Capítulo 35
E n la actualidad.
Nathan ha pasado casi una hora contándome lo que ocurrió durante los días que estuvimos separados, relatando con detalle su cautiverio, primero en su casa y luego aquí.
Cada palabra suya despliega ante mí un panorama tan retorcido que me resulta imposible comprender cómo alguien puede albergar tanta oscuridad.
Esa mujer que alguna vez me trató con afecto, esa misma que Nathan siempre describió como distante pero constante en su vida, ¿cómo ha podido ordenar la muerte de su propio marido y de su hijo?
Las palabras de Nathan solo avivan el fuego de mi indignación, un odio renovado que recorre mis venas, haciendo que mi mente se acelere. No voy a permitir que se salgan con la suya, no pienso darme por vencida, presentaré batalla hasta el último momento.
—Vida, te prometo que cuando esto acabe lloraremos por todo lo descubierto y sufrido, pero para tener ese momento de flaqueza es hora de movernos, trazar un plan y salir de aquí.
—Helena, estamos en un barco en el que nadie sabe que viajamos, con a saber cuántos mercenarios y enemigos a bordo, y encerrados en esta habitación. Vida, vamos a necesitar un gran plan para salir de aquí.
—Pues será mejor que empecemos por recopilar todo lo que sabemos de este buque, nos va a hacer falta. ¿Sabes en qué punto nos encontramos?
—Ni idea, me trajeron ayer en algún momento de la mañana. Creo que metieron algo en lo que me dieron para desayunar, pues tras eso no recuerdo nada hasta despertar aquí.
—Te trajeron antes de que me llevasen a tu casa… —razono en un susurro. Su estómago y el mío rugen al unísono. Preocupada, pregunto—: ¿cuánto tiempo llevas sin comer?
—Anoche cené un bocadillo que trajeron con esta botella de agua. ¿Y tú?
—Nada desde ayer, lo último que he tomado es un zumo que me dio Martin. Lo que prueba que solo te mantuvieron alimentado porque querían chantajearme contigo. Si ese es el caso, dudo mucho que tengan pensado darnos agua o comida, ¿verdad?
—Temo que no, cuando te trajeron, los dos tipos me dijeron: «Tu novia es igual de estúpida que tú, disfrutad de lo que os queda juntos». Y riendo se marcharon.
—¿Y tu padre?
—Ni idea, cuando desperté ya no estaba.
—Creo que también está a bordo. ¡Hay que encontrarle! ¡Derek!
—¿Quién es Derek? —pregunta.
—Es una larga historia, Derek es Eiden y le atraparon igual que a mí. —Nathan parece genuinamente sorprendido por mi revelación—. Necesito encontrarle, él es…
Dejo de explicarme al escuchar una llave encajar en la cerradura.
Alarmados nos levantamos del catre en el que estamos sentados, busco de forma rápida algún arma arrojadiza o contundente para salir de aquí, sin embargo, no hay nada que pueda servirme, al menos no, así de pronto.
Nathan parece comprender mis pensamientos y colocándome tras su cuerpo, asegura:
—Eso ya lo he hecho yo.
Tras girar el pomo, la puerta parece abrirse de forma lenta y agónica, un cañón aparece antes que su portador, y ambos tensamos cada músculo de nuestro cuerpo.
—¿Señor Case? —pregunto al ver esa cicatriz que tanto me ha perseguido últimamente.
Nathan sigue delante de mi cuerpo, sin entender por qué intento avanzar.
—Tenemos que irnos, los guardias no tardarán en encontrar a su colega inconsciente —asegura el hombre, bajando el arma.
—¿Alguien me puede decir qué está ocurriendo? —pregunta Nathan cuando me adelanto para seguir al que hasta hace poco era nuestro enemigo.
—Soy otro cabo suelto de su familia —asegura el hombre de forma escueta.
Sin tener tiempo para ponerle al día, tiro de la mano de Nathan. La penumbra del pasillo nos envuelve, apenas me deja intuir los detalles de los paneles de madera y las lámparas apagadas que emulan el estilo del Titanic original.
—¿También pensaban tirarle por la borda? —pregunto sin dejar de moverme.
—No, en mi caso creo que iban a cargarme con la muerte o desaparición de ustedes, la del señor Digby y el señor Eaglethorn.
—¿Qué? —pregunto parándome en mitad del pasillo.
—Señorita Benet, debemos escondernos, le prometo que después les contaré todo.
Me vuelvo a poner en marcha, no tengo tiempo de cuestionarme si dice la verdad o nos lleva a una trampa para ganarse el favor de alguien.
Dejo que mis pies sean quienes tomen el control, estudiando todo lo que hay a nuestro alrededor, incluido los pasillos y secciones que estamos atravesando a gran velocidad.
Las luces se apagan por segundos, sumiéndonos en la más absoluta oscuridad, momentos que debemos pegarnos a la pared y obligarnos a avanzar hasta que se reestablece.
