A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 23
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Capítulo 23

E iden conduce de vuelta a la casa alquilada. Yo aprovecho el trayecto para examinar los documentos que hay dentro del sobre.

—¡Qué hijos de puta! —grito sin contención.

—¿Qué ocurre?

—Mi madre lo descubrió todo, tiene un listado completo de empresas que salieron a bolsa en la década de los noventa, cuyo dinero original asegura que partía de familias que se lucraron con el naufragio del Titanic.

Puedo ver cómo su yugular se marca y su rostro se endurece, pese a ello, aparca frente al alojamiento y suaviza su gesto antes de mirarme y decir:

—Vamos dentro, preparo café y nos ponemos a estudiar estos documentos con calma.

El calor de la chimenea nos recibe. Eiden prepara lo prometido y yo me siento en el sofá, colocando las pruebas que mi madre me ha dejado.

Reviso el sobre y compruebo que hay otro adherido en su interior.

Lo despego, abriéndolo sin preámbulos. Una nueva carta de puño y letra de mi madre aguarda dentro.

Querida Helena,

Eres tenaz y ahora no hay dudas de que podrás llegar hasta el final. Tengo las empresas que participaron en engordar la mentira, esa que encontrarás en el CD, sin embargo, este dosier carecerá de valor si no eres capaz de encontrar a Derek.

Te quiero, en este plano y en cualquiera a donde vaya.

El olor a café se mezcla con el aroma salado de mi tristeza. Eiden retira la carta de mis manos y posa en ellas una taza humeante.

—Dime qué hago para ayudarte.

—Pon el CD.

Eiden coloca sobre la mesa el portátil e introduce el disco. Nada más pinchar en el único archivo que hay en su interior, una película comienza a reproducirse.

—¿Es la película que creo que es? —pregunta desconcertado.

—Si te refieres a la película ganadora de once premios Óscar y una de las más taquilleras de la historia, sí, es esta.

—¿Por qué guardaría una copia tu madre?

En silencio, observando la pantalla, toda la información que poseo de la investigación de mi madre comienza a desfilar, colocándose cada pieza en un lugar definido.

Sin hablar, dejo que el café baje por mi garganta, enfrascada en esta tarea que se me antoja lo más importante que haré en esta vida.

Una vez la conclusión se materializa, busco una carta en particular, la que encontré dentro de aquel maletín hace pocas semanas, aunque a mí me parezca una eternidad, y se la releo en alto.

Querida Helena,

No sé si entregarte esta carta y este diario es lo correcto.

Puede que deba hacer caso a mi madre y olvidarme de todo como hizo ella, en cambio, me parece tan injusto que todos ellos se salgan con la suya, que no he podido evitarlo.

He investigado la mayor mentira de la historia reciente, no obstante, temo que si consigo mi propósito nuestras vidas estén en peligro.

Voy a viajar a Inglaterra para cumplir una promesa que le hice a mi abuela, y que he pospuesto por miedo a lo que te pudiera ocurrir.

Lo que sucede es que algo ha cambiado. Miento, algo no, ellos.

Ellos lo han cambiado todo y no puedo mirar hacia otro lado cuando quienes arrebataron vidas de la forma más vil, siguen paseándose tantos años después con la cabeza bien alta.

Y no solo eso, sino que están engañando nuevamente a toda una generación, contando una falacia del tamaño del sol. Por eso no puedo seguir mirando hacia otro lado, no cuando yo sé la verdad.

Para tomar una decisión debes leer el diario que te entrego y, después, si quieres saber más, tendrás que encajar la llave.

—Mi madre tiene que referirse a la película, esta es la mentira que dice que contaron a toda una generación.

El naufragio se hizo más famoso desde ese instante, ¿verdad?

—Sin dejar que Eiden me interrumpa, sigo con mis divagaciones—.

¡Tiene lógica! ¿Cuánta gente ha podido lucrarse a raíz de la publicidad que dio la cinta al suceso?

¿Cuántos negocios han podido emerger por esta razón?

Estoy convencida de que si cruzamos los datos de estas familias con lo que te estoy diciendo la conexión será alarmante.

—Pues empecemos. —Eiden coge el dosier que reposa sobre la mesa, divide el taco en dos y me tiende uno—. Estos son los tuyos, el portátil se queda en medio para que podamos mirar en la red los dos.

Durante dos horas estudiamos cada página con la precisión de un neurocirujano.

Siento la forma en que me escuecen los ojos y el tamborileo incesante que se pasea por mi cerebro en forma de jaqueca.

—No puedo más, mamá, ¡por el amor de Dios! ¿qué ocurrió en el Titanic?

