Capítulo 24
—P ónganse los cinturones, vamos a proceder a la maniobra de aterrizaje.
La voz del piloto del Jet de Eiden, quiero decir Derek, hace que mire por la ventana, contemplando la tierra que poco a poco comienza a aumentar su tamaño bajo el aparato, dejándome ver las verdes tierras inglesas nuevamente.
«Para ser una persona que odia volar, en estos días estoy acumulando más horas de vuelo que un piloto en prácticas», pienso con ironía, sin medicamentos en mi organismo.
Como poco, esta experiencia bastante traumática de perseguir el legado de una verdad está siendo una fantástica terapia de choque para este miedo en particular.
Dejo de divagar al escuchar:
—Helena, vamos, debemos bajar.
—Eiden…, perdón, Derek, disculpa, me va a costar llamarte por tu nombre. ¿Es seguro estar aquí?
Me sonríe con comprensión, antes de asegurar:
—Tranquila, llámame como quieras, de veras siento haberte ocultado esto, pero era más seguro así para ellas.
Desabrocho mi cinturón y pongo una mano sobre la suya, la que reposa en la mesa baja que separa nuestros asientos.
—Lo entiendo. Creo que lo mejor será coger los documentos e irnos lejos de aquí cuanto antes. Está demostrado que es peligroso permanecer mucho tiempo en un lugar…
Esta última frase me lleva directamente a lo acontecido hace apenas cuatro horas.
Tras la desconcertante confesión de Eiden asegurando que se llamaba Derek, mi mente sufrió algo así como un colapso, provocando que de forma incomprensible comenzase a reír como una auténtica trastornada. Entre carcajadas estrambóticas, conjeturé:
—Déjame decirte que te conservas muy bien para tener lo menos setenta años.
—En realidad soy Derek cuarto…
Su explicación murió igual que mi risa al escuchar una alerta en el portátil, que provocó que el recién bautizado Derek cuarto se levantase de forma apresurada.
—¿Qué ocurre? —pregunté asustada.
—¡Vamos! Nos han localizado.
Esa vez mi cerebro estaba lo suficientemente lleno de adrenalina y cortisol como para no bloquearme ni entrar en pánico. Con rapidez abrí la mochila y recogí todas las pruebas que todavía estaban esparcidas sobre la mesa.
En mi apresurada agrupación de los documentos, tiré la taza, derramando el poco café que quedaba sobre parte de ellos.
—¡Mierda! —exclamé sacudiéndolos y continuando con la tarea—. Si están fuera, ¿cómo salimos?
—No están aquí, están a dos manzanas, pero no tardarán en saber que les he puesto una trampa y rastrear toda la zona en nuestra búsqueda.
—¿Eh? ¿Sabías que nos seguían? ¡Adriana!
Obligándome a andar hacia el coche, explicó:
—Tranquila, en casa de Diana comprendí que de alguna forma nos estaban siguiendo.
Pero no fue hasta que llegamos aquí que descubrí un diminuto transmisor en tu mochila.
Lo debieron poner en el hotel de Londres, cuando el señor Case la tuvo.
Así que sabiendo que podrían rastrearnos hasta aquí, mientras dormías di un par de vueltas con el localizador, parando en varios lugares hasta dejarlo en una casa que vi cerrada, imagino que es una residencia de verano.
El motor del coche rugió al traspasar la cancela exterior. Fuimos dejando atrás las hileras de chalés que parecían tan tranquilos y seguros minutos antes. No me atreví a mirar atrás, algo me decía que, si lo hacía, un fantasma con cicatriz me daría alcance.
—¿Y ahora qué? —pregunté vislumbrando la autovía.
—Ahora que no podrán seguirnos, vamos a terminar con todo, uniendo todas las piezas del pasado.
Aquella afirmación sonó demasiado optimista, y fue puesta a prueba apenas unos metros después, cuando antes de tomar el ramal, dos coches aparecieron de una calle lateral, demasiado iguales entre ellos para ser casualidad.
—¡Son ellos! Ya han debido descubrir tu engaño.
—Tranquila, pronto estaremos lejos de aquí.
—¿Crees que nos han visto?
—No lo creo, relájate —aseguró, incorporándose a la autovía de forma tranquila, sin llamar la atención.
En ese momento, un aparato que solo había visto en películas se colocó junto a mi ventanilla.
—¡¿Es un dron?! —grité alarmada.
Derek aumentó la velocidad, observando por el retrovisor que los dos coches negros seguían firmes tras nosotros.
Ahora sí que nos habían encontrado. Mi compañero conducía con una concentración férrea, esquivando otros vehículos con maniobras precisas, a la par que yo luchaba por controlar la respiración y no acabar sufriendo un ataque de pánico.
—Tenemos que despistarlos antes de llegar a Cuatro Vientos o no podremos tomar el vuelo.
—Están demasiado cerca —murmuré, apretando el borde del asiento entre mis manos.
—Déjamelo a mí —respondió con los ojos clavados en la carretera.
Ese hombre era una caja de sorpresas, sabía de defensa personal, tácticas de conducción y no sé qué otras habilidades más, que me hicieron preguntarme quién era en realidad. La palabra peligro, dibujada en ese momento en su rostro, le confería un magnetismo depredador.
