A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 29
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Capítulo 29

D erek se inclina, observando el símbolo con detenimiento.

—Espera, lo he visto en algún otro sitio —afirma con la mandíbula tensa.

Revuelve los papeles sin hallar lo que busca, al tiempo que yo aclaro:

—En esos no están, los he repasado. Solo lo he visto aquí. —Señalo la hoja que tengo en mi mano y el diario de Catherine.

Derek coge el folio, abre el buscador de internet y comienza a teclear de forma mucho más rápida de la que pensé que tenía capacidad. Encuentra el símbolo a los pies de la noticia que leímos sobre los Blackwood.

—Es un artículo sobre una hermandad secreta, el Consejo de Ébano, con la que se relacionó a familias como los Blackwood o los Cavendish. Aunque se consideran conjeturas sin pruebas, por eso está aquí, en la sección de sensacionalismo —explica.

Asiento, pues reconozco que no me había fijado en la parte inferior de la web, en donde en miniatura vienen los titulares de otras entradas, imagino que con algo de relevancia en la que estás.

Derek pincha sobre la fotografía del artículo «El enigma del Consejo de Ébano, ¿un grupo secreto o una sombra en la historia británica?», nada más y nada menos que un dibujo de este sello que estamos estudiando, y leemos:

«El enigma del Consejo de Ébano, ¿un grupo secreto o una sombra en la historia británica?

A lo largo de los siglos, han surgido numerosas historias sobre sociedades secretas que controlan las altas esferas del poder en Inglaterra, pero ninguna tan misteriosa como la del Consejo de Ébano.

Este supuesto grupo, formado por algunas de las familias más influyentes de la nación, habría dedicado siglos a mantener su dominio sobre la política y la economía británica, utilizando métodos que iban desde la persuasión hasta el sabotaje.

Un símbolo sellado en la piel.

Los rumores señalan que cada miembro del grupo llevaba grabado en la piel un blasón secreto: un roble seco, cuyas raíces entrelazadas abrazaban una roca oscura.

Este símbolo representaba el poder ancestral del grupo, con el roble como emblema de su linaje inamovible y las raíces como su influencia subterránea.

La roca negra, según se cree, aludía a la piedra angular de su propósito: salvaguardar el orden social frente a cualquier cambio que amenazara sus privilegios.

El Incidente de Ashridge

Uno de los episodios más oscuros atribuidos al Consejo de Ébano es el llamado Incidente de Ashridge en 1905.

Una empresa ferroviaria, liderada por un empresario progresista que había defendido mejores condiciones laborales, vio cómo un deslizamiento de tierra destruía parte de sus vías principales.

El desastre, oficialmente atribuido a una falla geológica, paralizó su expansión y sumió a la compañía en una crisis financiera insalvable.

Se especula que el colapso no fue un accidente, sino un sabotaje planeado por el grupo para evitar que este «nuevo rico» ascendiera al mismo nivel que las familias de abolengo.

El ocaso del grupo

Se cree que, con el avance del siglo xx , la influencia del Consejo de Ébano comenzó a desmoronarse.

Tras la Segunda Guerra Mundial, las nuevas generaciones de las familias fundadoras rechazaron las doctrinas anacrónicas de sus predecesores.

Algunos miembros incluso se habrían sometido a dolorosos procedimientos para borrar el tatuaje familiar, un gesto simbólico de ruptura con su pasado.

Hacia mediados de los años 50, el grupo habría desaparecido oficialmente, dejando tras de sí una estela de teorías y secretos que nunca se han llegado a probar.

La línea entre mito y realidad

Pese a la falta de pruebas tangibles, la leyenda del Consejo de Ébano sigue cautivando a los aficionados de las conspiraciones.

Foros en línea, libros y artículos sensacionalistas alimentan la idea de que este grupo fue una fuerza invisible, capaz de moldear el destino de la sociedad británica durante más de un siglo.

Si bien, su existencia no está documentada, las historias de poder, intriga y manipulación que lo rodean sirven como un recordatorio de que, en ocasiones, la realidad puede ser tan fascinante como la ficción.

¿Fueron los líderes del Consejo de Ébano guardianes de un antiguo orden o simples villanos de una narrativa creada por el tiempo? Es un misterio que probablemente nunca se resolverá».

Al finalizar de leer, ambos opinamos lo mismo. Pese a no haber pruebas sólidas todo lo descrito en el artículo encaja con nuestra línea de investigación.

Seguimos leyendo, es increíble la cantidad de información que nuestros antepasados guardaron, me pican los ojos, preciso descansar, pero también necesito encontrar alguna prueba que no sea meramente circunstancial, y, sobre todo, me urge saber qué ocurrió con el Titanic, pues hasta ahora no hemos encontrado la relación.

Voy a la cocina donde preparo café y me mojo la nuca bajo el grifo para espabilarme. Volviendo con dos tazas, Derek me mira y asegura:

—En un rato bajamos a comer al restaurante de la esquina, no podemos alimentarnos a base de cafeína.

Tiene razón, es nuestra cuarta taza esta mañana.

