A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 32 #3
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Capítulo 32 #3

—¡Ja, ja, ja! Si tu plan era que Nathaniel Breckenridge hundiese a mi familia, temo que no podrá hacerlo…

Tras un movimiento hacia el mercenario que aguarda junto a la puerta, este abre, dejando pasar a dos compañeros que traen a un hombre arrastras. No necesito conocerle en persona para saber que se trata de Nate.

—Señora, hemos destruido su ordenador y cualquier aparato electrónico, creemos que no ha enviado nada, pero el muy valiente se niega a cooperar.

—Reunámosle con su amigo…

El hombre sale del despacho y yo, sabiendo que se nos acaba el tiempo, replico a la desesperada:

—¿Crees que nos vas a poder hacer desaparecer a todos? ¿No te das cuenta? ¡Somos muchos los que conocemos tu secreto! Es inútil que continues perpetuando un apellido que está abocado a desaparecer. No te manches las manos con más sangre, no merece la pena.

Esta mujer se ha vuelto totalmente loca y me desespera saber que en su enajenación y causa perdida va a llevarse por delante más vidas inocentes.

Con altivez me observa, sin dedicarme una sola palabra, sin embargo, sus ojos hablan de que no le importa nada más allá de acabar lo que sus antepasados no pudieron.

Creo que ya es cuestión de orgullo erguirse como la mujer que triunfó donde tantos hombres fracasaron, exterminando la verdad que ellos no pudieron.

La puerta se abre, veo como traen amordazado y maniatado a Derek. Al encontrarse su mirada con la de Nate, que también está amordazado, ambos se giran para fijarla en mí.

—Bien, ¿vais a decirnos si hay alguien más implicado, o empezamos a borrar del mapa a vuestra querida Ava, Diana y la hijita bastarda del señor Breckenridge? —pregunta Eleanor con una sonrisa glacial y un tono cortante como un cuchillo afilado.

—Nate, ¿llegaste a enviar la información a tus contactos?

La confusión cruza el rostro del periodista.

Es obvio que no entiende mi propósito, y lo último que quiero es que piense que tengo un plan maestro.

Porque no lo tengo. La verdad es que he llegado al límite.

Eleanor ha ganado, y solo quiero que esta verdad deje de arruinar más vidas.

Nate niega con la cabeza. Me giro hacia ella, decidida a enfrentarla una última vez.

—Él era nuestro plan. Tú ganas, mátanos, pero deja a nuestras familias tranquilas, ellos no saben nada, solo son culpables de querernos.

Y si algo de lo que has dicho es cierto y no quieres derramar más sangre, te prometo aquí y ahora que lo que digo es cierto, la verdad morirá con nosotros y no dejaremos pruebas de lo ocurrido.

Derek ve la certeza en mis ojos, espero que comprenda que solo quiero salvar a Ava y que entienda que debemos sacrificarnos por ella y todos los demás, pues pese a lo último que he dicho sé que esta mujer no nos dejará vivir sabiendo lo que sabemos.

Derek asiente, confirmándome que está de acuerdo conmigo. Eleanor nos mira a los tres, mostrando su sonrisa victoriosa y una arrogancia tan grande que se me estremece el alma.

—Señora Digby, ya tiene lo que quería, que firmen el contrato y nosotros nos encargaremos de que cumplan su palabra —asegura el señor Case.

—Esta bastarda me conoce muy poco si cree que la voy a creer. Dejarle una puerta abierta a su bisabuela es lo que nos ha traído hasta aquí, no cometeré el mismo error que mi abuelo.

El hombre, contrariado, mira el reloj.

—Es casi la hora, ¿qué hacemos?

«¿La hora de qué?», me pregunto, y la harpía de mi suegra me da la respuesta.

Con mirada de hierro, ella asegura:

—Llevadlos con los demás. Señorita Benet, debió aceptar mi oferta cuando tuvo oportunidad —deja de mirarme para ordenar al señor Case—. Ve y dile a Martin que acepto su plan, si lo lleva a cabo me demostrará que es un digno heredero del condado Digby.

Sin esperanza, acato mi destino. No sé cuál es el plan de Martin, sin embargo, sí sé que Eleanor acaba de mandarnos desaparecer para siempre.

Derek me mira con la derrota reflejada en el gesto.

Con Nate aquí, sabemos que nuestro plan se ha quedado sin acabar y la verdad permanecerá nuevamente encerrada, esta vez, para siempre.

Observo la forma en que el señor Case ha enmudecido. Me mira, se para frente a su jefa y asegura:

—Señora, llevo veinte años trabajando para usted, sabe perfectamente que no siempre hemos trabajado dentro de la legalidad y que nuestras manos están igual de manchadas que las suyas, no obstante, esta vez mi condición fue clara, le traería la investigación sin derramar sangre y eso hemos hecho, de aquí en adelante, búsquese a unos mercenarios, mi gente y yo nos retiramos.

Eleanor lo observa, altiva, como si su declaración no significara nada.

—Deberías saber que tu gente es mi gente.

Antes de que Case pueda reaccionar, uno de los hombres a su espalda lo golpea en la nuca. El sonido sordo de su caída resuena en mis oídos como una sentencia final.

—¿Qué hacemos con él? —pregunta el atacante.

Eleanor apenas levanta una ceja.

—¿No me expliqué bien? Si no estás conmigo, estás contra mí.

—Sí, señora.

Eso es lo último que escucho antes de sentir un nuevo aguijonazo y dejarme envolver por la más espesa oscuridad.