A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 34
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Capítulo 34

T res días antes.

La brisa marina, cargada de humedad y sal, se filtraba a través de las ventanas abiertas de la casa de verano.

Nathan observó el paisaje con una mezcla de nostalgia y desconfianza.

Aquí había pasado los veranos más felices de su infancia, corriendo por los jardines bien cuidados y jugando en la playa cercana.

Sin embargo, en ese momento la casa le parecía tan opresiva como una prisión.

Lo habían llevado casi a rastras desde el coche negro que le esperaba tras su secuestro.

No se había resistido demasiado, más por el impacto emocional que por miedo.

En ese vehículo el señor Case decidió ilustrarle, explicándole que no le querían muerto, por ello un agente disparó al techo, al tiempo en que el propio Case lanzaba un dardo tranquilizante hacia su espalda.

Lo mismo que hubiesen hecho con la señorita Benet si el otro tipo no se la hubiese llevado de allí con tanta prontitud.

La puerta del dormitorio se abrió dando paso al que siempre creyó su mejor amigo.

—Martin, ¿qué demonios ocurre?

—Que siempre has tenido todo sin merecerlo y ahora descubrirás que tan insignificante eres.

La forma en que su hermano pequeño bañó cada palabra de desprecio hizo que en la mente de Nathan los peores presagios se materializasen.

—No podemos ser responsables de tanta barbarie…

—Estúpido puritano, el poder y la hegemonía que ha demostrado nuestro condado jamás ha sido gratis, pero tú no podrás comprenderlo jamás. —Se giró con desdén y antes de abandonar la habitación, sin rebajarse a mirarle, aseguró—: si quieres que tu novia sobreviva, ve al salón.

Sin entender realmente la magnitud de lo que ocurría, pero necesitando encontrar respuestas a ese tenebroso caos que se cernía sobre su vida y la de su amada, Nathan recorrió el pasillo, bajó las escaleras, traspasando las puertas del salón principal flanqueadas por dos tipos que no eran personal habitual de su familia, no por lo menos que él conociese.

Sentado allí, estudió la estancia con ojos distintos, como si fuese la primera vez que lo veía.

Un espacio decorado con muebles antiguos, cortinas pesadas y cuadros familiares que emanaban poder y linaje.

Frente a él, su madre se sentaba con una calma helada, mientras su hermano, Martin, permanecía de pie junto a la chimenea, contemplándole con una expresión ambigua.

—No entiendo qué sentido tiene todo esto —dijo Nathan al fin, rompiendo el tenso silencio.

Eleanor cruzó las manos sobre su regazo con la misma postura perfecta de siempre. Sus ojos grises, fríos como el acero, se clavaron en los de su hijo.

—Nathan, ha llegado el momento de que entiendas la verdad, dejes de lado tus idealismos y asumas tu papel en esta familia. Todo lo que hemos ejecutado, lo hemos llevado a cabo por proteger nuestro linaje y nuestro legado.

—¿Proteger? —replicó él entrecerrando los ojos—. ¿Es a eso a lo que llamas proteger? ¡Yo lo llamo arruinar vidas!

Ella no pestañeó ante su reproche, tomó aire y empezó su relato:

—Nuestra familia, los Blackwood, los Cavendish, los Ashbourne, los Thornhill, y otras estirpes influyentes de la historia británica comparten un vínculo que se remonta generaciones.

Todos ellos apoyaron la creación de una orden, fundada por nuestros antepasados, el Consejo de Ébano.

Fueron mi tatarabuelo, Edmund Digby, y Herbert Cavendish quienes orquestaron el hundimiento del Titanic, con el beneplácito de todas las castas de la hermandad.

Nathan se inclinó hacia adelante, incapaz de creer lo que escuchaba.

—¿Qué demonios estás diciendo?

Martin intercedió con voz serena pero intencionada.

—Es la verdad, Nathan. El Consejo financió la construcción del Titanic con un propósito claro: librarse de ciertos enemigos y reforzar nuestra posición económica y política.

Las familias seleccionadas para el viaje eran objetivos cuidadosamente elegidos.

Fue una guerra silenciosa, una batalla encubierta entre los ideales liberales, que amenazaban con romper el orden social, y la hegemonía de las familias que, por derecho ancestral, deben gobernar estas tierras.

No olvides que nuestros antepasados lucharon y murieron en guerras de reyes, no solo por honor, sino para preservar el equilibrio de una sociedad que protegiera a sus súbditos.

El impacto de aquellas palabras golpeó a Nathan como un mazazo. Recordó historias de su niñez, las leyendas sobre la fortaleza de su linaje, pero jamás imaginó que tales «logros» estuvieran manchados con la sangre de inocentes.

—No… —murmuró—. No puede ser cierto.

Eleanor se inclinó hacia su bastardo, fingiendo una mirada maternal, sentimiento que jamás albergó hacia él en sus entrañas.

—Es cierto, y es nuestro deber proteger esos secretos.

Rosa Aguirre jamás debió continuar la investigación de su abuela y, mucho menos, involucrar a su propia hija.

Esa mujer fue una egoísta que rompió el trato de Juana Acosta con mi abuelo.

Sin embargo, tú puedes evitar que todo esto salga a la luz, tú eres la conexión entre ambos bandos.

Si realmente eres digno de llevar el título de conde, regresarás con Helena y conseguirás la investigación.

