A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

—Vamos a pensar con calma. Bueno, yo hago teorías absurdas y tú me las refutas, puede que así se te ocurra algo.

Sin embargo, yo no puedo pensar con el estómago vacío, así que te propongo lo siguiente, vamos a buscar un sitio en donde comer y volvemos después, puede que para entonces veas esta puerta con ojos distintos.

Ante su parloteo animado, decido dejar de hacer el avestruz, desenterrar la cabeza y mirarle.

—De acuerdo.

—¡Perfecto! Levanta el culo que este suelo está helado —dice ya de pie, tirando de mi mano para que le imite.

Cruzamos la puerta, entrando en el casco antiguo de Toledo.

Ese olor a historia vuelve a llenarme de confianza, estoy segura de que mi madre dejó algo que yo podría identificar.

Con energía renovada observo a mi alrededor.

Hemos recorrido unos cincuenta metros, voy estudiando la acera izquierda, cuando escucho a Eiden anunciar:

—¡Mira, ese creo que te va a gustar!

Giro la cabeza en busca de aquello que señala.

—¡No me lo puedo creer! —exclamo sintiendo la forma en que mis ojos se abren desmesuradamente, muestra inequívoca de que no miento, realmente no me lo puedo creer, no puede ser el lugar que presupongo que es.

—¿Qué ocurre? —pregunta con desconcierto.

—Que mi madre ocultó la investigación en el último lugar que me hubiera imaginado. En el ojo del huracán.

—¿Eh?

—Posada Sol de Mayo —digo, señalando hacia el alojamiento que hay frente a nosotros, justo el lugar que Eiden me mostraba hace un instante.

—Helena, en serio, voy a salir de aquí con la sensación de que soy el ser más estúpido del planeta, por favor…

—¿Ves el sol tallado en piedra bajo el nombre del establecimiento?

—Ajá.

—No es cualquier sol, es un sol naciente que pertenece a la bandera de Argentina.

—¿Quieres decir que debemos volver?

—No, tenemos que ir a ver a mi padre.

—¿Vamos a hacer la huija? —pregunta no sé muy bien si en broma o en serio.

—¡Definitivamente, sí, eres imbécil! —respondo cuando su comentario y su cara roban una carcajada de mi garganta. Creo que se ha ofendido, por lo que decido aclararle el tema rápidamente—. Me refiero a mi padre biológico. El de verdad, el que me crio, sí murió junto a mi madre en aquel accidente.

—¿Eh?

—Te resumiré, el hombre que me engendró es el dueño de esa posada.

Es de origen argentino, pero sus padres se mudaron a España siendo él un niño.

Allá por 1983, en uno de los viajes que hacían para visitar a sus abuelos, dejó embarazada a mi madre, sin embargo, la paternidad no entraba en sus planes y decidió volver aquí, desentendiéndose de todo lo que tuviese que ver conmigo.

—¿Cómo supiste de su existencia?

—Mi madre me contó la verdad un día que tuve un ataque de ira por venirnos a vivir a Barcelona. Ahí entendí todo lo que mi padre sacrificó por mí y por eso dejé de pelear, o por lo menos dejé de hacerlo a diario...

—Bien, entonces crees que tu madre ocultó aquí la información.

—No se me ocurre otro lugar, nadie puede relacionarme con él. Fueron un rollo de verano y ella conoció a mi padre estando embarazada. Se casaron y me dio su apellido desde el minuto uno.

—¿No sabías que vivía aquí?

—No, solo que tenía una posada en España. Así que blanco y en botella, ¿no?

—Averigüémoslo —zanja entrelazando sus dedos con los míos.

Cruzamos la calle rodeados de un denso silencio, solo amortiguado por el sonido de nuestros pasos resonando sobre el pavimento empedrado.

De pronto me paro, justo antes de traspasar las puertas de un lugar que nunca imaginé que visitaría.

Mi madre, poco antes de morir, defendió a ese hombre, el que me había dado la espalda, el que había preferido renegar de mí.

Eso nos llevó a una discusión complicada, una pelea que acabó con lágrimas en casa de mi abuela, con gritos entre sollozos y unas palabras de las que nunca me sentí orgullosa, y que aún me queman: «Odio a mis padres» .

En cuanto la recuerdo, el escozor en mis ojos me advierte que, si sigo pensando en ello, las lágrimas no tardarán en escapar.

Eiden, comprensivo y elocuente, se acerca a mi oído y, templando el aire entre nosotros, susurra:

—Estoy justo aquí, no me moveré de tu lado.

