A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 26
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Capítulo 26

Juana observó cómo la camarera accedía a la habitación. Cerró la puerta tras ella, y se volvió hacia Bianca Turner, una joven de veinticinco años que había entrado para cambiar las sábanas.

—Si la vida de una niña estuviera en juego, ¿ayudarías a su abuela a salvarla? —preguntó Juana conteniendo el llanto, extendiendo un fajo de billetes y una fotografía.

Bianca se quedó paralizada, confundida tanto por la pregunta como por la intensidad en los ojos de aquella mujer. Observó la imagen: una niña con grandes ojos y una sonrisa que le recordó a su propia hija, Clarisa.

—No puedo arriesgarme. Si pierdo este empleo, mi hija…

Juana la interrumpió, aferrándose a su brazo sin importarle mostrar su desesperación.

—Si me ayudas, te prometo que no tendrás que preocuparte nunca más. Un hogar, un empleo bien pagado y la mejor educación para tu hija. ¡Te lo juro!

Bianca, que había aprendido a sobrevivir con más ingenio que confianza, analizó la situación.

Desde que se dejase engatusar por un mal hombre que se largó llevándose sus pocos ahorros y dejándole una barriga de seis meses, solo le habían llovido desgracias.

La única cosa que la mantenía con algo de esperanza era la sonrisa de su pequeña de cuatro años.

Uniendo su precaria situación a la desesperación, que no parecía fingida, de aquella desconocida a la que había visto el día anterior con esa niña sonriendo y comiendo una manzana de caramelo en la cafetería del hotel, pensó que no tenía mucho que perder. Finalmente, asintió con cautela.

—Dime qué necesitas.

Juana dejó escapar un suspiro de alivio antes de detallar el plan.

Necesitaba cambiar de apariencia y salir del hotel sin ser reconocida.

Bianca, aprovechando su acceso a las áreas de servicio, recolectó una peluca, ropa masculina y un abrigo negro del cuarto junto a la lavandería en donde se iban apilando objetos perdidos y olvidados por los huéspedes.

Regresó a la habitación con todo oculto entre las toallas del carrito de limpieza.

Trabajaron juntas en silencio. Bianca demostró una sorprendente habilidad al improvisar un bigote con cabellos de la peluca, asegurándose de que Juana pareciera un hombre común y corriente.

—Nadie buscará a una mujer vestida así —aseguró la camarera, ajustándole el abrigo.

Antes de ocultarse entre las toallas del carrito, Juana metió en su bolso documentos cruciales y el diario donde había registrado todo lo descubierto, cogió la maleta más pequeña que llevaron al viaje y mirando a Bianca con gratitud, explicó:

—Todo lo que se queda aquí es tuyo, empéñalo. Y recuerda esto: «Ve más un águila en el cielo que cien topos en la tierra». Será la respuesta que deberás dar en su debido momento.

—¿A qué pregunta?

—Tranquila, lo sabrás.

Bianca asintió, y con un nudo en la garganta, empujó el carrito hacia la salida de servicio.

Cada paso era un riesgo. En los pasillos, pasó junto a dos hombres trajeados que llevaban leyendo un periódico desde que ella empezase su turno.

Saludó con naturalidad a otros empleados y logró llegar al callejón trasero sin incidentes.

La camarera ayudó a la mujer a salir del carro, sacó de la parte de abajo la pequeña maleta y aseguró:

—Te deseo toda la suerte del mundo.

Juana recorrió las calles de Londres con un ritmo frenético, tomando rutas laterales y mirando constantemente por encima del hombro.

Los documentos que llevaba en su bolso eran el fruto de años de investigación.

Pruebas de corrupción, nombres, fechas, una verdad que podía derribar a políticos de altos cargos ingleses.

Llegó al domicilio de Derek, ese hombre que dos años atrás comenzó una cruzada para vengar la muerte de su propio padre; cruzada que le llevó hasta la mismísima puerta de Juana Clark, pues su pasado y sus enemigos estaban íntimamente ligados.

Derek la recibió con el rostro endurecido por la preocupación, pues aquella visita no era parte del plan. Juana le entregó los documentos.

—Protégelos como si fueran tu vida —le dijo con la voz quebrada—.

Nadie sabe de nuestra relación y debe seguir así, mientras yo viva no podremos acabar con ellos, pues ellos siempre han estado un paso por delante, y si descubriesen quién soy en realidad tengo por seguro que acabarían con todos nosotros.

Ahora no es nuestro momento, pero te prometo que un día llegará.

