Capítulo 31
Las afueras de Londres estaban envueltas en la penumbra habitual de una tarde nublada, cuando Rosa Acosta giró bruscamente el volante de su coche alquilado, un Vauxhall Corsa B azul que apenas se mantenía firme en las curvas cerradas de la vía secundaria.
Detrás de ella, dos vehículos oscuros la seguían de cerca, amenazantes como depredadores acechando a su presa.
El rugido de los motores perforaba el aire, acompañado por el chillido de los neumáticos sobre el asfalto mojado.
—Rosa, basta ya —exigió su marido desde el asiento del copiloto, sujetándose al salpicadero mientras el coche tambaleaba tras otro giro cerrado—. No vale la pena. Nos han ofrecido una suma considerable. Podríamos acabar con esto, olvidarnos de todo… del pasado.
Pese a la vena que palpitaba en su sien, ella no apartó la vista del camino con las manos aferradas al volante.
—¿Olvidarnos? ¡Esos bastardos son asesinos, mercenarios y corruptos! ¡Y tú quieres que los recompensemos con nuestro silencio!
—Rosa, piensa en nuestra hija… en nuestra familia —insistió él, con un tono suplicante—. No tenemos por qué morir por esto.
Ella lo fulminó con la mirada un instante, lo suficiente para que él comprendiera la furia que hervía en su interior.
—¡Eres un cobarde! —sentenció, volviendo su atención al camino—. Yo no me detendré.
A su vez, en el segundo coche perseguidor, el señor Case observaba la escena con un cigarro apagado entre los dedos. Activando un walkie-talkie, llamó al vehículo que encabezaba la caza, con voz baja pero repleta de autoridad, ordenó:
—Solo asustadla. No queremos que esto termine aquí.
Sin embargo, las órdenes no se cumplieron. El coche delantero aceleró, reduciendo peligrosamente la distancia con el vehículo de los Benet. Sin previo aviso, el paragolpes delantero golpeó el trasero del coche alquilado. Rosa tambaleó, intentando mantener el control.
—¡Qué demonios…! ¡No!
Otro golpe. Rosa luchó por estabilizar el coche mientras su marido gritaba y se agarraba al asiento. En el coche de Case, la tensión se palpaba. El hombre golpeó el respaldo del asiento con el intercomunicador.
—¡Deteneos! ¡Solo queremos asustarles!
No obstante, ya era demasiado tarde. Un tercer impacto hizo que las ruedas traseras del Vauxhall Corsa B patinaran.
Su conductora perdió el control; el volante pareció no responder, y el vehículo se deslizó hacia el costado de la carretera.
La pendiente empinada era implacable. El coche volcó una vez, luego otra, hasta que quedó inmóvil hecho un amasijo de metal retorcido.
El silencio que siguió fue aterrador. Los motores de los perseguidores se detuvieron en la distancia, y Case observó la escena con una mueca de disgusto. Su conductor lo miró desde el retrovisor, temeroso.
—¿Ordenes, señor?
Case bajó la mirada hacia sus puños apretados. Luego, con un tono helado, respondió:
—Vámonos. Esto no ha ocurrido.
Y mientras los coches desaparecían en la lejanía, la lluvia comenzó a caer, extinguiendo las llamas que se alzaban entre los restos del coche destrozado. El aire se llenó del olor a metal quemado y tierra mojada, sepultando la verdad en aquella carretera solitaria.