Capítulo 27
—¿T u abuelo buscó a mi bisabuela? —pregunto comprendiendo aquello que ponía en el diario «Derek tiene las respuestas».
—Sí —responde dejándome asimilar cada palabra escuchada.
—¿Y fue él quien te entregó la investigación?
—No, fue mi padre poco antes de morir, ya te lo dije.
—Sí, pero veo que vas dándome información a cuentagotas y puedo asegurar que te conozco lo suficiente para saber que me ocultas algo importante.
Derek me mira con la palabra culpabilidad pintada en su rostro. Se coloca frente a mí, y algo me dice que su confesión lo cambiará todo.
—Helena, hay algo que no comprendes… El día que mi abuelo me contó su relación con Juana, traía un periódico en la mano, un diario que relataba la muerte de dos turistas españoles al salirse su vehículo en una carretera a las afueras de Londres… era 1998.
El silencio se instala entre nosotros, quiero preguntar tantas cosas y a la vez no quiero hablar de este tema, que no sé qué hacer. Derek, agarrándome las manos, hace que vuelva a mirarle.
—Creo que mi abuelo siempre estuvo al tanto de vuestra vida, tenía informes vuestros que siempre le traía el mismo despacho de detectives privados.
Cuando mi padre enfermó, me contó que, tras aquel estallido, mi abuelo le hizo partícipe de toda la verdad, dándole la llave de la caja y haciéndole prometer que te protegería, al igual que yo se lo prometí a mi padre hace dos años.
—¿Has vivido en Barcelona desde entonces, por mí?
—No, en esa parte te mentí, evitando contarte que tras la muerte de mi padre no podía desentenderme de Ava, lo pasó muy mal, ellos estaban muy unidos, por ello, contraté a un investigador privado de allí que me mantenía al tanto de tu vida y la de tu abuela.
Cuando Emma murió, un abogado te visitó en el trabajo y la conexión entre su empresa y una visita que hizo tu madre antes de morir, dato que yo tenía por los informes de mi abuelo, esos que todavía están aquí, fue lo que me dijo que algo estaba cambiando, ahí sí decidí irme a Barcelona, para seguir tus pasos…
—Y te vi en Ona Bank…
—Exacto.
—¿Y tu formación rollo espía?
—Desde que supe lo ocurrido con mi abuelo y tu bisabuela, algo me decía que yo sería una pieza clave en esta partida de ajedrez, por lo que comencé a tomar clases de defensa personal, me saqué una licencia de armas, aprendí de ciberseguridad…
—Señor, deben irse, el coche ya está preparado.
La voz de Carlo nos ha sobresaltado a los dos. Con el mismo sigilo que ha entrado vuelve a salir del despacho. Recogemos en silencio y nos disponemos a marcharnos.
Desciendo las escaleras tras Derek, abajo, Carlo aguarda con una pequeña maleta.
—Tome, espero que vuelvan pronto. —Se acerca a mí, sonríe y asegura—: Recuerde, señorita Benet, la verdad siempre encuentra su camino. Solo es cuestión de tiempo.
Hay algo en él que me desconcierta, pero seguir preguntando solo hará que mi cerebro colapse con tanta información.
Tras despedirnos y montarnos en el coche, repaso nuestros siguientes pasos.
Derek ha alquilado un piso, en donde podremos organizar la información, uniendo la investigación de su abuelo y mi madre, para asegurarnos, que si todo sale como esperamos, esta noche no haya nadie en toda la faz de la tierra que no sepa lo que ocurrió hace casi cien años.
En este momento, con el coche dirigiéndose de nuevo hasta Londres, caigo en la cuenta de que mañana hará un siglo que zarpó el Titanic y me parece casi poético acabar con todo justo hoy, pues si nuestro plan sale bien, mañana nuestra investigación estará en cada ordenador, televisión y periódico del mundo.
Tras un recorrido de algo más de media hora, en el que los dos nos mantenemos sumidos en nuestros pensamientos, llegamos al barrio de Stratford, al este de Londres.
Me sorprendo al ver las calles llenas de actividad, con jóvenes apresurados hacia las estaciones de metro, familias que hacen compras tempranas en pequeñas tiendas y trabajadores que se mezclan en el bullicio matutino.
Los edificios de pisos, modernos en su mayoría, se alinean a ambos lados de las amplias aceras, creando una atmósfera cosmopolita donde la multitud y el constante movimiento hacen sencillo perderse entre la marea de gente.
Miro a Derek, quien me confirma mis sospechas:
—Aquí será fácil pasar desapercibidos.
Tras aparcar, me guía hasta uno de los edificios, subimos al ascensor hasta la cuarta planta.
Allí nos recibe un pequeño apartamento, funcional y acogedor.
No me detengo a mirar demasiado dónde estamos, en realidad, solo estaremos aquí un par de días, hasta que todo acabe, sin embargo, al acercarme al baño y observar que hay una única habitación, echo un vistazo rápido al resto del lugar.
Una sala principal combina salón y cocina americana, con un sofá gris frente a un televisor montado en la pared y una pequeña mesa de comedor junto a una ventana que ofrece vistas a los edificios vecinos.
Las paredes son blancas, con algún cuadro moderno que añade algo de color, y el suelo de parqué da calidez al espacio.
El dormitorio minúsculo que ya había visto y un baño compacto completan los menos de cuarenta metros que debe tener.
—Tranquila, el sofá es cama, dormiré aquí —aclara sin que yo abra la boca.
A cada minuto que permanecemos juntos, comprendo que Derek es una persona intuitiva y observadora, a la que le gusta anticiparse a todas mis preguntas.
Asiento, sentándome en el sofá y sacando toda la documentación que hay en mi mochila. Él me imita, entregándome un dosier que aguardaba dentro del maletín.
Durante tres horas, leemos los informes, las pruebas y la lista de familias que, según mi bisabuela y el abuelo de Derek, estaban involucradas en esta conspiración.
Extiendo sobre la mesa los documentos que llevamos horas revisando y los ojos de mi compañero arden con una mezcla de incredulidad y furia. Mis dedos tiemblan ligeramente al señalar un sello en la esquina inferior de una página: un roble seco, cuyas raíces entrelazadas abrazan una roca oscura.
—Esto lo he visto antes, espera. —Saco el diario que perteneció a Catherine Cavendish y lo abro por la contraportada, en donde ese mismo sello está dibujado con carboncillo.