A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Observo la carretera que nos aleja de Londres, la luna llena ilumina un viñedo tan extenso como su luz, hasta que un muro de piedra gris me indica que hemos llegado al final del trayecto.

Derek acciona un mando a distancia y el portón de hierro que nos corta el paso se abre con un crujido que rompe el silencio de la noche.

El coche avanza, adentrándose en una propiedad inmensa, en la que frente a mí se alza una casona, que, pese a saber que es antigua, me parece un choque entre dos épocas, un híbrido entre la majestuosidad de la aristocracia del siglo pasado y la modernidad de una familia pudiente de hoy en día.

La estructura principal, de piedra gris desgastada, exhibe con elegancia un estilo claramente inglés: ventanas de guillotina con pequeños cristales, contraventanas de madera oscura y un tejado a dos aguas cubierto de pizarra.

Todo ello mezclado en una simbiosis perfecta con las mejoras o reparaciones modernas que se han debido de ir haciendo con el paso de los años.

Como los faroles empotrados en los muros y las tiras LED que enmarcan discretamente el camino de entrada y las escaleras hacia el porche, creando un ambiente elegante y funcional, los paneles solares que visten gran parte del tejado, en donde la brillante luna de hoy se refleja a la perfección, o la puerta automática que dejamos atrás al entrar en la propiedad.

Sigo a Derek camino de la puerta principal; justo al lado de ella, desgastado por los años, pero aún imponente, cuelga un blasón tallado en piedra, perfectamente iluminado por un foco estratégicamente colocado para darle visibilidad a cualquier hora de la noche.

Me detengo frente a él incapaz de apartar la mirada, al tiempo que los detalles van cobrando vida en mi mente, dando sentido a todo lo descubierto estas horas atrás.

En la parte superior del escudo, un águila dorada con las alas desplegadas parece a punto de alzar el vuelo desde un fondo azul que recuerda el cielo al amanecer.

En su garra derecha sujeta una estrella plateada, brillante incluso bajo la pátina del tiempo.

La fuerza y la majestuosidad del ave casi eclipsan la parte inferior del emblema: un grupo de topos perfectamente grabados, pequeños pero numerosos, escarban en un terreno marrón oscuro, rodeados de raíces que se extienden como un laberinto.

El escudo está rodeado por una filigrana dorada y lleva como lema inscrito en una cinta blanca en la base: Altiora prospicit, terrae dominatur, Mira más alto, domina la tierra.

Una frase que lleva acompañándome desde mi más tierna infancia, acuñada por mi abuela primero y mi madre después, ahora sé que venía de mucho más atrás, cobra más sentido que nunca:

«Recuerda que ve más un águila en el cielo, que un ejército de topos en la tierra».

El significado, que siempre imaginé sencillo, una simple invitación a observar desde las alturas y no dejarse atrapar por lo evidente, era mucho más profundo.

Era la pista definitiva que me llevaría a mis orígenes, al comienzo de todo.

Esta frase siempre fue parte del lema de la familia Eaglethorn, tallado en piedra desde tiempos medievales para recordar que la vigilancia desde las alturas y la estrategia bajo tierra eran las claves de su legado.

Una dualidad perfecta entre el control y la acción encubierta.

Y así han permanecido un siglo, aguardando a que mi familia estuviese dispuesta a arriesgarlo todo para luchar por la justicia a nuestro lado, tal como en su día se lo juraron a mi tatarabuela.

Dejo a un lado el escudo con más convencimiento que nunca, sabiendo que ahora, cuatro generaciones después de que todo comenzara, también llegará a su fin. Derek abre la puerta y entro con determinación. Mañana a estas horas todo el mundo conocerá la verdadera historia del Titanic.

Nada más cruzar el umbral, no doy ni tres pasos cuando un suave chirrido rompe el silencio.

El sonido rítmico de unas ruedas deslizándose sobre el suelo llama mi atención, desviando mi mirada de la imponente entrada que apenas he tenido tiempo de observar, veo aparecer una joven risueña, con una energía que desentona —en el mejor sentido— con la solemnidad de la casa.

Tiene unos veinte años, cabello castaño recogido en una trenza rebelde y un rostro salpicado de pecas que parece irradiar luz.

Sus ojos, de un azul que brilla incluso en la penumbra, se clavan en Derek con una mezcla de alegría y alivio.

Maniobra la silla de ruedas con una facilidad envidiable, aproximándose.

No la conozco en persona, aunque sé por lo que me ha contado mi acompañante que es su hermana pequeña, Ava.

—¡Derek! —exclama mirándonos con curiosidad— ¿Qué horas son estas de aparecer? ¡Estaba en lo mejor del libro!

Su hermano se acerca a ella con una calidez que no suelo ver en su rostro, regalándole un abrazo fraternal que habla de devoción mutua.

