A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 37
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Capítulo 37

—N o me iré sin mi padre —asegura Nathan mirándonos de frente.

—Vida, quedarnos es un suicidio, esto es una ratonera y ellos tienen las trampas, si no bajamos mañana, no podremos hacerlo hasta llegar a Nueva York, son siete días…

—No he dicho que no bajes, te he dicho que no lo haré yo. Derek, ponla a salvo —pide dejando de mirarme.

—¡No volveré a separarme de ti! —grito de forma contenida, diciendo más con la mirada repleta de determinación que con la voz.

—Señorita Benet, será mejor que nos calmemos, hasta mañana podemos intentar averiguar dónde retienen al señor Digby.

—De acuerdo, pero en caso de no localizarlo tendremos que tener un plan B, y ni se os ocurra pensar que me iré sin Nathan.

Los cuatro hombres se miran, apuesto mis dos manos a que a todos se les había pasado por la cabeza sacarme de aquí de una forma u otra, y hacerlo sin el hombre al que amo, después de pensar que lo había perdido para siempre y recuperarlo, no es algo que esté dispuesta a consentir.

Cojo de la mano a Nathan, arrastrándonos hasta un rincón, buscando esa privacidad que nos falta.

—Mi amor, prefiero morir contigo en este barco que vivir cien vidas sin ti —susurro abrazada a su cuello.

—No puedes pedirme que te ponga en peligro.

—No lo haces, ahora soy yo la que te lo pide a ti, recuerdas.

Durante unos instantes nos perdemos en nuestra historia a través de los ojos. Le beso y me acurruco en su pecho, necesitando sentir su corazón en mi oído.

—Te quiero —susurra sobre mi pelo.

—Ahora y siempre.

Tras unos momentos en los que me cuesta separarme de sus brazos, decido poner a la Helena más pragmática y manipuladora a trabajar.

—Bien, señores, si el plan A y B han fallado, pongamos el plan C a trabajar. Ese en el que localizamos a mi suegro y dejamos este barco en cuanto llegue a Irlanda. Y ya os aviso que si no le localizamos pasaremos al plan D y ese, amigos míos, será el definitivo, vivir o morir…

—De acuerdo, señorita Benet… —dice el señor Case y le interrumpo.

—A estas alturas puedes llamarme Helena, a secas, y tutearme.

—Ismael —responde y yo pienso que no le pega nada ese nombre, aunque no es el momento de decirlo—. Como le… te decía, mientras hablen por el walkie-talkie, comunicando sus posiciones podremos movernos y despistarlos, sin embargo, lo difícil será descubrir dónde está el señor Digby.

—Si no le tenían en nuestra cubierta ni en la que retenían a Derek y Nate, y no quieren que se le vea en el barco. ¿Qué lugares nos quedan? —pregunto, cogiendo el mapa de la mochila del señor Case.

Pese a la escasa luz cálida de esta pequeña sala, que intuyo se utiliza para guardar recambios de piezas de la sala de máquinas, observamos el mapa sin encontrar otro lugar viable, o más bien cientos en donde podrían tenerle retenido, y la única certeza que nos queda es que no tenemos tiempo de buscar en todos.

En medio de nuestra concentración la puerta se abre, provocando que Ismael se ponga en pie apuntando hacia la entrada, a la par que Nathan y Derek vuelven a tratarme como una damisela a la que hay que proteger, escondiéndome tras sus anchas espaldas.

—Hola, señor Breckenridge. —El operario que nos indicó esta sala hace un rato, entra despacio, esperando una reacción por nuestra parte.

Nate se adelanta, sabiendo que Case le cubre, y pregunta:

—¿Cómo sabes que soy yo?

—Mi mujer siguió de cerca El Expediente Mirage —caso que hizo a Nate saltar a la fama como periodista de investigación incorruptible— y siempre decía que, si hubiese más personas como usted, dispuesta a dar la vida por la justicia, este mundo sería un lugar mejor. Les he traído esto.

Ahora entiendo por qué el hombre nos ayudó tan rápido. Me adelanto al amigo de Derek, que parece seguir tenso y en guardia, y me coloco frente al operario, cojo la bolsa, comprobando que hay botellas de agua y comida, y agradecida aseguro:

—Muchísimas gracias, de corazón, pero debe permanecer alejado de nosotros, por su bien. Nunca nos ha visto, siga con su labor hasta que termine el viaje.

—Descuide, serví en Irak, sé defenderme y sé reconocer a las buenas personas cuando las veo. Si necesitan algo, búsquenme, soy Liam Miller, a su servicio.

Dirigiéndose a Ismael, le hace un saludo militar, se gira y se va. Algo me dice que los hombres que han visto los horrores de la guerra saben reconocerse con solo una mirada.

Entrego unas latas de atún y unos trozos de pan a Derek y Nate, quienes atacan la comida con desesperación tras beber media botella de agua sin respirar.

—Comed despacio o lo vomitaréis —advierte Ismael.

Ambos le miran asintiendo y obedeciendo.

—Come algo —me dice Nathan.

—De momento no tengo hambre y no sabemos cuánto nos tiene que durar.

Antes de que mi chico intente convencerme de que ingiera alguna cosa de la bolsa, el walkie-talkie se activa avisándonos de que los hombres de mi suegra han descubierto nuestra huida y harán un barrido de proa a popa, con instrucciones claras de ir reportando sus posiciones cada cinco minutos.

—Bien, esto nos dará margen, cuando toque inspeccionar esta zona iremos por aquí hasta esta otra, una vez pasen volveremos, creo que es el lugar más seguro para pasar la noche —expone Case.

—¿Y mi padre? —pregunta Nathan.

—Vida, durante la noche no podremos movernos sin que nos detecten las cámaras, los pasillos estarán casi desiertos y llamaremos la atención demasiado.

Aprovecharemos el trajín del desayuno, tendremos dos horas de margen antes de que el barco atraque.

Y dos horas más hasta que vuelva a zarpar.

Movernos con toda esa gente peinando el barco es una temeridad.

Pese a las objeciones que se están formando en su mente, me mira sabiendo que tengo razón.