Cada uno cogemos una de las dos últimas subcarpetas que quedan por revisar y nos enfrascamos en la tarea.

Poco después, mientras leo, mis ojos no dan crédito a lo que estoy descubriendo. Sin medir mi fuerza, doy un manotazo en el brazo de Derek.

—¡Lo tengo! ¡Qué hijos de mala madre! ¡No te lo vas a creer!

Me mira expectante, mientras yo intento comprender las implicaciones sociales, morales y criminales de lo que hay entre mis manos.

—¡Helena! —exclama invadido por la impaciencia.

Tomo aire, sintiéndome como si estuviera a punto de soltar una bomba. En realidad, eso mismo voy a hacer…

—El Titanic jamás se hundió, fue desguazado en 1935.

—Eso no tiene ninguna lógica —me interrumpe—, hay testigos, todas esas muertes…

—En realidad tiene todo el sentido del mundo. Yo no he dicho que no se hundiese un barco la noche del 14 de abril de 1912. Lo que digo es que no fue el Titanic. ¿Nunca has oído hablar de sus hermanos? ¿El Olympic y el Britannic?

—¿Dieron el cambiazo? —Asiento—. ¿Por qué?

—Por lo mismo que regía el mundo cien años antes y lo sigue haciendo un siglo después, las ansias de poder y dinero del ser humano.

Según esta documentación, el barco que pereció en el Atlántico fue el Olympic, el gemelo más antiguo.

Si lo pensamos con detenimiento fue una jugada maestra. Mira esta lista.

Le entrego un documento en el que se detalla todas las personas que perecieron en primera y segunda clase, con notas al lado.

—¿Ves esta familia? Nuevos ricos gracias a la importación de productos americanos. Su hijo iba a presentarse a ministro. —Señalo otra anotación—. Los Davenston, murieron el padre y el heredero, una familia que abogaba por los derechos de los trabajadores.

Seguimos revisando la lista, comprobando que al lado de muchos de los nombres hay una nota que dice: No subió a bordo. Entre aquellos nombres, uno en particular capta mi atención, lo señalo y aseguro:

—Herbert Cavendish, el padre de Catherine. Todas las familias más antiguas y con mentalidad conservadora, que compraron billetes, o no llegaron a subir a bordo o son de las personas que sí se salvaron en el hundimiento. No puede ser casualidad.

—Lo que no entiendo es cómo consiguieron hundir un barco de semejante calibre, de forma premeditada —murmura Derek, aunque su tono revela que está procesando la información.

—Espera —pido, leyendo las siguientes páginas de la carpeta, sintiendo sus ojos sobre mí, clavados de forma insistente.

El tamborileo de sus dedos sobre la mesa me obliga a leer a toda velocidad.

—¿Algo? —preg unta aferrando los papeles que sostengo por una esquina, dispuesto a tirar de ellos y seguir leyendo.

—¡Impaciente! Lo tengo, escucha. —Mi voz se vuelve más firme—.

Apuesto mi vida a que la conexión entre todas las familias implicadas en el hundimiento es que pertenecían al Consejo de Ébano, es quien está detrás, y según este testimonio tuvo infiltrados.

Según pruebas recopiladas por el detective privado Jonathan Elmsworth, contratado en 1914 por tu tatarabuela, se confirmó que el hundimiento del barco fue facilitado desde el interior por Oscar Haversham, un tripulante que trabajaba como asistente de maquinista.

Elmsworth descubrió documentos y testimonios que conectaban a Haversham con los Cavendish o los Blackwood, familias que sabemos que pertenecían a la hermandad.

»Según este informe, Haversham habría sido manipulado para ejecutar la operación, recibiendo la promesa de que su hermana enferma, Agnes, recibiría tratamiento médico exclusivo y una sustanciosa compensación económica.

El detective presentó pruebas contundentes, incluyendo cartas intercambiadas entre Haversham y un agente identificado solo como «H», que actuaba en nombre de ese grupo clandestino.

—Debemos averiguar cómo saboteó el barco —asegura Derek, sabiendo igual que yo que estamos cada vez más cerca de la verdad.

Divido los siguientes documentos de esta carpeta en dos tacos de similar grosor, le tiendo uno y comenzamos a leer en silencio. Un rato después, dando un nuevo manotazo en su brazo, grito:

—¡Aquí está! Esta carta detallaba instrucciones precisas para facilitar el daño estructural del buque en un momento crucial del viaje, algo que sería relativamente fácil por esto…

Le muestro un informe fechado dos meses antes del naufragio en el que se especifica que el Olimpic y el Titanic estuvieron en el mismo astillero. El primero para que reparasen unos daños en el casco y el segundo para ultimarlo antes de botarlo.

—¿Crees que aprovecharon para debilitar el casco y dar el cambiazo? —pregunta exponiendo la misma inquietud que me ha asaltado a mí, aunque para la que ya no tengo dudas.

—Sí, es exactamente lo que ocurrió. Lo que no llego a comprender es por qué, si tenían todas estas pruebas dos años después del hundimiento, no lo denunciaron.

—Para eso tengo yo la respuesta —responde, enseñándome el informe que está leyendo—. Por esto…