Solo así demostrarás que mereces el lugar que hemos preparado para ti.

Prometemos que no habrá consecuencias para ella ni para nadie involucrado.

Este capítulo oscuro de nuestra historia terminará con vosotros, unidos, creando un legado pulcro y lleno de luz.

Nathan negó con la cabeza, incrédulo.

—¿Y qué si no quiero ser parte de esto? No voy a traicionar a Helena. Ni a mí mismo.

—¿Esa es tu última palabra? —preguntó Martin retando a su hermano mayor con la mirada.

—¡Sí!

Eleanor exhaló profundamente, decepcionada.

—Entonces no dejas otra opción. ¡Guardias!

Dos hombres aparecieron en la puerta, armas al cinto.

Antes de que Nathan pudiera reaccionar, su padre irrumpió en la habitación.

Cedric Digby era un hombre alto y elegante, con una presencia que había impuesto respeto durante décadas.

No obstante, ese día, una llamada del todo inusual a su despacho hizo que dejase su oficina de Londres para presentarse en la casa de verano de la familia de su esposa.

—¡Eleanor! ¿Qué significa esto? ¡Davinia me ha llamado llorando, diciendo que la casa estaba llena de hombres armados!

Davinia era la ama de llaves de la vivienda, una mujer mayor de gran corazón que adoraba a Nathan desde niño, la única que sabía la verdadera procedencia del bebé que llegó a esa casa una tarde de mayo, cuando ella acababa de entrar a trabajar para la familia.

Eleanor miró con desdén a su marido.

—El que faltaba para la fiesta. Otro liberal que cree que la posición social se mantiene sola. Jamás debí permitir que mi padre te eligiese, tu sangre no es pura.

—¿De qué hablas? ¿Qué está ocurriendo aquí? ¿Nathan? —preguntó dirigiéndose al único de sus dos hijos que parecía tan contrariado como él mismo.

—Tú eres el que has convivido con ella media vida sin ver que no está bien de la cabeza.

Eleanor, enfurecida, asestó un bofetón a ese que jamás sintió suyo pero que ese día más que nunca advirtió que era un desagradecido.

Ella pensaba dejarle vivir con su querida Helena lejos de allí, sin interferir en el legado que continuaría con Martin a la cabeza, sin embargo, su deslealtad y su osadía la pagaría caro. Gritando a uno de los guardias, ordenó:

—Lleváoslos, ya pensaré cómo hacer para que entiendan que, si no estás con los Digby, estás contra ellos.

Martin, quien había permanecido en silencio, habló:

—Madre… —Nathan pensó que su hermano recapacitaría y comprendería que su progenitora no estaba bien, que vivía en una idea de la familia arcaica y extinta, sin embargo, sus siguientes palabras le dejaron claro que él estaba inmerso en la misma realidad que ella—, subidlos al barco.

Es apropiado que encuentren su fin en el mismo lugar que tantos antes que ellos.

Yo me aseguraré de que no salgan con vida de esa travesía y que perezcan junto a todos nuestros enemigos.

—Lleváoslos —ordenó Eleanor a sus hombres—. Él único Digby y yo debemos hablar en privado.

Intentando resistirse, Nathan y Cedric fueron arrastrados fuera de la sala. En un pequeño cuarto, por la que a través de una ventana con barrotes se filtraba la luz de la tarde, Cedric tomó asiento en la cama.

—¿Qué está ocurriendo? —preguntó, intentando entender la situación.

Su hijo, tomando asiento junto a él, le contó todo lo que había ocurrido.

—Tengo que salir de aquí, si le hacen algo a Helena, yo… —aseguró antes de que su padre le cortase con palabras resueltas.

—No permitiré que Eleanor la dañe, te prometo que encontraremos la manera de ganar esta batalla.

Nathan, sospechando algo que le quemaba por dentro, posando una mano sobre la de su padre, preguntó:

—¿Qué ha querido decir mi madre con que Martin es el único Digby?

Cedric dejó escapar un largo suspiro, como si al exhalar pudiera liberar el peso de los años de secretos. Por un momento, la culpa nubló su mirada, pero finalmente decidió enfrentarse a la verdad.

—Hay cosas que nunca te dije, hijo —comenzó, con la voz cargada de una mezcla de remordimiento y alivio—. Hace años, una joven trabajadora de los Digby quedó embarazada. No estaba preparada para ser madre ni tenía intención de quedarse con el niño. Eleanor, al saberlo, no dudó en actuar.

Nathan lo miraba sin pestañear, intentando procesar cada palabra mientras Cedric continuaba:

—Se le ofreció dinero a cambio de su silencio. Tu madre, siempre tan meticulosa, hizo que aquella mujer viviera aquí durante los últimos meses de su embarazo. No fue por compasión, sino para asegurarse de que nadie supiera la verdad. Cuando naciste, esa muchacha se fue y jamás regresó.

Nathan asimiló la revelación, rodeado de un silencio espeso que llenó el aire. Todo lo que creía saber sobre su identidad comenzaba a tambalearse.

En ese mismo instante, en el salón, Eleanor se sirvió una copa de vino, observó a su único hijo, quien por primera vez fue merecedor de algo de su orgullo de madre, y aseguró:

—Hazlo y serás el conde más joven de nuestra historia.

—Sí, madre.

Cogiendo una segunda copa, Martin la alzó y juntos brindaron:

—Por la sangre, el linaje y el poder.