Capítulo 29 #2
Muestra un documento en el que se menciona que Elmsworth desapareció misteriosamente investigando al grupo, intentaba conseguir pruebas que les relacionaran directamente con todo lo ocurrido. Nunca se supo si le silenciaron con dinero o si le hicieron desaparecer para siempre.
Derek, inundando cada palabra de rabia, continúa hablando:
—Algo debió de ocurrir para que mi tatarabuela dejase de investigar, olvidando todo hasta que murió y mi bisabuelo descubrió la verdad sobre su padre, llevándole a morir a manos de estos cabrones.
Sigo sin entender cómo un grupo de personas se han pasado décadas o siglos ocultando sus crímenes sin que nadie les haya parado. Aun así, expongo lo más obvio.
—Puede que tras la desaparición del investigador se asustase, pensando en que podrían descubrirla.
Mira lo que ocurrió décadas después a mi bisabuela o a mi madre, ¡o míranos!
, estamos huyendo desde hace días. No sé si esa hermandad de delincuentes y asesinos ya no existe como tal, pero está claro que miembros actuales de estas familias están dispuestos a todo por seguir manteniendo su legado intacto.
Todo lo que ocurrió a bordo del Titanic fue un sacrificio calculado que les permitió eliminar a importantes figuras progresistas estadounidenses y europeas que viajaban a bordo, personas que representaban una amenaza para su dominio económico.
Aquí dice que la naviera iba a declararse en banca rota, y Edward Blackwood actuó como agente financiero, comprando el 60% de los bonos de la empresa unos meses antes del naufragio.
Me juego el cuello a que las familias detrás de esa compra son los Cavendish y compañía.
—¿Hundieron un barco de millones solo para matar gente?
—No solo por eso. Gracias al cobro del seguro desorbitado que le hicieron al Titanic, la naviera siguió operando. Si lo pensamos fríamente fue magistral. Hundieron un barco que ya había perdido su valor y estaba abocado al desguace, y siguieron operando con el Titanic durante años.
Busco en internet fotografías de ambos barcos.
—Fíjate, ¿crees que alguien repararía en las pequeñas diferencias estructurales como el tipo de cubierta o la distancia de las ventanas?
Eso es algo que la gente ha estudiado después, pero realmente ¿quién puede saber cuál es el Olympic o el Titanic si no es por el nombre que pone en el casco?
En realidad, el Titanic se guardó como un secreto, así que quien no hubiese visto los dos barcos no podría apreciar las diferencias.
Solo tuvieron que cambiar el nombre y replicar en el Olympic el Café Parísien, lugar que sí publicitaron como mejora en el Titanic frente a su hermano mayor, algo tan sencillo como trasladar los muebles y el decorado de un barco a otro, y quien no supiese del engaño, no sabría que aquello había ocurrido.
—Lo que me parece increíble es que debieron silenciar o involucrar a muchas personas.
—Piensa que en aquella época todos los trabajadores soñaban con cosas tan básicas como un médico, una casa con luz o un dinero extra.
Y esta gente era la más rica del país… Más rica y más poderosa después de esto, porque combinando el cobro del seguro con la manipulación del mercado tras la tragedia, cimentaron su control sobre sectores clave como el armamento y la banca internacional —aclaro, uniendo todas las investigaciones en mi mente.
—Bien, vamos a comer algo, después volvemos y nos dedicaremos a investigar la descendencia de esa gente. Tenemos los nombres en la lista de embarco, no nos tiene que ser muy difícil hacer una cronología hasta nuestros días. Cuando lo tengamos todo, avisaré a Nate, para que empiece con la difusión.
Nathaniel Breckenridge, o simplemente Nate, como insiste en que lo llamen, no es solo un periodista; es el tipo de persona que parece cargarse al hombro las injusticias del mundo.
Aunque para Derek, siempre será el amigo que se metía en problemas por defender lo que consideraba justo.
Se conocen desde que eran niños, desde esas tardes en que corrían por las calles que los vieron crecer, soñando con cambiar el mundo.
Pese a que la vida los llevó por caminos laborales diferentes, siempre encontraron la manera de mantenerse en contacto.
Cada reencuentro era como si no hubiera pasado el tiempo: conversaciones inagotables, recuerdos que revivían entre risas y planes que nunca dejaban de ser ambiciosos, con la promesa perenne de que algún día, juntos lograrían algo grande.
Ahora, ese momento parece haber llegado.
Nate no está metido en nuestro plan por casualidad; está porque Derek confía en él más que en nadie.
Sabe que su amigo no solo tiene el talento para exponer la verdad, sino también el valor para enfrentarse a las consecuencias.
El artículo que me mostró de 2008, con el que el nombre de su amigo resonó en cada rincón de los círculos de investigación conspirativa, es la prueba de que se atrevió a desafiar a una poderosa corporación petrolera —o a un político de fama mundial, según cómo reconstruyamos su historia—.
