A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 30
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Capítulo 30

H e subido y bajado en tiempo récord, recorro la calle trasera del edificio hasta la ubicación que me marca el teléfono.

Veo un taxi aguardando con el cartel de ocupado, aunque, al observar que no lleva pasajeros y que el conductor parece impaciente, como si llevase largo rato aguardando, subo en la parte trasera.

El hombre me estudia antes de preguntar:

—¿Señorita Benet?

Asiento y se pone en marcha sin añadir nada más.

En silencio recorremos varias calles, dirigiéndonos a las afueras de Londres. Pronto diviso un pequeño aeródromo, en donde aguarda un helicóptero.

Estoy agotada y aterrada, pero, abrazando fuertemente la mochila, salgo del vehículo y me dirijo al bicharraco volador sintiendo como mi sangre se enfría por momentos.

«No puedo sufrir un ataque de pánico ahora, no por favor», me recrimino para intentar controlar el pavor que se está adueñando de cada célula de mi cuerpo.

Antes de llegar al objeto de mi turbación, un hombre sale a mi encuentro.

—Señorita Benet, encantado de conocerla, soy el comandante Cortez y seré su piloto. Me han dicho que lleva mucha prisa así que no la entretendré.

Me sorprendo por el trato amable del hombre que tengo enfrente, deduzco que no tiene ni idea de que en realidad voy en contra de mi voluntad, así que le sigo en el más absoluto mutismo.

Subo al helicóptero pensando en lo irónica que puede ser la vida cuando se lo propone. Yo que odio volar con todas mis fuerzas, parece que no puedo estar más de doce horas con los pies en tierra…

No sé cuánto ha durado el vuelo, mi concentración ha estado en no vomitar ni marearme durante el trayecto que se me ha hecho eterno, aunque el reloj me confirma que he estado por los aires menos de una hora.

Tan siquiera sé dónde estoy porque he sido incapaz de mirar por la ventanilla.

Lo que sí he hecho, para mi desgracia, ha sido intentar seguir leyendo los informes que llevo encima, esos que no tuvimos tiempo de revisar en el apartamento.

Sigo mirando los papeles, leyendo una y otra vez la conexión de un apellido con todo lo ocurrido y me digo que no pueden ser los mismos, ellos no.

—Señorita, debe bajar, la están esperando —me insta el piloto.

De forma automática, intentando procesar la nueva información que poseo, bajo del aparato, observando el coche que aguarda a unos metros de nosotros.

La puerta trasera se abre y mis pies se clavan al suelo.

—Señorita Benet, acompáñeme —saluda el señor Case con una perfecta sonrisa de victoria.

Veo como el comandante Cortez me dice adiós desde su cabina con un gesto de mano y una sonrisa amable.

—Quiero ver a Nathan. Tome la mochila y déjenos libres.

—Lo siento, señorita, esto es algo más complejo que eso. Le llevaré con su novio y puede que se sorprenda…

Algo dentro de mí me grita que no voy a salir viva de esta situación, que toda esta farsa sobre la salud de Nathan no es más que eso, una mentira cuidadosamente tejida para controlarme.

El miedo se apodera de mis entrañas, pero también surge una rabia feroz que me impulsa a actuar.

Sin pensarlo, giro sobre mis talones y, con toda la fuerza que puedo reunir, lanzo una patada directa a sus testículos.

El sonido sordo de su cuerpo encogiéndose de dolor resuena en mis oídos mientras echo a correr, con el helicóptero como única esperanza.

Mis pasos rápidos se pierden entre el sonido del aparato que ya ha alzado el vuelo.

Miro con impotencia, y los pies fijados al suelo, como mi única esperanza ya es inalcanzable.

A mi espalda, escucho su inconfundible voz, temblorosa pero amenazante:

—No debería haber hecho eso…

Al mismo tiempo siento un agudo pinchazo en mi cuello. Todo se vuelve borroso, los colores se difuminan y la oscuridad me engulle por completo.

—Despiértala. Me da igual si tienes que abofetearla mil veces.

La voz de una mujer llega como un eco amortiguado, he debido de recuperar la conciencia hace unos minutos, sin embargo, es tal la pesadez que siento en los párpados y la magnitud del dolor de cabeza que he sido incapaz de abrir los ojos para enfrentarme a lo que sea que me depara el destino.

Continúo estática, aunque sé que no puedo quedarme así eternamente, por lo que me armo de valor, comprobando que la conversación que escucho está sucediendo al otro lado de una puerta. La mujer sigue hablando con un tono autoritario que haría estremecer al mismísimo Hitler.

—La quiero en mi despacho en diez minutos y, por tu bien, espero que lo haga comprendiendo lo que está en juego.

Ya me has fallado demasiado, no me hagas cuestionarme tu valía una vez más, no te conviene.

Tu padre siempre ha visto más en ti de lo que creo que mereces, hoy es el día en que podrás hacer que le dé la razón.

Intento procesar lo que escucho pues esta voz femenina no puede pertenecer a quien creo que lo hace.

—Descuide, madre, la amenaza que su familia ha supuesto durante generaciones terminará con ella.

Procuro darles sentido a las palabras. De forma rápida, observo dónde me encuentro y la verdad me golpea con la fuerza de un huracán imparable, arrasando todo a su paso y dejándome sin refugio.

Me hallo en el dormitorio de Nathan, un lugar que siempre me pareció sacado de otra época.

Aunque estamos en pleno siglo xxi , el ambiente sigue siendo de tiempos pasados.