Son pequeños cortes, sin embargo, parece ser un síntoma de un problema mayor, pues las vibraciones que emite el suelo bajo mis pies no creo que sean normales.
No sé cuántas puertas más puedo empujar antes de que mis piernas decidan rendirse.
El pasillo parece interminable, un eco de nuestros pasos y respiraciones se mezcla con el crujir del barco.
Nathan se ha adelantado, caminando delante de mí, entre Case y yo.
Se mueve con determinación, agarrándome fuerte la mano para que no me quede atrás, y observando la bolsa que cuelga del hombro de nuestro liberador.
Finalmente, Case abre una puerta al final del pasillo, revelando un espacio vacío, desordenado, con cajas apiladas en las esquinas y tablones de madera que parecen haber sido olvidados en mitad de alguna obra.
Una sola bombilla parpadea en el techo, proyectando sombras irregulares en las paredes desnudas.
—Aquí estaremos a salvo por ahora —murmura, cerrando la puerta tras nosotros y asegurándola con uno de los tablones.
Exhausta, resbalo mi cuerpo por la pared hasta quedarme sentada, Nathan se apoya en los paneles junto a mí, pero manteniéndose de pie, sin dejar de mirar a nuestro acompañante.
La bolsa de Case cae al suelo con un golpe sordo y, al abrirla, revela botellas de agua, una barra de pan y algo que parece queso envuelto en papel. Mi estómago ruge de inmediato.
—No es un banquete, pero servirá —dice con voz suave; más suave de lo habitual.
Me sorprende lo rápido que ha cambiado de enemigo a aliado, aunque todavía no sé qué busca lograr.
—¿Por qué hace esto? —le pregunto, aceptando una botella de agua que se me antoja la bebida más apetecible del mundo.
—Porque se lo debo a usted. Jamás quise herir a nadie, me metí en esto hace años porque tras volver del frente no sabía que otra cosa hacer.
Si bien, nunca imaginé que ayudar a recuperar unos documentos me atase de por vida a esa mujer ni su causa perdida.
He hecho cosas de las que no estoy orgulloso, pero esto…
—Sacude la cabeza, con una expresión de disgusto—.
No podía ser parte de más atrocidades, lo siento, de veras siento lo que les ocurrió a sus padres, señorita Benet.
Comemos con el silencio instalado entre nosotros. Nathan, que ha decidido sacar su parte más resolutiva, no se toma ni un segundo de descanso. Pasando sus dedos por un plano arrugado que Case ha traído, indaga:
—¿Dónde le tenían a usted?
—Aquí. —Señala unas bodegas cerradas, en la misma zona donde estábamos nosotros—. Hay varias secciones que no se terminaron a tiempo para el viaje inaugural y las tienen cerradas.
—Bien, en ese caso el resto de rehenes deben estar en uno de estos lugares —asegura Nathan, indicando diferentes puntos del barco.
—El problema es que mi hombre de confianza, el que me ha liberado, no tiene acceso a esta parte, casi le descubren liberándome y no creo que tarden en saber que no estamos dónde deberíamos. Eso nos va a complicar movernos.
De pronto recuerdo algo.
—Señor Case, ¿Eleanor también está a bordo?
—Sí, pavoneándose en primera clase junto a su hijo. Creo que parte de su plan es que los vean aquí, sin su familia, así cuando lleguen a Nueva York y denuncien su desaparición tendrán una coartada sólida.
—Sigo sin entender cómo harán para cargarle a usted los crímenes.
—Señorita Benet, mi exjefa ya ha preparado todo para incriminarme.
Ha dejado un reguero de pruebas: huellas, armas, correos electrónicos...
todo apunta a mí como un mercenario contratado por Derek Eaglethorn.
Según su historia, él estaba obsesionado con usted, dispuesto a eliminar a su novio y al padre de este para tenerla.
Las fotos que tenemos juntos respaldan esa narrativa.
Según su plan, él la secuestró, y Nathan y su padre murieron intentando rescatarla.
Yo fui el ejecutor, y tras no recibir mi pago, maté a Eaglethorn y a su amigo, que lo protegía.
—Parece el guion de una película de serie B —responde Nathan con una mezcla de incredulidad y sarcasmo.
—Sí, pero le puedo asegurar que tergiversando y ocultando pruebas su madre es única…
El informe falso de mis padres llega a mi mente y aseguro:
—Pues no sé vosotros, pero esta vez no pienso dejar que se salga con la suya.
—¿Y cuál es su plan? Sinceramente, el mío llegaba hasta liberarla a usted y sacarla de este barco, de ahí en adelante no sé si me compete —responde Case.
—Si no piensa matarnos le aseguro que le compete, no estoy dispuesta a permitir que nadie más muera. Si no me ayuda, en cuanto baje de este barco iré directamente a denunciarle por todo lo ocurrido.
—De acuerdo, no necesita amenazarme, les ayudaré a liberar a sus amigos. Repito, ¿cuál es su plan? Porque algo en su actitud me indica que ya tiene uno.