Capítulo 24 #3
Saber que su hermana había sido diagnosticada con Trastorno de Aislamiento Neuromotor Crónico (TANC) cuando era apenas una niña, me entristece sin poder remediarlo.
La enfermedad, rarísima y devastadora, no solo le arrebató la capacidad de caminar, sino que también la condena a una existencia casi completamente aislada debido a su extrema sensibilidad a los estímulos externos.
Derek comentó que su familia siempre había destinado recursos a la investigación científica y médica, no obstante, desde que Ava fue diagnosticada con esta rara enfermedad, sus padres redoblaron los esfuerzos y los recursos creando una fundación cuyo fin es la investigación no solo de esta enfermedad, sino también de otras patologías que carecen de cura.
«Es nuestra forma de convertir el dolor en algo útil», dijo con voz grave, y, por primera vez, vi en sus ojos una vulnerabilidad que no imaginaba posible.
Finalmente, tras varios intentos, logramos convencerla de que es tarde y debe ir a descansar. Se despide en la puerta de su dormitorio con una amenaza que me ha sonado bastante directa.
—¡Cómo se os ocurra marcharos sin despediros, llamo a mamá y le cuento que has venido con una chica aprovechando que ella estaba de viaje…!
—Eres una bruja chantajista. Así que tú lo has querido, te llamaré para desayunar juntos, ¿contenta? —La sonrisa ladina de Derek me desconcierta.
—De acuerdo —afirma Ava, sellando el duelo que se traen con un apretón de manos muy oficial.
—¿Te ayudo? —pregunto, algo insegura. No soy experta, y no sé si Ava necesitará asistencia para acostarse.
—Gracias, pero Nana se encarga —responde con una sonrisa tranquila.
Como si hubiese sido llamada, una labradora color miel asoma el hocico por la puerta. Sus ojos brillan con una inteligencia especial, moviendo la cola con un vaivén alegre, desperezándose y preparándose para su tarea.
—¡Qué preciosidad! —exclamo emocionada, agachándome para que pueda olfatearme. Nana se acerca con curiosidad y, tras un par de segundos, me da permiso para acariciarla. Su pelaje es suave y cálido, trasmitiéndome una calma que no esperaba.
—Es mi mejor amiga, aunque creo que le gusta dormir más que a mí —bromea Ava, mimándola. La perra gira la cabeza hacia ella con un movimiento que podría interpretarse como una protesta digna—. Si bien, siempre que la necesito, está en primera línea —añade, con un tono cargado de cariño.
Ava abre del todo la puerta de su dormitorio y me invita a pasar. La perra se adelanta, mostrando su entrenamiento. Con el hocico activa un interruptor bajo una pequeña consola junto a la puerta, encendiendo una luz suave en la habitación.
La estancia me deja sin palabras: es un espacio amplio y luminoso, con techos altos y molduras que delatan la antigüedad de la casa.
El suelo de madera oscura cruje suavemente bajo mis pies, y los muebles combinan la elegancia clásica con una funcionalidad moderna.
Hay una cama ajustable en el centro, con barandillas laterales que pueden subirse o bajarse, y un sistema de grúa discreto instalado en el techo.
A un lado, una cómoda sobre la que descansan fotografías familiares y un jarrón de flores frescas.
—Mi familia quería que pudiese moverme y vivir aquí sin necesitar ayuda constante. Nana ha sido parte de eso —aclara, señalando los elementos más modernos.
El animal se coloca junto a la silla de ruedas, y espera pacientemente mientras su amiga humana coloca una mano sobre su arnés.
Nana parece entender cada movimiento, ayudando a girar la silla con precisión hasta que está junto a la cama.
Con un gesto fluido, Ava utiliza la barra de transferencia para acomodarse, con Nana a su lado, atenta, lista para cualquier indicación.
Ver esto me conmueve. Había oído hablar de los perros de asistencia, pero sobre todo para personas invidentes. Sin embargo, observar cómo Nana facilita cada paso del proceso me hace comprender lo versátiles y maravillosos que son estos animales.
Cuando Ava está acostada, Nana se sube a una pequeña colchoneta junto a la cama, en su lugar habitual. No hace falta más. La tranquilidad que se respira entre ellas es palpable, demostrando que han hecho esto miles de veces.
Dejo que ambas se acomoden, y Derek aparece en la puerta para acompañarme al cuarto que será mío esta noche. Tengo tanto cansancio acumulado que sé que no tendremos tiempo suficiente para recuperarme, sin embargo, algo en esta casa me calma, llenándome de paz momentánea.
—Descansaremos un par de horas. Lo que viene no será fácil —advierte con gesto agotado.
Asiento sin decir nada, permitiendo que el silencio se instale entre nosotros. La fatiga y la incertidumbre compiten por el control de mi mente, pero sé que lo que viene será más difícil que lo vivido hasta ahora.
Cuando Derek me deja sola en la habitación que me han asignado, contemplo lo acogedora que es, con muebles claros de líneas modernas que contrastan ligeramente con el estilo antiguo de la casa.
Sin embargo, hay un equilibrio perfecto en la decoración, como si cada detalle hubiera sido pensado para hacer sentir al invitado bienvenido y parte del hogar.
La cama tiene un cabecero tapizado en lino beige, sencillo pero elegante.
A un lado hay una mesilla con una lámpara de cerámica de base blanca, cuya luz cálida envuelve el espacio, cargándolo de tranquilidad.
Un sillón esquinero, acompañado de un pequeño estante lleno de libros en distintos idiomas, añade un toque personal.
En el alféizar de la ventana hay pequeñas macetas con suculentas, y las cortinas de lino caen ligeras, dejando entrar la luz de la iluminación exterior.
Me tumbo sobre la cama, sucumbiendo al agotamiento físico y mental que me acompaña, sin embargo, el descanso no tarda en volverse inquieto.
Sueño con Nathan, con mis padres y con una mano negra que me aferra, fría y opresiva, arrastrándome hacia algo que no puedo ver.
Mi cuerpo se agita entre las sábanas, y aunque no soy consciente, estoy atrapada en la espiral de mi propia mente.
De pronto, algo húmedo toca mi mano. La sensación me saca del trance, abriendo un resquicio en el velo oscuro de la pesadilla.
Abro los ojos, encontrándome con la mirada preocupada y dulce de Nana.
Tiene las patas delanteras sobre la cama, y su hocico descansa contra mi mano.
Su presencia, cálida y calmada, me reconforta de inmediato.
—Gracias, pequeña. Siento si mis pesadillas te han despertado, suelo hablar en sueños —susurro con la voz todavía quebrada.
Llevo mi otra mano a su cabeza y la acaricio suavemente.
Nana mueve la cola con un ritmo lento, casi imperceptible, como si comprendiera que necesito un momento más antes de volver a dormirme.
La acaricio, instándola a subirse junto a mí.
Parece dudar, no obstante, finalmente obedece, acurrucándose junto a mi cuerpo.