Ahora debemos aguardar, con la misma paciencia que lo hicieron ellas.

—No, este es nuestro momento —replicó el hombre.

—Tienen a Rosa y Emma…

Derek no necesitó escuchar más.

—En Eaglethorn la verdad estará a salvo, aguardando de igual forma que los últimos cincuenta años —aseguró, guardando los documentos.

—Haré una última parada para asegurarme de que si me siguen no te encuentren y también para garantizar que alguien, algún día, pueda seguir nuestros pasos. En cuanto las recupere volveré a Argentina. Si no te llamo en tres horas, entrégale la investigación a Whitmore.

Emocionados se despidieron, pues sabían que pasara lo que pasase jamás volverían a verse.

Juana, con su aspecto transformado, llegó al banco en el que sabía le podrían alquilar una caja fuerte en el momento.

Había elegido ese lugar porque era un hecho que su personal mantenía una estricta política de privacidad.

Nada más entrar se dirigió a los aseos, en donde sacó un vestido, unos zapatos y algo de maquillaje, volviendo a vestirse de mujer.

Con su aspecto acorde a la fotografía de su documento de identidad, se acercó al mostrador en donde una secretaria le pidió que aguardase unos minutos.

Durante el tiempo que permaneció allí, terminó de escribir unas líneas en ese diario que siempre la acompañaba.

Esa pista que dejaría para algún descendiente que quisiese terminar lo que a ella le estaban negando.

Una vez la atendieron, alquilar una caja fuerte fue un proceso rápido, pero la tensión en su interior hacía que cada minuto pareciera eterno.

Estudió detenidamente cada esquina y a cada cliente, asegurándose de que nadie la seguía.

Una vez guardadas las pruebas en la caja, respiró hondo por primera vez en horas.

Salió del banco con una calma fingida, con su mente ya puesta en el siguiente paso.

Antes de bajar del taxi en el puente Richmond, dio instrucciones precisas al conductor. Al apoyar un pie fuera del vehículo, sintió que sus piernas flaqueaban.

«Tranquila, Juana, todo saldrá bien, hazlo por Rosa», se infundió valor, caminando hasta el punto indicado.

Al llegar, un hombre de aspecto fiero, con dos tipos guardando sus espaldas la esperaban, mostrando con disimulo las armas que llevaban en sus cinturones, tan solo por el placer de verla asustada.

Juana, procurando no mostrar su verdadero estado de temor, miró por encima de ellos hasta un camino en donde aguardaban dos coches, ambos con los cristales traseros tintados, algo que hasta hacía poco solo se veía en vehículos militares.

—Pensé que su jefe no tendría problemas a la hora de dar la cara.

—Denos la investigación o ellos morirán. —El tipo que llevaba la voz cantante, se giró hacia los vehículos.

Uno de ellos bajó la ventanilla trasera, dejando ver a Juana el rostro totalmente arrasado por el miedo de su hija.

Hubiese gritado, llorado e incluso suplicado, pero nada de eso serviría para liberar a su familia, por ello contuvo cada uno de sus impulsos y con impostada tranquilidad anunció:

—Tengo una propuesta. No os voy a entregar nada, vais a soltar a mi familia y vais a olvidaros de que existimos, de igual forma que yo me olvidaré de todo lo que ha ocurrido.

El hombre empuñó su arma y riendo, preguntó:

—¡Ja, ja, ja! Estúpida mujer, los derechos se os están subiendo a la cabeza. ¿Por qué crees que cederíamos a tal cosa pudiendo matarte aquí y ahora?

—Porque los imbéciles que tenían que seguirme desde el hotel todavía piensan que sigo en mi habitación y, si no hacéis lo que os he dicho y doy pruebas de vida dentro de unos minutos, el nombre de tu jefe, ese que está en ese coche de ahí, aparecerá mañana por la mañana ligado directamente al Consejo de Ébano, al naufragio del Titanic y a la venta de armas durante la guerra como titular a toda página The London Gazetteer .

Los hombres intercambiaron miradas. Juana no parpadeó ni retrocedió.

—No quiero guerra —continuó—. Yo no os persigo, vosotros os olvidáis de mi familia. Este es el trato. Y como tú no eres nadie para tomar decisiones deberías ir y hablar con tu jefe, el tiempo corre y quedan escasos minutos para que todo se ponga en marcha, tic tac, caballeros.

La madre de Emma, pese al terror que sentía en aquel momento, se enorgulleció de la frialdad que estaba aparentando.

