A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 25
60%

Capítulo 25

N o sé cuánto tiempo he dormido, solo puedo asegurar que, al abrir los ojos, me siento un poco más descansada. Nana sigue a mi lado, y sé que ha velado por mí, ahuyentando mis fantasmas para que pudiera descansar de verdad.

La puerta sigue entreabierta, tal y como la dejé anoche. Siempre he odiado dormir con las puertas cerradas, es algo que me ha pasado toda la vida. Unos nudillos golpean suavemente la madera.

—¿Helena? —pregunta Derek bajito, supongo que me cree dormida y no quiere sobresaltarme.

—Pasa.

—Anda, qué bien acompañada. —Sonríe.

Me desperezo, igual que lo hace Nana, bajando de la cama para recibir un par de caricias de Derek.

—Ve y abre las persianas, hora de desayunar —solicita divertido, viendo la forma en que la perra sale del cuarto.

—¿Qué hora es?

—Las ocho.

Hemos pasado casi seis horas aquí, más de lo que pensábamos y por ello me alarmo.

—Eid… Derek, tenías que haberme llamado hace dos horas.

—Helena, tranquila, vamos a comer algo y nos marchamos, mi casa es el lugar más seguro, te lo puedo garantizar.

Al no verme nada convencida, me enseña la pantalla de su móvil en la que puedo leer: «Señor, perímetro despejado, todo en orden».

—¿Hay seguridad afuera?

—Desde hace días. La reforcé cuando el dron nos localizó. No soy una persona pública y siempre he mantenido un perfil bajo en las redes sociales. Sin embargo, cuando hay dinero de por medio, no puedes fiarte de nadie. No iba a esperar a que descubrieran que tengo familia para ponerlos a salvo.

—Lo entiendo, aun así, que estemos aquí es un riesgo, nos siguen a nosotros.

—Relájate, soy el más interesado en no poner a mi familia en peligro, te lo puedo asegurar, sin embargo, lo que aquí se ha guardado durante décadas no podía sacarlo sin estar seguro de que teníamos el resto.

—Eso lo entiendo, pero sigo pensando que debemos irnos cuanto antes.

—Un café rápido, cogemos las cosas y nos vamos a dinamitar legados enteros, ¿te parece?

El entusiasmo que muestra y, sobre todo, la necesidad de un buen café, hacen que acepte no demasiado convencida.

—Bien, cafeína en vena y nos largamos a terminar de una santa vez con esto.

—¡Tú mandas! —responde con optimismo.

—¡Derek! ¡Te voy a matar! —Escucho gritar y mi compañero sonríe abiertamente.

—Ava, ¿no decías que querías desayunar conmigo? Pues yo lo hago a esta hora —contesta asomando la cabeza al pasillo.

—Necesito una ducha rápida —aseguro.

—Tienes ropa de mis hermanas en el baño, segunda puerta a la derecha según sales de aquí.

Anoche comprendí que las pocas prendas de repuesto que llevaba en la mochila se habían quedado tendidas en la casa de Madrid durante nuestra apresurada huida.

El resto de mi equipaje ya lo había perdido en el hotel de Londres.

Que Derek dejase un pijama limpio y todo lo necesario para asearme sobre la cama me hizo comprender que a él le ocurrió lo mismo, es un hombre que repara en esos pequeños detalles y uno de los muchos motivos por los que le he cogido cariño en estos días.

—Gracias —respondo dirigiéndome allí.

Él anda en dirección contraria dispuesto a enfrentarse a la mujer que parece débil, pero está a punto de lanzarle como poco un jarrón a la cabeza.

Derek tenía razón cuando anoche me avisó de que su hermana es el ser que más odia madrugar sobre la faz de la tierra. Aunque si todos los días leyese hasta altas horas de la madrugada, yo sería igual.

La ducha me ha sentado bien, a pesar de que la tristeza ha querido acompañarme bajo la cascada templada, mi parte más pragmática, vengativa y cruel la ha encerrado bajo llave, solo permitiéndome pensar en el desquite y en el placer que sentiré al verlos caer uno por uno.

Bajo las escaleras, dejándome envolver por el olor a café y azúcar que imagino viene del comedor, lugar que me encantaría saber a ciencia cierta dónde está, porque este sitio me parece mucho más grande ahora que la luz de la mañana se filtra por los ventanales.

Un hombre de mirada afable, pelo cano y corpulencia digna del jefe de un clan vikingo, vestido con pantalón de pinzas negro, camisa blanca y chaleco a juego con el pantalón, aparece al pie de la escalera.

—Buenos días, señorita Benet. Los hermanos Eaglethorn la esperan para desayunar. ¿Me acompaña?

Aguarda con un brazo flexionado, esperando que entrelace el mío para guiarme.

—¿Carlo? —pregunto casi convencida de la respuesta.

