A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 22 #4
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Capítulo 22 #4

—Por favor, siéntate, dame dos minutos para explicarte algo de mí y después te entregaré lo que has venido a buscar.

—No necesito saber nada del pasado, con lo que he visto ahí fuera me hago cargo… —respondo lanzando contra ese hombre toda la rabia y el dolor que otros me han provocado en los últimos días.

—Lo entiendo, de corazón te digo que lo entiendo, no obstante, concédeme esa pequeña parcela de tu tiempo, aunque no lo merezca —replica, mirándome con una mezcla de culpa y esperanza que desarma cualquier resistencia.

Sin comprender muy bien cómo lo ha hecho, me veo aceptando.

—Dos minutos.

Media hora después, y muchas palabras que he comprendido y otras que no, Santiago me hace una pregunta directa:

—¿Podrás perdonarme?

—Erais jóvenes y mi madre tampoco me contó toda la verdad, creo que no tengo nada que perdonar.

Lo que acabo de decir es una de las mayores verdades que he pronunciado en voz alta en mi vida.

No puedo aprobar que un hombre se desentienda de la crianza de una hija, sin embargo, las circunstancias no fueron exactamente cómo me las contó mi madre.

Creo que en su afán porque dejase de pelear con mi padre por hacerme mudar a Barcelona, pintó a Santiago como un hombre que jamás quiso saber de mí, cuando lo cierto es que todas las fotografías mías que me ha mostrado y saber que su hija Adriana sabe quién soy, me han demostrado que siguió en contacto con mi madre y que siempre ha sabido qué fue de mi vida.

La única vez que quiso mediar por él, fue en aquella discusión en la que me negué a escuchar y hui a casa de Lita.

—Helena, no te he contado lo que ocurrió para que odies a tu madre. Era una de las mejores personas que he conocido y los dos pensamos que hacíamos lo correcto dejando que creyeses que Luis era tu padre… en todos los sentidos.

—¿Por qué no viniste a verme tras la muerte de mi madre?

—Porque no sabía que Rosa te había contado la verdad y jamás se me hubiese ocurrido presentarme a decirte quién era, eso hubiese emborronado tu recuerdo de ellos.

—Si no te dijo que habló conmigo, ¿por qué te ha dejado esto?

—pregunto cogiendo el cd y el sobre que sacó de su caja fuerte, justo dos minutos después de que empezase la conversación, tal como había prometido, sin embargo, para ese momento yo ya no tenía intención de irme de aquí sin conocer toda la historia.

—Me dijo que algún día sabrías la verdad, cuando tu abuela muriese y que ahí me buscarías.

—Mamá se pasó los últimos meses de su vida engañándonos a todos —comento, avivando un resentimiento hacia ella que creí mantener bajo millones de capas de amor y perdón.

El silencio se hace en el despacho, justo cuando mi estómago acaba de recordarme que está vacío.

—Quedaos a comer, Adriana siempre ha querido ponerse en contacto contigo, y le haría muy feliz que le dedicases algo de tu tiempo, si no es mucho pedir.

Sí, es mucho pedir. Primero porque necesito descubrir que hay dentro de estos objetos, segundo porque no sé cuánto tiempo tengo antes de que esa gente dé conmigo, tercero, porque pese a decir que le perdono, tengo demasiada información en el cerebro y, cuarto y último, porque de pasar de sentir que estoy sola en el mundo a descubrir que hay personas que siempre han querido ser parte de mi vida, va un abismo que está a punto de tragarme de golpe.

Sin embargo, todo ello queda olvidado cuando esa chica que hasta hace una hora no sabía que existía, ha llamado a la puerta, y ha entrado visiblemente nerviosa, sin saber si mirar a su padre o mirarme a mí.

Su silencio, sin atreverse a moverse del sitio en el que está, hace que me levante y camine los escasos pasos que nos separan.

—Hola, Adriana.

—Hola…

Nos estudiamos con curiosidad y poco a poco su rubor se une al mío, provocando que ambas sonriamos.

—Tu padre nos ha invitado a comer, si te parece bien —convengo al fin.

—¡Claro! Ven, mi tía hace un asado que ni en Don Julio —dice refiriéndose a uno de los mejores restaurantes de Buenos Aires desde 1999.

Ante su entusiasmo, guardo las cosas en la mochila y la sigo.

Contra todo pronóstico ha sido una comida muy natural. Ahora sé que Adriana y yo nos llevamos ocho años y que es hija única, bueno, siempre se ha sentido así, porque no ha parado hasta que he prometido que estaremos en contacto.

—No puedo exigirte que me sientas como una hermana, soy consciente de que hasta hace nada ni siquiera sabías de mí, pero te prometo que si me das una oportunidad puedo ser una gran amiga.

Ante esos ojos y esa honestidad, ¿cómo negarme? Si bien, antes de poder decir que sí, una alerta en mi cerebro se ha activado con fuerza.

«Si esa gente descubre que tengo una hermana…», no he seguido esos derroteros de mi mente, aun así, me han obligado a decir.

—Te prometo que estaremos en contacto, solo dame unos días para cerrar un tema delicado y podré retomar mi vida, esa en la que quiero que estés.

Tras mis palabras, Adriana se ha lanzado a mis brazos. En este corto espacio de tiempo ha demostrado ser cariñosa e impulsiva, algo que me ha recordado mucho a mí, obligándome a sonreír.

—Eiden, es hora de irnos —digo, recogiendo mis cosas.

Soy consciente de que cada segundo que permanecemos aquí estamos poniendo en peligro a Santiago y Adriana.

Tras una despedida en la que algo me dice que no les volveré a ver, salimos a la calle y nos dirigimos al coche. De camino, Eiden quiere saber cómo me encuentro.

—¿Estás bien?

—Un poco intimidada por tanta información…

—Normal, vamos, será mejor que volvamos a casa y descubramos si podemos mandar al carajo a esa gente.