Su investigación desveló una red de corrupción que vinculaba decisiones políticas con el desastre ambiental de aquel año, y lo dejó marcado como enemigo público número uno de ciertos sectores.
Durante años, el vínculo entre Derek y Nate se ha mantenido firme, viéndose siempre que sus carreras lo permitieron, compartiendo triunfos y apoyándose en los fracasos.
Derek no lo dice, no obstante, sé que tener a Nate involucrado en esto, significa más para él de lo que deja ver. Es más que un aliado en esta causa; es un hermano de armas, alguien que comprende no solo los riesgos, sino también lo que está en juego.
Según Derek, para Nate, esta misión no es solo un acto de justicia; es también una forma de retribuir esa lealtad inquebrantable que siempre ha compartido con él.
Juntos son una fuerza que el mundo pronto conocerá.
Y de corazón espero que salga bien porque no podría cargar con más sentimiento de culpabilidad, si a alguien le ocurriese algo por lo que yo he continuado.
Ahora más que nunca comprendo las palabras de mi madre, debí hacer esto sola, sin embargo, también más que nunca, sé que sola no hubiese llegado hasta aquí.
Miro a Derek, comprendiendo que ahora mismo el peso de nuestro pasado en común es más fuerte que la incertidumbre del futuro.
—¿Dónde comemos? —pregunto cogiendo mi chaqueta, procurando alejar un mal presagio que de pronto se ha instalado en el centro de mi corazón.
—Vamos al restaurante de la esquina, brindaremos por el final que llegará en unas horas —responde, imitándome y cogiendo su abrigo.
Pese a su optimismo, yo no lo veo tan claro, esa gente lleva haciendo y deshaciendo a su antojo, mínimo cien años, sin que nadie les ponga freno.
¿Cuántas personas más han sido amenazadas o silenciadas a lo largo de este tiempo?
Esa es la pregunta que más me inquieta en este momento, sin embargo, decido que necesito despejar la mente un rato, tengo tal cantidad de información ahora mismo circulando por mi intelecto, que estoy convencida de que un dato más me hará colapsar.
Es un poco tarde para comer y el camarero del restaurante más cercano al apartamento nos indica que la cocina está cerrada, no obstante, nos asegura que pueden prepararnos unos platos combinados si nos parece bien.
Aceptamos, tomamos asiento y charlamos de Ava y nuestras familias durante un rato, hasta que un hombre inglés entra en el local y su parecido con Nathan me rompe el alma.
Pese a lo que pueda parecer, no dejo de pensar en él ni un solo instante, pero no puedo permitir que su recuerdo y la tristeza controlen mi mente o no seré capaz de dar un solo paso en ninguna dirección, necesito aferrarme al odio y la venganza para llegar hasta el final.
Agobiada por el recuerdo de su sonrisa y sus besos, me excuso para ir al baño.
Dentro de uno de los tres cubículos que hay para mujeres, me tomo un par de minutos para serenarme, obligándome a prometer que lloraré cuando todo acabe, no ahora, ahora no, me digo una y otra vez.
«Ahora voy a luchar porque tu muerte no haya sido en vano, ellos pagarán, mi amor, te lo prometo».
Seco las pocas lágrimas que no he conseguido encarcelar y salgo a refrescarme el rostro con intención de volver a la mesa. Una chica joven de grandes ojos verdes, vestida de forma informal, entra, me mira y pregunta.
—¿Señorita Benet?
Su interrogante me pilla totalmente de sorpresa, haciéndome callar un par de segundos. Finalmente contesto:
—Sí, soy yo. ¿Nos conocemos?
—Esto es para usted —responde, dejando un móvil sobre la encimera junto al lavabo.
Sin darme tiempo a reaccionar sale de forma presurosa por la puerta.
Mi intención de perseguirla se ve interrumpida por la vibración del aparato.
Mi mitad sensata me dice que no lo coja y salga corriendo, mientras mi otra mitad me asegura que si son ellos saben perfectamente dónde estamos.
Pienso en la seguridad de Derek y descuelgo.
—Señorita Benet, es usted toda una caja de sorpresas y una mujer con más recursos de lo que imaginé.
—Al parecer usted también —respondo, jamás olvidaré esa voz que me perseguirá en sueños—. ¿Qué quiere de mí, señor Case?
—Lo sabe muy bien, la investigación completa.
—Voy a llamar a la policía y no podrá hacer nada para impedirlo.
—Si quiere que su amigo, ese que está tomándose un café ajeno al fusil que le apunta desde el otro lado de la calle, vuelva a ver a su familia, no hará tal cosa.
En ese momento, una fotografía llega al terminal. Me obligo a despegar el móvil de la oreja, sintiendo la forma en que toda la sangre parece haberse escapado de mi cuerpo, al observar una fotografía de Ava hecha a larga distancia. Pronto comprendo que posiblemente desde un dron.
—No les hagáis daño —suplico.