—Así es. Encantado de conocerla. —La forma de tratarme, mirarme y hablarme, con educación, aunque también como si me conociese de toda la vida, hace que me pregunte cuánto sabe este hombre de mí.

«Estás paranoica, Helena», me regaño.

—Igualmente, por favor, llámeme Helena —respondo, procurando dejarle de mirar con mi cara de «no me fío ni de mi sombra ahora mismo».

Al llegar al comedor ya no me sorprende ver que esta familia ha sabido integrar perfectamente el pasado y el presente. Guardando muebles que debieron de pertenecer a generaciones anteriores, aunque vistiendo la sala con cortinas más actuales e iluminación moderna.

Derek y Ava están sentados frente a frente y me sorprendo al ver que han dispuesto el lugar que hay en la cabecera de la mesa, justo entre ellos, para mí.

Hechizada por la tarta de zanahoria que aguarda sobre el tablero y el café humeante que me espera, me siento regalándoles una sonrisa agradecida.

—¡Que bien huele! —aseguro.

—Y mejor que sabe, ya verás… —responde Derek colocando un pedazo en mi plato.

Tomo el tenedor, cortando un pequeño trozo.

Al probarlo, una mezcla perfecta de dulzura y especias invade mi paladar, con el contraste suave del glaseado de queso crema que se funde con el bizcocho esponjoso.

Cierro los ojos un instante, disfrutando el equilibrio entre la zanahoria, las notas de canela, y el toque de vainilla.

—Es increíble… —digo tras tragar, volviendo a mirarlo—. La textura es perfecta y el glaseado… No he probado algo así antes. Si tuviese esto todos los días para desayunar iría rodando a todos lados. ¿Lo hacen todos los días? —pregunto sin dejar de saborear esta delicia.

—No. —Ríe—. Solo en ocasiones especiales, o para invitados importantes. —Me guiña un ojo, consiguiendo que me ruborice.

Rita y Carlo toman asiento en la mesa, obligados por los hermanos.

—Tengo mucha tarea, señorita Ava —responde la mujer que parece violenta por estar sentada a la misma mesa que yo.

—Rita, Helena no creo que tenga inconveniente en que desayunemos en familia, como hacemos cada mañana —responde Ava.

En ese momento entiendo el apuro de la mujer y aseguro:

—Por Dios, yo soy hija de una ama de casa y un biólogo marino, jamás me han servido más allá de un camarero en un restaurante, aquí soy una invitada y feliz de compartir mesa con todos vosotros.

La mujer parece relajarse, dando paso a una charla animada en la que me cuentan algunas anécdotas de Derek, Ava y sus hermanas. Cuatro pequeños diablillos de buena cuna que volvieron locos a sus padres, abuelos y a todo el personal de la casa, pero a los que no se les podía querer más.

Esta familia me ha ganado, la forma en que pese a las comodidades que tienen, tratan a toda persona por igual, es algo que cada vez se ve menos. «Son un ejemplo a seguir», pienso cuando Derek pone una mano sobre la mía.

—Es la hora.

Me despido de estas buenas personas, sintiendo que es la primera y la última vez que los veré en mi vida.

Durante un rato he olvidado todo, el dolor, la ira y el odio, para disfrutar de una compañía que me ha reconfortado el alma, incluso cuando Ava me ha preguntado cómo me encontraba, refiriéndose a la pérdida de Nathan, y las lágrimas han rodado por mi rostro, no me he sentido avergonzada, al contrario, todos me han dado su apoyo y también han sabido respetar mi momento, aunque no me ha pasado desapercibida la forma en que Derek ha reprochado con la mirada a su hermana que sacase ese tema.

Subimos a por las mochilas y Derek me insta a seguirle hasta la última puerta del pasillo.

Mi corazón, hasta ahora reposando en una balsa de aceite, comienza un oleaje en mi pecho, pues lo que Derek me mostrará puede que sea la pieza definitiva de esta encrucijada. Atravieso la puerta, descubriendo un amplio despacho señorial.

El espacio está dominado por una estantería que abarca toda una pared, repleta de libros encuadernados en cuero que parecen tan antiguos como la casa misma.

Hay una mesa de madera maciza frente a un ventanal alto que deja entrar la luz de la mañana.

Sobre ella, un tintero de bronce y una pluma estilográfica descansan junto a un montón de papeles perfectamente dispuestos.

El lugar tiene un aire solemne, como si las paredes mismas guardaran secretos ancestrales.

—Mi familia construyó la primera casa en esta propiedad hace casi trescientos años, cuando Londres todavía parecía una ciudad muy lejana desde aquí.

En sus inicios era una residencia de verano modesta, si bien, con el paso del tiempo se amplió y tomó forma hasta convertirse en lo que ves hoy.

