A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 32
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Capítulo 32

M artin gira la cabeza incapaz de mirarme a los ojos, aunque algo me dice que, si pudo engañarme todo el tiempo que creí que fuimos amigos en la universidad, podrá hacerlo siempre. Es tal el odio visceral que me invade en este momento que me siento capaz de hacer cualquier cosa.

De un movimiento rápido me coloco tras él, le inmovilizo con mis piernas y rodeo su cuello con mis brazos, aprieto fuerte, tan fuerte que pienso que mis propios huesos no soportarán la presión.

Martin intenta zafarse, sin embargo, cuanto menos oxígeno entra en su sistema, más fácil me es mantenerle retenido.

—Te juro que lamento la muerte de tus padres —confiesa, haciendo que vuelva a la realidad y me aleje de esa visión que se me ha antojado totalmente justa.

Aun así, mirándome en el reflejo de la ventana, con el rostro arrasado por el dolor, me pregunto:

«¿De verdad sería capaz de matar a otro ser humano?».

Si me lo hubiesen preguntado hace unas semanas mi respuesta hubiese sido un no rotundo, bajo ninguna circunstancia, en cambio, ahora, la rabia que bulle en mi interior tiñe todo de rojo, impidiéndome pensar con claridad o centrarme en nada que no sea conseguir que este agujero negro de angustia que se está tragando mi alma pare, y siento que solo vengándome lo lograré.

Martin sigue hablando e intento centrarme en cada palabra que pronuncia:

—Aunque no me creas, en el momento en que te vi por primera vez y me sonreíste, el plan de conquistarte para llegar a la investigación de tu madre y tu bisabuela pasaron a un segundo plano.

Desde ese instante solo quise que me mirases como lo hiciste cuando te presenté a Nathan.

—Sus últimas palabras se han teñido de rencor, uno que me ha provocado un profundo escalofrío.

Necesitando conocer toda la verdad, pregunto:

—¿Lo planeasteis juntos? —El miedo a la respuesta hace que mi respiración se mantenga en pausa.

—Me encantaría decirte que sí, pero el bobo de mi hermano no tiene ni idea, él se desentendió de nuestro legado hace mucho.

Es más, si no hubieses sido tan estúpida de ponerte a investigar, no hubiese ocurrido nada.

Estábamos dispuestos a dejarlo correr, pensando que tal vez tu madre jamás te reveló sus conjeturas y el secreto murió con ella…

Infinidad de conversaciones de la época universitaria llegan en tromba a mi mente. Charlas a priori sin importancia en las que ahora veo un claro patrón, Martin no quería conocerme, quería saber de mi familia y de mi pasado para ver si mi madre me dijo algo antes de morir.

Le miro en silencio, sintiéndome estúpida y una persona a la que llevan manipulando y mintiendo años. Martin se pone en pie, me regala una sonrisa de lo más perturbadora y asegura:

—Será mejor que vayas al despacho de mis padres, ahí tendrás respuestas y una propuesta que, por tu bien, no oses rechazar…

Abre la puerta, aguardando al otro lado a que me levante y le siga. Sin otra opción, obedezco.

Recorremos el largo pasillo de la casa victoriana hasta llegar a la estancia, en donde deberé enfrentarme a los que hasta hace poco consideré personas honorables.

—Hola, querida, disculpa las formas de proceder del señor Case, ¿te encuentras bien? —Las palabras acongojadas de Eleanor Digby, la madre de Nathan y Martin, están bañadas de tanta mentira que es imposible creerla.

—Dime tus condiciones y acabemos con esta farsa de una vez —escupo irguiéndome y levantando ligeramente el mentón.

Siempre he procurado ser una persona agradable y apacible ante ella, pero hoy no, hoy le mostraré que, pese a no tener su posición social ni sus medios, soy la única que puede mantener la cabeza bien alta y mirar de frente.

El duelo de miradas que nos dedicamos deja claro que ninguna de las dos está dispuesta a rendirse.

—Bien, Martin, sal, esta será una conversación entre la señorita Benet y yo.

Su hijo, que ni siquiera había cruzado el umbral aguardando igual que un perro a que le diesen permiso para pasar, me mira con ojos cargados de advertencia, se gira y se va.

—No quiero que el apellido familiar siga manchado de sangre, corrupción y crimen, dame la investigación, firma este contrato de confidencialidad —con dos dedos desliza una pila de folios hacia mi lado de la mesa— y te prometo que nadie más sufrirá por un pasado que no nos pertenece.

Los errores de nuestros antepasados no deben ser los nuestros.

—Dirás de los tuyos, porque los míos nada más que han hecho intentar sobrevivir a todos los asesinos que te han precedido. Y tú —me levanto dejando que el miedo desaparezca por completo, dando paso solo a una cólera irrefrenable— eres una asesina igual que ellos. ¡Mataste a mis padres!