Intenté centrarme en mi respiración, procurando que las náuseas que se gestaban en mi estómago no terminasen en vómito. Derek conducía rápido, demasiado, aun así, el coche se mantenía estable.
—¡Haz algo! Están justo detrás —chillé viendo que uno de esos vehículos nos iba a embestir.
«¿Así murieron mis padres?», me pregunté llenándome de odio y rabia al pensar que ellos estuvieron igual de aterrados que yo.
Con determinación observé los laterales de la vía, estudiando nuestras opciones.
—¡A la vía de servicio! Tengo una idea, espero que seas tan bueno conduciendo como pareces.
Sin intermitente ni ningún tipo de aviso al resto de vehículos, Derek cambió de carril, cogiendo la siguiente salida en el último segundo e incorporándose a la vía de servicio que yo le señalé.
Allí aceleró aún más, tomando curvas cerradas con una habilidad casi profesional.
El primer coche que nos seguía intentó imitar la maniobra, pero perdió terreno. Solo quedaba uno tras nosotros.
—¿Eres capaz de girar ahí?
Derek observó el ramal que señalé.
—Ahora sí, sujétate —me advirtió.
Cambió de marcha, obedeció y se metió de lleno en la autovía, si bien, esa vez en sentido contrario al previsto. Los coches que nos seguían vieron el movimiento demasiado tarde, obligándoles a maniobrar metros más adelante, tiempo extra ganado que no teníamos intención de desaprovechar.
—A la gasolinera —ordené.
Un giro rápido hacia ese abarrotado lugar nos permitió escondernos tras un camión de reparto. El silencio volvió al coche, roto solo por mi corazón martilleando en las sienes.
—No puedo creer que lo hayamos conseguido —dije al fin, con una risa nerviosa escapando de mis labios.
—No tan rápido.
Mi optimismo se esfumó al ver al puñetero dron aparecer ante nosotros.
Derek, sin dejar de mirar el aparato, cogió de forma disimulada algo bajo su asiento.
Al avistar un arma mi corazón arremetió contra mi pecho.
Sin perder de vista el objeto aéreo, sacó un cilindro que enroscó al cañón de la pistola.
Al verle bajar parte de su ventanilla, supe lo que vendría y ambos contuvimos la respiración.
Lo siguiente fue un movimiento rápido, su brazo salió al exterior sosteniendo nuestra defensa y de dos disparos precisos abatió al dron.
Derek reanudó nuestra huida, cogiendo la autovía en dirección Madrid.
Pronto nuestros perseguidores nos dieron alcance entrando en el casco urbano.
Allí, el tráfico jugó a nuestro favor y tiramos de clásico de cine para darles esquinazo.
Mi compañero, observando el tráfico intenso que nos rodeaba, adelantó a varios vehículos y atravesó un semáforo en ámbar justo antes de que se cerrara.
Miré hacia atrás para ver cómo los coches de nuestros perseguidores quedaban atrapados tras el cruce y los vehículos que no pudieron adelantar.
Pese a esa victoria momentánea, no aflojó, tomando un desvío lateral que nos llevó a unas calles menos transitadas.
Entramos en el garaje de un centro comercial, dirigiéndonos a las plazas techadas, en donde, tras aguardar a que la noche cayese del todo, Derek «tomó prestado» un coche.
—¿También sabes hacer puentes? Eres un James Bond de manual —ironicé todavía con los nervios destrozados.
—Yo soy más de Jason Bourne.
—Mira, si sabe bromear…
—En realidad, llevo años preparándome para esto…
El sonido del motor arrancando dejó la frase suspendida en el aire. Con tranquilidad tomamos la rampa de salida y nos incorporamos al tráfico. Mi corazón nuevamente comenzó una carrera de fondo para la que no parecía estar preparado.
«Respira», me ordené obligándome a cambiar el miedo por la sed de venganza.
Unos kilómetros más adelante, las luces del aeropuerto de Cuatro Vientos aparecieron a lo lejos como un faro de esperanza.
Una vez el aparato tomó altura, por fin respiré con cierto alivio. Y dispuesta a esclarecer la verdad, sometí a Derek a un cruento interrogatorio durante gran parte del trayecto. Conversación que me tiene, ahora más que nunca, con ganas de vengar las muertes que un siglo después siguen impunes.
Bajamos del jet entrada la madrugada, un coche que ya conozco aguarda en el mismo lugar en donde le dejamos dos días atrás, tomo asiento en el lugar del copiloto, acariciando inconscientemente la tapicería, este lugar en que mi amado Nathan estuvo hace muy poco, aunque por todo lo vivido, a mí me parece que hace muchas vidas.
Derek arranca en silencio, respetando mi tristeza, esa que se ha hecho presente sin que yo ponga objeción. Dejo que el pasado arrase con todo, permitiendo que sean libres esas lágrimas que prometí no derramar hasta que todo acabase.
Esta vez no me ha costado tanto transformar la pena en ganas de revancha, seco mi rostro y dejo que esa mujer de hielo que nació en mi interior tome las riendas de lo que vendrá.
—Deberías entrar solo, sería mejor que nadie sepa que hemos estado aquí, por su propia seguridad.
—Helena, son las dos de la madrugada, te aseguro que Ava está bien despierta leyendo junto al fuego. Es un alma nocturna.