo Derek Eaglethorn iba a desistir de casarme con ella, es que me conoce muy poco.
Jamás hubiese imaginado tales enredos y engaños de una mujer de su posición, de la mismísima Eleanor Digby.
Y tú, hermano, ¿por qué no puedes aceptar que ella me eligió a mí?
Delante de todas estas personas os aseguro que Helena y yo jamás dejaremos de amarnos, por mucho que vuestra arcaica forma de ver la familia quiera.
¿Me he expresado con suficiente claridad?
Unos comensales comienzan a aplaudir.
—¿Has terminado con el espectáculo? —sisea su madre regalándonos todo el odio que puede caberle en el pecho.
Volvemos a tomar asiento y con tranquilidad aseguro:
—Suegrita, creo que se te acaba de caer el plan de matarnos y cargarle el muerto a Derek y Case, ahora todos saben que estamos aquí contigo, en familia.
No tengo dudas de que su primer instinto ha sido clavarme el cuchillo que agarra con fuerza en su mano, sin embargo, una mirada mía hacia la mesa contigua, regalándoles una cándida sonrisa y una disculpa por el espectáculo, hace que lo suelte y pregunte:
—¿Qué es lo que queréis?
—Tú, ¿qué crees? —inquiere Nathan con la yugular a punto de explotar. Por debajo de la mesa, le agarro la mano para que no pierda la calma, es ella la que debe hacerlo no nosotros—. ¿Dónde está mi padre?
—No es tu padre —responde Martin con arrogancia.
—Contigo no hablo, traidor.
La tensión es un hilo invisible que nos envuelve, tirante y a punto de romperse, por lo que decido intervenir.
—Seremos breves. Derek, Nate y Case bajaron ayer cuando hicimos escala, ya están listos para enviar toda la investigación a cada ordenador, televisión y teléfono del planeta —mis palabras han conseguido que la arrogancia de estos dos se diluya como un papel en el agua—.
No voy a deciros que vamos a olvidar lo ocurrido, solo os vamos a pedir que nos entreguéis a Cedric y tal vez nos pensemos eliminar de la investigación toda relación de lo ocurrido con vuestro apellido.
Siempre y cuando hagáis algunas concesiones…
—Bastarda…
La corto y amenazo:
—Vieja bruja, no debería enfurecerme o esta bastarda la llevará directamente a la cárcel por el asesinato de sus padres…
—Madre, valoremos su propuesta —pide Martin posando una mano en el antebrazo de Eleanor.
—Eres igual de inútil que todos esos —ataca mirando hacia los tipos que aguardan al otro lado de la puerta—. ¿No ves que nos está engañando? ¿Cómo se supone que se va a comunicar con sus amigos desde aquí si ellos están en tierra?
Martin nos observa buscando una prueba de que su madre ha encontrado nuestro verdadero juego, ambos guardamos silencio y mi cuñado sentencia:
—Si queréis ver al viejo, os vais a levantar sin armar escándalo y vamos a salir de aquí como una familia de bien, en cambio, si nos la jugáis, mi señor padre hará un viaje sin retorno hasta lo más profundo del Atlántico.