—Ava, da igual a la hora que entre, siempre estás despierta. He llegado a pensar que no duermes jamás.

—Si lo hago, el veintinueve de febrero —bromea ella—. Venid a templaros un poco junto al fuego, avisaré a Carlo que prepare tu dormitorio y el de tu invitada, que es…

—Disculpa, me llamo Helena, gracias por vuestra hospitalidad. —Con un gesto muy latino me acerco, depositando dos besos en sus mejillas, algo que no parece incomodarla.

—Tranquila, Derek no suele traer a sus amigas, así que estoy encantada de que estés aquí, sígueme.

—Ava, no llames a Carlo, no estaremos mucho, debemos partir temprano y no son horas de despertar a nadie.

Ante mi cara de total desconcierto, y tras un intento fallido de seguir el hilo de la conversación, Derek comprende mi desconocimiento y aclara:

—Carlo es el mayordomo de la familia. Bueno, en realidad es parte de nuestra familia y ni de broma dejaré que mi hermana lo moleste a estas horas.

Estoy seguro de que la habitación de invitados está más que lista, al igual que la mía.

Solo hay que conectar la calefacción de esas estancias. Id yendo al salón, ahora regreso.

La forma de proteger el descanso del tal Carlo, unido al tono cariñoso que baña sus palabras, deja claro que ese hombre es mucho más que un simple empleado.

En cuanto Derek desaparece de la escena, Ava cambia ese semblante de niña bien, sin maldad ninguno, por uno que estaría a la altura de la mejor villana del cine para, en cuanto tomo asiento en un sofá, preguntar:

—¿De qué conoces a Derek? ¿Eres otra de esas que piensa fundir su tarjeta durante unas largas vacaciones y luego no volver a verle jamás? Te advierto que os calo en segundos, no intentes engañarme.

Ese tono amenazante no pegaría nada con alguien que parece frágil e impedida, sin embargo, el fuego que arrastran sus palabras me deja claro que habla totalmente en serio.

Esta advertencia me demuestra que adora a su hermano y quiere protegerle, pero también que Derek es un hombre al que han debido de utilizar y hacerle daño sin merecerlo, por todo ello, decido hablar con toda la honestidad que soy capaz.

—Estoy en deuda con él. Acabo de perder a mi novio, el hombre más maravilloso del mundo y si no fuese por el cariño y la ayuda que me está prestando Derek, seguramente estaría intentando reunirme con Nathan.

Dos lágrimas sinceras brillan en mis ojos, a la vez que las homónimas lo hacen en los de Ava. Cogiendo mis manos entre las suyas, asegura:

—Las amigas de verdad de mi hermano, son mis amigas, aquí estoy para lo que necesites. Esta es tu casa.

—Gracias.

Justo ahora, Derek llega hasta nosotras con gesto preocupado.

—Está todo bien, tranquilo —aclara Ava nada más verle, guiñándole el ojo y dedicándome una cándida sonrisa, volviendo a ser esa muchacha de gesto tierno.

—Será mejor que durmamos un rato, debemos madrugar —asegura su hermano.

—¡Acabas de llegar! Las habitaciones están heladas, ¿por qué no coméis algo? ¿Tenéis hambre?

Yo tengo de todo menos hambre, en las últimas sesenta y cinco horas apenas habré dormido doce horas dispersas, sin embargo, ante nuestro silencio y su insistencia, imposible negarnos.

La veo perderse por un amplio pasillo hasta donde me imagino está la cocina.

En tiempo récord vuelve, portando sobre sus piernas una bandeja en la que hay depositados tres emparedados y tres botellines de agua.

—En realidad esto es más por mí que por vosotros —bromea—. ¡Me habéis venido genial! Estoy tan sumergida en esta novela que ni he parado a cenar. Acabo de ver el plato que Rita me preparó hace horas. ¡Pobre mujer! Si su sueldo dependiese de que yo me alimentase a mis horas…

—¡Ava! ¿te has vuelto a saltar la medicación? —pregunta Derek, enfurecido.

Su actitud me sobresalta pues con su hermana hasta ahora me había parecido suave, afectuoso e incluso complaciente.

—¡No te pongas en plan padre que me saturas! Estoy en la semana de descanso, ¿lo recuerdas? —responde sin amilanarse. Tendiéndome uno de los sándwiches, me guiña un ojo y concluye—: Es muy muy pesado, pero le quiero, ¡qué le vamos a hacer!

—Perdona, ando con mil cosas en la cabeza y no recordé que ayer tenías revisión médica. Siento no haber podido estar.

Las palabras pesarosas de Derek me llenan de culpabilidad, sabiendo que por estar conmigo no estuvo en un sitio que se ve es importante para los dos.

No quiero mirar a Ava con lástima por su condición, sin embargo, las palabras de Derek, durante el vuelo en el que me habló de ella, resuenan en mi cabeza.