Capítulo 33
—H elena, vida, despierta. —La voz de Nathan resuena clara y firme en mis oídos, tan vívida que por un instante creo estar atrapada en el sueño más real de mi existencia.
Mi estómago se revuelve. Yo, incapaz de identificar el motivo, abro los ojos de golpe. La imagen ante mí parece demasiado perfecta, tanto que temo no haber salido de la inconsciencia. Parpadeo varias veces, tratando de enfocar, y finalmente murmuro:
—¿Nathan?
—Llevas horas sin conocimiento. Por favor, bebe un poco de agua —explica con gesto preocupado, acercándome una botella.
Obedezco casi por inercia. A la vez que el agua calma mi garganta seca, mi mirada se detiene en el entorno.
El espacio es pequeño, con paredes que emanan un leve olor a barniz envejecido, vestidas de madera oscura en la parte inferior y blanca en la mitad superior.
Una lámpara fija a una pequeña mesilla emite una luz cálida que apenas ilumina las esquinas.
Un catre antiguo a simple vista y una ventana diminuta redonda son todo lo que componen el lugar.
Mis ojos recorren cada rincón, y una sacudida me golpea el pecho cuando mi cerebro al fin procesa lo que estoy viendo.
—¿Estamos en un barco? —Mi voz apenas es un susurro. Nathan asiente en silencio, y entonces lo comprendo—. ¡Estamos en el Titanic!
—En realidad, estamos en el Titanic Phoenix. —Su tono grave añade peso a la tensión que lo rodea.
Mi mente, todavía adormecida, intenta encajar las piezas.
—Tu madre, tu hermano… —Soy incapaz de no quebrarme—. Tenemos que salir de aquí.
Los ojos de Nathan se humedecen, en un gesto que me atraviesa como una daga.
Me incorporo a pesar del mareo que amenaza con tirarme de nuevo al camastro y respiro hondo antes de tomar su rostro entre mis manos.
Lo beso con todo el amor y la desesperación que brotan de mi pecho, intentando que esta conexión alivie, aunque sea un poco, la tormenta que ambos compartimos.
Cuando nuestros labios se separan, Nathan me mira con una mezcla de culpa y desconsuelo.
—Estamos encerrados. Mi familia… Martin nos ha traído aquí. Y me temo que no tiene intención de negociar. —Su voz tiembla al añadir—: lo siento, vida, lo siento tanto. Jamás imaginé que estuvieran detrás de todo. Detrás de la muerte de tus padres…
Le abrazo con fuerza, no obstante, al separarnos, veo que todavía tiene más que decir.
—Helena, en casa de Diana sentí que moría —su tono baja, como si le costara enfrentarse a los recuerdos—, más tarde cuando desperté en un avión, no entendía nada. Yo escuché un disparo, sin embargo, me miré y no encontré marcas en mi cuerpo, dolor, nada…
—No lo entiendo.
—Yo tampoco podía. Varios hombres, entre ellos Case, me tuvieron prisionero, no obstante, aunque fueron vigilantes, también fueron respetuosos, acrecentando más mi desconcierto.
Me dieron comida y agua. Nunca entendí por qué no acabaron conmigo cuando tuvieron la oportunidad.
—Se interrumpe un momento, tragando saliva antes de soltar la siguiente bomba—.
Obtuve las respuestas donde menos las esperaba…
en la casa de verano. Allí estaban mi madre y mi hermano. Ellos…
Se detiene, incapaz de continuar. Me acurruco entre sus brazos, dejando que mi cabeza repose en su pecho, esperando el momento en que decida proseguir.