A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

No puedo creer lo que escucho, igual que no puedo entender que alguien sea tan desnaturalizada de criar a un niño desde bebé y hablar con ese desapego y casi odio de él.

Ahora entiendo que esta mujer ha estado jugando a un juego de poder con todos los hombres de su familia, por eso alentaba a Nathan a seguir alejado de los negocios familiares, aunque a ojos de su marido pareciese que le pedía volver.

—¿Tú pretendes que yo guarde el secreto de tus ancestros y que mire a otro lado cuando esto demuestra que eres peor que todos ellos?

—En algo tienes razón, yo acabaré lo que todos ellos no pudieron, y lo haré de una forma u otra. ¿Y sabes qué? Algo me dice que hay otra persona por la que se tambalearía tu mundo si le pasase algo…

—¿De qué hablas?

La puerta se abre, a la vez que una sonrisa siniestra, inundada de arrogancia y maldad se dibuja en su rostro. Me giro siguiendo la dirección de sus ojos, y tal como ha anunciado, mi mundo se detiene al ver al señor Case entrar, seguido de dos de sus hombres que traen a empujones a un rehén.

—¡Derek! ¿Qué te han hecho? —Corro en su dirección, alarmada por los moretones que se aprecian en su rostro.

Me mira con el único ojo que puede abrir, pues el otro está tan hinchado que es imposible, y me sonríe.

—Tendrías que ver a los otros —bromea.

—Al parecer se resistió cuando le encontraron mis hombres —aclara Case mirando a Eleanor, quien no puedo asegurar si está perturbada por la imagen de Derek o se regocija en lo que ve.

—¿Hay más copias?

—Si las hay este no suelta prenda. Y no hemos encontrado nada más en los registros ni la conexión con los despachos de abogados.

—Porque no ha hecho tal cosa, imbéciles. Ella no confiaría en desconocidos, si han enviado pruebas a alguien será muy cercano.

El hombre, cuya interrupción no ha recibido de buen grado, responde:

—Déjeme terminar. Hemos encontrado una conexión con un periodista amigo del señor Eaglethorn, estamos intentando saber dónde se encuentra, no creo que nos lleve mucho tiempo dar con su paradero.

—Bien, Helena, Dios sabe que he intentado no mancharme las manos de sangre, pero eres igual de obstinada que tu madre.

Ella no quiso parar cuando se lo pidió tu padre y tú no pareces querer ceder, aunque la vida de tu querido Nathan o este estúpido estén en juego, así que no me dejas otra opción que silenciar a todas las personas que saben de mí y, por seguridad, las que intuyo que pueden saber.

Tienes hasta el alba para firmar, de no ser así la próxima visita será a tu querida Diana.

Sin darme tiempo a procesar la información, los dos matones me sacan casi a empujones del despacho, llevándome hasta un pequeño cuarto que en su día debió pertenecer a la zona de servicios.

Una vez cierran la puerta, la oscuridad más absoluta me rodea.

A tientas llego hasta la cama, me hago un ovillo y lloro, impotente y desvalida, sintiendo todo el peso de la culpabilidad más absoluta.

No sé cómo he sido capaz de quedarme dormida con toda la angustia que experimento, si bien, el cerrojo abriéndose me despierta. La luz del pasillo impacta en mi rostro, cegándome. Asustada me siento en la cama, reptando hasta colocarme en una esquina.

—Señorita Benet, es la hora, de corazón espero que firme los papeles —asegura el señor Case levantándome y escoltándome nuevamente hasta el despacho, en donde el demonio de mi suegra me aguarda.

Entro y observo sin dar crédito a lo que veo.

Parpadeo varias veces, asegurándome que es real.

La mujer que aguarda de pie frente al ventanal viste un traje de terciopelo oscuro, un tono profundo que parece absorber la luz de la estancia.

El corpiño ajustado resalta su figura, con bordados intrincados de hilos dorados que recorren los bordes de las mangas largas y el escote.

La falda, amplia y pesada, se extiende con una elegancia que recuerda a las antiguas cortes, donde los delicados pliegues caen hasta el suelo, casi arrastrando la madera con cada leve movimiento.

Su cabello está recogido en un peinado sofisticado, coronado por una diadema de plata con pequeñas perlas que descansan sobre su frente.

—Seré breve, ¿firmas o mueres?

Toda la delicadeza, que parecía irradiar Eleanor con ese atuendo que porta, desaparece con el ultimátum y su rostro de viuda negra. Sin embargo, algo en su actitud me dice que no tiene la misma seguridad que ayer, por ello, reto:

—Yo muero y tú acabas en la cárcel, o salgo por esa puerta y acabas en la cárcel, esas son tus opciones. A estas horas toda la verdad debe estar en las noticias de medio mundo.

—Pequeña ignorante, sigues sin entender la verdad.

Mis antepasados fundaron el Consejo de Ébano, pero jamás se nos asoció con tal nombre por nuestra destreza a la hora de operar en las sombras, dejando que otros se expusieran por su arrogancia.

Puede que el consejo desapareciese, sin embargo, no encontrarás pruebas que nos relacionen con ellos ni con lo ocurrido años atrás.

—Te equivocas, precisamente porque sabes que sí se os relaciona con todo, por la arrogancia de tu abuelo y la poca destreza de tu padre, es que tienes miedo a lo que el mundo pronto conocerá.