Los muebles de madera oscura, las lámparas de cristal tallado y las cortinas pesadas en tonos dorados le dan un aire clásico que se siente ajeno a la modernidad que reina fuera de estas paredes.

Mi suegra siempre decía que todo esto representaba los valores y la calidad de antaño, algo que se había perdido en el mundo actual, donde lo que más importaba era la apariencia y la superficialidad.

Me acuerdo de sus palabras mientras observo la habitación, la misma que compartí con Nathan en las dos ocasiones que hemos estado aquí juntos, en la casa de recreo de su familia. Ahora sé que estoy en Lymington.

Recuerdo la primera vez que llegué aquí, un pueblo que siempre pareció anclado en un pasado lejano, negándose a adaptarse a los cambios, con sus calles empedradas, casas de ladrillo rojo y el mar en el horizonte como si quisiera envolverlo todo.

Un lugar donde las familias adineradas aún se paseaban por la playa con séquitos completos siguiéndoles, serviciales y silenciosos.

El aire fresco del mar se mezclaba con el aroma de la brisa salada y el sonido de las olas rompiendo suavemente contra los acantilados.

Fue aquí, hace dos veranos, al poco de comenzar mi relación con Nathan, cuando su familia me invitó a pasar unos días con ellos para conocer mejor a la mujer por la que el primogénito de la familia había cerrado oficialmente la puerta a volver a vivir en Inglaterra.

Recuerdo especialmente el día que jugamos al croquet.

Yo, que nunca había sostenido un mazo en mi vida, decidí lanzarme a la aventura.

No pude evitar reírme mientras intentaba golpear la bola con precisión; más bien la empujaba de forma desastrosa, logrando que todos me miraran entre sorprendidos y divertidos.

Nathan, siempre paciente, trató de enseñarme las reglas básicas, no obstante, cada vez que lo intentaba, la bola parecía tener voluntad propia, desviándose completamente del objetivo.

Me reí de mi torpeza mientras su madre, con una mirada divertida, comentaba que el croquet era un deporte de gracia y paciencia.

La puerta se abre arrancándome del pasado, cierro los ojos, esperando que piense que sigo inconsciente. Tiemblo al sentir el peso de un cuerpo posarse junto a mí, sentándose en el filo de la cama. Una mano me acaricia el pelo, a la par que unos susurros atraviesan mi alma.

—Helena, preciosa y entrometida Helena, todo hubiese sido distinto si me hubieras elegido a mí. Habría hecho desaparecer las pruebas y todo sería perfecto, tú serías mía y él nunca hubiese entrado en escena…

No puedo evitar temblar ante su contacto, quiero gritar, pelear y huir, pero siento que ahora mismo mi cuerpo no me respondería a la velocidad que me hace falta. Su voz suena más cerca de mi oído, siento su aliento a escasos milímetros de mí.

»Los dos sabemos que estás consciente, abre tus preciosos ojos, tenemos que hablar.

Sabiéndome descubierta, obedezco, clavándole una mirada asesina hasta al que hace poco consideré parte de mi familia.

—Martin…

—¿Sorprendida? Será mejor que tomes algo y te espabiles, tienes que ir a ver a mi madre y odia la impuntualidad.

Señala un vaso de zumo que reposa sobre la mesilla de noche.

—Ni loca tomo algo que venga de vuestra parte. Y avisa a tu señora madre que puede esperar sentada, no pienso moverme de aquí.

—Si quieres volver a ver a mi querido hermano estoy convencido de que serás obediente y escucharás con atención. Y tranquila, no lleva nada, te necesito fresca. El zumo hará que metabolices más rápido lo que queda de sedante en tu organismo.

No sé en quien confiar, ni si Nathan está metido en todo esto y me ha engañado desde el día que nos conocimos, como estoy convencida que lleva haciendo su hermano.

Sin embargo, el amor que siento hacia mi inglés me obliga a beberme el contenido de un trago, sentarme en el borde de la cama imitando a Martin y preguntar:

—¿Sabías quién era desde el principio?

—Pues claro, mi familia lleva vigilando vuestro linaje generaciones, deberías dar gracias a que tu bisabuela hizo una jugada maestra, de no ser así te aseguro que nunca hubieses llegado a nacer…

Mi abuelo no tenía tantos miramientos a la hora de quitar personal rebelde de en medio.

No obstante, estás de suerte, a mí no me interesa hacer daño a nadie, solo cerrar un capítulo oscuro del pasado de mi familia y seguir construyendo un futuro limpio, para eso necesito destruir todas las pruebas de ese pasado, digamos turbio —hace una pequeña pausa para mirarme a los ojos—, sin contar con que cada vez es más difícil tapar un crimen…

Pese a su intento de sonar inocente, su mirada cambia, adquiriendo un brillo depredador, algo casi animal, mientras un amago de sonrisa se curva en sus labios, tan calculadora como inquietante.

Intento entender qué tiene que ver la familia Digby en todo lo ocurrido, el padre de Nathan siempre me pareció un tipo serio y algo encorsetado, pero pensar que él y su mujer tuvieron algo que ver en la muerte de mis padres y han estado conviviendo conmigo como si nada, me revuelve el estómago.

—Mis padres… —siseo sintiendo la bilis arañando mi garganta.

—En realidad, eso fue un lamentable accidente, si tu madre no hubiese mantenido a Luis al margen de ciertos descubrimientos, él hubiese cumplido con lo pactado y hubiesen vuelto junto a ti.