—Hizo una pausa, dejándome que observase a su alrededor—.

Cuando Ava fue diagnosticada, mis padres decidieron que este lugar era perfecto para ella.

La tranquilidad del campo le beneficia, y está a una distancia cómoda del hospital, así que ahora vive aquí de manera permanente.

Acariciando la madera del escritorio, continúa:

—Este despacho es especial. Fue construido durante el reinado de Jorge III, a finales del siglo xviii , en una época en la que el espionaje y los secretos entre Inglaterra y Francia podían cambiar el rumbo de la historia.

Aquí se discutían estrategias para enfrentar las tensiones de la Revolución Francesa y las guerras que siguieron.

Por eso, este lugar está lleno de compartimentos ocultos y mecanismos que aún se mantienen intactos.

Es la única sala que permanece inalterada, un testigo del tiempo…

Guarda silencio, cargando el ambiente de misterio. La puerta se abre y Carlo, mostrándome una sonrisa amable, se reúne con nosotros. Les observo expectante, mientras cada uno se coloca a un lado de la gran mesa.

—Le contaremos algo, señorita Benet. Este escritorio tiene más historia de lo que parece —dice Carlo, golpeando ligeramente con los nudillos la superficie de madera.

Un sonido hueco resuena bajo el barniz oscuro—.

Fue diseñado por un ebanista de confianza de la familia, hace siglos.

Sin embargo, su verdadera función no es la de escritorio.

Derek asiente y coloca ambas manos en los laterales inferiores de la mesa, justo donde los remates tallados de las patas delanteras se conectan con el resto del mueble. Carlo hace lo mismo, en el extremo opuesto.

—Se necesita coordinación para abrirlo —explica Derek, con sus manos presionando en lo que parecen ser botones ocultos en los intrincados grabados—. Esto no solo evita que alguien lo haga por su cuenta, sino que simboliza la importancia de la confianza mutua.

Ambos aplican una presión simultánea en las esquinas del escritorio.

Un suave clic interrumpe el silencio, seguido del sonido de engranajes internos moviéndose con lentitud.

Ante mis ojos, el centro de la mesa se eleva unos centímetros antes de dividirse en dos paneles que se deslizan hacia los lados, dejando al descubierto una caja fuerte incrustada en el núcleo del escritorio.

—Es impresionante —murmuro, asombrada por el ingenio del diseño.

—Es más que eso —corrige Carlo, sacando una pequeña llave de un bolsillo interno de su chaleco—. Es un legado, vuestro legado.

Derek saca una segunda llave de su pantalón, y ambos las insertan en las cerraduras gemelas de la caja fuerte. Al girarlas al mismo tiempo, un último mecanismo se activa, y la puerta se abre con un susurro metálico.

Dentro, cuidadosamente organizados, hay documentos antiguos atados con cintas de tela, un par de sobres lacrados y un libro cuyas tapas muestran signos de desgaste, como si hubiera sido consultado innumerables veces a lo largo de los años.

—Todo lo que necesitamos está aquí —dice Derek, sacando una carpeta azul claro.

Carlo cierra la caja fuerte con cuidado una vez que Derek retira el contenido necesario. El escritorio vuelve a ocultarla automáticamente, como si nunca hubiera albergado un secreto.

—¿Te lo contó tu padre? —pregunto, necesitando saber esas cosas que todavía no ha tenido tiempo de explicarme.

Niega con la cabeza lentamente, dándome esa información que sabe que es hora de que yo conozca, aquí y ahora.

—No, en realidad fue mi abuelo. Cuando nos mudamos aquí, él ya era mayor y vivía todo el año en esta casa, junto a Carlo y Bianca, la antigua ama de llaves.

Unos años después me marché a vivir al campus de la universidad, tenía veinte años el día que ocurrió…

—Derek se detiene unos segundos, como si luchara con los recuerdos—.

Mi abuelo estaba enfermo, sufría de alzhéimer, y muchas veces confundía el presente con el pasado.

Esa tarde, entré en este mismo despacho buscando un libro que olvidé en la visita anterior.

Mi abuelo llegó alterado, con la vista perdida y repitiendo en espiral «otra vez no», le sujeté para que se calmase, entonces me miró, confundiéndome con una persona de su juventud.

No supe cómo reaccionar, así que simplemente le seguí la corriente.

Fue entonces cuando me habló del gran secreto que había guardado durante décadas.

Me confesó que, con treinta años cruzó el Atlántico buscando justicia.

Me acomodo en el asiento, dejando que cada dato se una a tantos otros que he ido descubriendo en los últimos días.

»Recuerdo que me miró con una intensidad que no había visto en él jamás, antes de comenzar un relato de una mañana en Londres, meses después de aquel viaje, cuando tu bisabuela llegó a su puerta con un plan desesperado.