—¡Siéntate! —grita sobresaltándome y señalando la silla que acabo de abandonar—. Pequeña ignorante, lo de tus padres fue un lamentable accidente, pero te prometo que, si no dejas que todo acabe hoy, lo que le ocurrirá a tu querido Nathan será exclusivamente culpa tuya. ¡Firma!

La mujer que tengo delante no parece la misma con la que he tratado desde que la conocí, esta tiene los ojos cargados de superioridad, mirándome como a una cucaracha a la que hay que exterminar.

—No harías daño a tu hijo —respondo lanzándole el boli de vuelta, segura de que tengo un as en la manga.

—¿Sabes lo que es conseguir que este condado siga en pie siendo mujer?

¿Lo que ha implicado aguantar a un hombre al que no soporto, solo porque mi padre malgastó toda su fortuna en malos negocios?

Y yo, la primogénita, tuve que sacrificarme para que no perdiésemos todo esto.

—Señala a su alrededor, cargando cada palabra de hastío y odio.

Bajando la voz y mutando su gesto a uno que asustaría al mismísimo Lucifer, toma asiento, apoya los codos en la mesa y acortando distancias, asegura:

—Te contaré un secreto, pequeña bastarda.

Tú y toda tu estirpe debió hundirse con el Titanic, pero como suele decirse, mala hierba nunca muere y aquí estas, creyendo que puedes desafiarme a mí y a mi legado.

Este apellido ha permanecido casto e imperturbable durante siglos y no permitiré que ni tú ni nadie cambie eso.

Su perorata hace que una conversación con Nathan llegue a mi mente, esa en la que me comentó que sus padres firmaron un contrato prenupcial por el que Cedric, su padre, accedía a ponerse el apellido de la familia de Eleanor, para conservar así el apellido Digby en la siguiente generación, Nathan y Martin.

Esto me lleva a pensar que esta señora solo está interesada en perpetuar el linaje de su familia, esa forma arcaica de ver la vida que Nathan no comparte.

—¿Odias a tu hijo por no querer seguir los pasos de esa casposa doctrina? —inquiero, llenando cada palabra de todo el asco que siento ahora mismo hacia ella y todas las personas que siempre se han creído por encima del resto de los mortales, solo por tener más que otros.

—No, preciosa, mi único hijo está totalmente involucrado con nuestra causa.

No entiendo que ha querido decir, mi mente intenta encontrar sentido a estas palabras cuando alguien llama a la puerta.

—Señora Digby, perdone que le moleste, le traigo esto. Creemos que está todo.

Observo la forma en que el señor Case entra con gesto servicial y sumiso, algo que hasta ahora no había visto en él. Deja mi mochila sobre la mesa y aguarda instrucciones parado de pie justo a mi lado.

—¿Vas a firmar o debo pedirle al señor Case que deis una vuelta en coche? Hay unos acantilados preciosos cerca de aquí…

Amenazarme así no ha sido buena idea, han podido arrebatarme mucho y asustarme más, sin embargo, algo que aprendí de mi madre y mi bisabuela es que siempre hay que tener un plan de salida cuando tratamos con esta gente.

Miro al señor Case, quien parece algo sorprendido con la petición de la honorable señora que le paga, incluso podría apostar a que se siente incómodo por la tesitura en la que le ha colocado su jefa.

Sin dejar de observarle, espero a que sus ojos se desvíen hasta los míos y cuando lo hacen, aseguro:

—¿De verdad creéis que el secreto morirá conmigo?

Me cuesta controlar la sonrisa sarcástica que se dibuja en mis labios.

—Traedlo —ordena la bruja y Case sale por la puerta.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre las mujeres de tu familia que se enfrentaron a la mía y tú?

Sin dejar de mirarla, pido:

—Ilústrame.

—Ellas se enfrentaron a hombres como mi abuelo, hombres que subestimaron la inteligencia femenina, por suerte, desde el día en que te conocí supe que eras una mujer despierta, lista y capaz, y eso me ha dado la ventaja de saber que no debo infravalorarte en ningún momento.

Toda la seguridad que he aparentado hasta ahora se desmorona como un castillo de naipes al viento, pues algo en sus ojos, frío y calculador, me grita que siempre ha estado un paso por delante de mí.

—No hagas daño a Nathan, por favor.

—Cielo, lo estabas haciendo muy bien, no lo estropees ahora suplicando por un hombre —responde decepcionada.

—¿De verdad le harías daño, es tu sangre?

—Te equivocas en dos cosas —vuelve a susurrar cual serpiente siseando un oscuro secreto— tu amorcito no es mi hijo.

Fue un niño comprado para dar ese heredero que los médicos aseguraron yo no podría engendrar.

Sin embargo, el destino me tenía deparado a mi pequeño Martin, él sí es Digby.

Así que, si me lo preguntas, no, no me costaría lastimar a tu querido Nathan, ese hombre desagradecido que renegó de todo para, según él, ser feliz.

¡Ser feliz siendo mundano cuando yo le di todo!

Es lo que tiene la gente de sangre corriente, que, aunque lo críes entre algodones, siempre será un plebeyo…