—¡Mira esto! —exclama Eiden entregándome una de sus páginas—.

Ahí dice que la familia Blackwood, casualmente invirtió casi toda su fortuna en una empresa de distribución y comercialización de productos derivado del Titanic, un año antes del estreno de esta película —señala el CD y continúa—.

Empresa que creció de forma exponencial con el auge de la cinta y que salió a bolsa a principios de 1998.

Eiden teclea en el portátil y gira la pantalla para que lea un artículo acerca de los Blackwood.

«Los Blackwood: El legado controvertido de una familia inglesa.

La familia Blackwood, una de las más influyentes de Inglaterra, tiene un legado marcado por la controversia, la riqueza y la redención.

Sus orígenes se remontan al siglo xviii , cuando adquirieron sus primeras riquezas a través del comercio de esclavos en el Caribe, una fuente de prosperidad construida sobre el sufrimiento de miles de personas.

Durante décadas, los Blackwood se posicionaron como una de las familias más poderosas y acaudaladas de Inglaterra, operando en la sombra de la historia, con conexiones que siempre estuvieron rodeadas de misterio.

A lo largo del siglo xix y principios del xx , los Blackwood consolidaron su fortuna y poder, tanto en la industria como en el ámbito político, lo que les permitió ganar influencias en las esferas más altas de la sociedad inglesa.

Sin embargo, su nombre no estuvo exento de controversias.

En los años previos y durante la Segunda Guerra Mundial, surgieron rumores de que habían vendido armas a la Alemania nazi, alimentando las sospechas sobre sus lealtades y prácticas comerciales poco éticas.

Tras la caída del régimen nazi, la alta sociedad británica dio la espalda a los Blackwood, alejándolos de los círculos de poder y afectando su reputación de forma significativa. Durante años, la familia vivió a la sombra de su pasado oscuro, luchando por recuperar su nombre y su estatus.

No fue hasta finales de los años noventa, cuando los Blackwood encontraron una vía de redención inesperada: el fenómeno mundial del Titanic.

Aprovechando el éxito arrollador de la oscarizada película, la empresa familiar fundada un año antes, dedicada a la comercialización de productos derivados del naufragio más famoso de la historia, incluyendo artículos de lujo, merchandising y recuerdos que evocaban la opulencia del barco, creció de forma exponencial, consiguiendo que su salida a bolsa fuese una de las transacciones bursátiles más importantes de los últimos años.

Esta jugada financiera permitió a la familia Blackwood recuperar parte de su riqueza y mejorar su imagen pública, al mismo tiempo que comenzaron a implicarse en iniciativas filantrópicas, con muchas voces aún críticas que hablaban de pura estrategia publicitaria para limpiar el apellido familiar.

A través de donaciones a organizaciones benéficas, becas educativas y la promoción de proyectos de bienestar social, los Blackwood intentaron dejar atrás su legado turbio, presentándose como una familia comprometida con el bienestar de la sociedad.

Aunque el pasado nunca desapareció por completo, la familia logró una notable rehabilitación en la opinión pública, gracias a su vinculación y a sus esfuerzos para contribuir positivamente al entorno social y cultural británico.

Hoy en día, los Blackwood son reconocidos por su capacidad para adaptarse a los cambios, su involucramiento en causas benéficas y su reputación como empresarios astutos, aunque su historia permanece marcada por la sombra de sus orígenes y las decisiones tomadas durante los momentos más oscuros de su historia.

12 de mayo de 2008 - The Westminster Gazette - Henry Radcliffe».

Una vez terminamos de leer el artículo, Eiden se gira hacia mí con una ligera sonrisa irónica cruzando su rostro.

—Y así es como la gente lava el dinero sucio hoy en día…

—Pero ¿qué tiene que ver esta gente con el Titanic original?

El barco físico, no su historia. ¿De qué nos sirve saber que fueron esclavistas o contrabandistas?

Mi madre dice en esta carta que hable con Derek.

¿El mismo que se reunió con mi bisabuela?

—digo rápido, exaltada y sin encontrar la forma de que este tipo de familias paguen por crímenes pasados.

Eiden, con la mandíbula tensa y un brillo de remordimiento en sus ojos, me observa.

Ante ese gesto tan perturbador mi corazón comienza un galope descontrolado.

Nos miramos con profundidad, algo me dice que sus próximas palabras serán la llave que abre un abismo.

Tarda un segundo más, como si cada sílaba le quemara la lengua, y al final, con un susurro que lleva el peso de los días, confiesa:

—Yo soy Derek.