El líder frunció el ceño, con un gesto pidió a sus hombres que la mantuviesen vigilada y anduvo hasta el primer vehículo.

La ventanilla trasera se abrió una cuarta parte, la mujer vio al matón cruzar unas palabras con la persona que aguardaba en el interior para después volver hasta ella y sentenciar:

—Está bien, una tregua de palabra que nadie del consejo romperá si no vuelve a pisar Inglaterra, ni usted ni nadie de su familia.

—De acuerdo.

Juana no confiaba en su palabra, pero había ganado tiempo. Con alivio, vio salir a su hija y su yerno con la pequeña Rosa en brazos, quien dormida, parecía ajena al revuelo organizado.

Alejándose del puente, una resolución se afianzó en su corazón: no volvería a poner en peligro a su familia, sin embargo, rezaría cada día de su vida porque la justicia terrenal o divina acabase con todos ellos.

En el avión rumbo a Buenos Aires, el silencio entre Juana y Emma era abrumador. Emma miraba por la ventanilla, con los brazos cruzados, mientras Rosa dormía profundamente en el regazo de su abuela, quien no había sido capaz de dejar de acariciarla desde que las liberaron horas atrás.

Juana, mirando a su hija, intentó encontrar las palabras correctas, pero cada vez que abría la boca, Emma la interrumpía con una mirada llena de reproche. Finalmente, esta última no pudo contenerse más.

—¿En qué estabas pensando, mamá? ¿Cómo pudiste arriesgar la vida de Rosa por algo que pertenece a otro tiempo?

—su voz era un susurro cargado de rabia, para no despertar a su hija, pero cada palabra era un golpe—.

¡Nos has utilizado! Nos regalaste un viaje solo como excusa para llevar a cabo tu venganza.

Juana bajó la mirada, sintiendo el peso de la culpa. Había anticipado esta confrontación, si bien, escuchar a Emma la desgarraba.

—No quería que esto llegara a ti, ni mucho menos a Rosa. Nunca fue mi intención…

—¡Pero llegó! —Emma se giró hacia ella con los ojos llenos de lágrimas contenidas—. Llegó porque te aferraste a un pasado que ya no podemos cambiar, porque no supiste soltar la rabia y el odio. Nos engañaste para venir aquí, y mi hija... mi hija estuvo en peligro. ¿Cómo pudiste?

—Ellos mataron a mi abuelo, a mi tío, ellos nunca quisieron que yo naciese y tienen las manos manchadas con tanta sangre que no me parecía justo morirme sin que pagasen por sus pecados, no cuando yo sé la verdad, hija… —explicó Juana con la voz temblorosa.

Extendió la mano, tratando de tocar la de Emma, pero esta se apartó, herida.

—Debiste contarme la verdad…

—Emma, si no lo hice fue porque pensé que podría acabar con ellos sin involucraros, sin que os salpicara un pasado lleno de odio. Lo siento, siento mucho lo ocurrido, entiendo tu enojo y tienes todo el derecho del mundo a sentirte así. Sin embargo, el precio del silencio puede ser devastador.

La mudez reinó entre ellas nuevamente. Emma volvió a mirarla, esta vez con una mezcla de incredulidad y cansancio.

—¿Y ahora qué? ¿Miraremos siempre a nuestra espalda? ¿Tendré que temer por la vida de mi hija mientras viva? ¿Merece la pena vivir así?

Su madre tomó aire, como si cada palabra siguiente le costara una parte de sí misma.

—No, Emma. Ya no. He aprendido que el pasado puede ser una carga insoportable si no sabemos soltarlo.

Esta será mi última promesa: dejaré el pasado atrás.

Rosa y tú sois mi presente, mi futuro. No puedo cambiar lo que he hecho, pero puedo prometerte que nunca más os pondré en peligro por algo que me importa menos que vosotras.

Emma no desvió sus pupilas de las de su madre, buscando alguna señal de sinceridad.

Finalmente, suspiró y volvió a girarse hacia la ventanilla, aunque esta vez sus brazos ya no estaban cruzados.

Ella sentía la misma rabia hacia todos ellos y la misma impotencia porque se saliesen con la suya, sin embargo, lo ocurrido aquel día le dejó claro que no pondría en peligro la vida de su hija ni por ellos ni por nadie, viviría su vida olvidándose de lo ocurrido y asegurándose de que Rosa jamás supiese la verdad de su propio legado.

Sin saber que el destino tiene sus propios planes sin importar qué tanto nos pueda doler.