Apretando un poco más fuerte mi mano, tira suavemente, abriendo con la otra la puerta.

Rápidamente el olor a carne asada y pan recién hecho invade mi organismo.

Observo el local. Me sorprende lo acogedor que resulta nada más entrar, con una mezcla de madera cálida y detalles rústicos que le dan un aire auténtico, casi familiar.

Las paredes, decoradas con fotografías coloridas de paisajes argentinos, parecen contar historias de un lugar lejano, un rincón de Sudamérica que se cuela en el corazón de Toledo.

El sonido suave de una guitarra, posiblemente un tango, flota en el aire y se mezcla con el bullicio tranquilo de los comensales.

Las mesas de madera oscura están cubiertas con manteles de colores vivos, y en cada rincón, pequeños detalles como botellas de vino Malbec o mate con su bombilla dejan claro el origen del lugar.

La nostalgia se abre paso en mi alma. Por un segundo, estar aquí de pie me transporta a otro lugar, a otro tiempo.

A una época en la que salir a comer los domingos con mis padres era una rutina a la que no le daba el valor y la importancia que tenían, presuponiendo que disponía de todo el tiempo del mundo para disfrutar de ellos.

Tras un pequeño mostrador justo en la linde de unas escaleras, que imagino son el acceso a las habitaciones, una joven nos sonríe al vernos entrar, con esa calidez tan característica de los lugares que han conseguido captar la esencia de su cultura.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarles? —pregunta amable.

—Querríamos hablar con el dueño, si es posible.

—¿Con mi padre?

La pregunta hace que mis piernas pierdan consistencia, siento que no van a tener fuerza suficiente para mantenerme en pie.

En ningún escenario de los que he podido imaginar, en los escasos minutos que hemos permanecido fuera hasta que me he decidido a entrar, la posibilidad de que ese hombre que renegó de la paternidad tuviese familia estuvo entre ellas.

Siempre lo he imaginado solo, un vivelavida sin responsabilidades.

Y en apenas un segundo, comprendo que la única responsabilidad que no quiso fui yo.

Miro a la chica, que a su vez me estudia con tanta intensidad que me desconcierta, como si algo en mi rostro le hubiese llamado poderosamente la atención.

La inquietud me recorre, haciéndome sentir que mis pensamientos se vuelven tangibles, que ella puede ver a través de mí, que sabe más de lo que yo misma soy capaz de comprender.

No nos perdemos de vista en lo que me parece un tiempo demasiado extenso para ambas.

Eiden, con su característica forma de entenderme, es consciente de que estoy bloqueada, por ello decide ir al grano, ya hemos perdido demasiado tiempo.

—Si el dueño es su padre, sí, es él con quien debemos hablar. Disculpe nuestra interrupción, pero es algo bastante urgente y delicado. Por favor, dígale que venimos de parte de Rosa Aguirre.

La muchacha, hechizada por el acento inglés de Eiden, asegura:

—Esperen aquí, voy a ver si les puede recibir.

—Gracias —responde Eiden por los dos.

La chica, esa que al parecer es mi hermana, sale de detrás del mostrador. La veo perderse hasta la mitad del pasillo que tenemos justo en frente, en donde se para ante una puerta. Cuando traspasa el umbral y dejo de verla, mi cerebro parece reaccionar.

—Es mi… es…

Eiden, que ha cumplido su promesa y continúa aferrando mi mano, sin permitir que me derrumbe, asegura:

—Os parecéis.

Le miro, quiero estar enfadada por su comentario, sin embargo, es cierto. Compartimos el mismo color de ojos, las pecas dispersas y un tabique nasal pequeño y redondo que siempre me ha conferido menos edad de la que tengo.

«¿Cuántos años tiene?», sin previo aviso, esa pregunta atraviesa mi mente, unida a una conjetura que no puedo evitar que me escueza: «No muchos menos que yo».

Cada vez me apetece menos ver a ese hombre, en cambio, al ver aparecer a su hija, sé que el momento de enfrentarme a él ha llegado.

—Seguidme —dice al llegar hasta nosotros.

En silencio obedecemos. Una vez abre la puerta y nos hace pasar, la cierra y se marcha, imagino que de vuelta a sus quehaceres.

Un pequeño despacho bien iluminado, con muebles en colores claros y estanterías en diferentes tonalidades de verde nos recibe. No he terminado de observar el espacio cuando una voz me atraviesa como un disparo certero.

—Llevo muchos años esperando este momento.

Estoy de pie, frente a un hombre que para nada es cómo me lo había imaginado en mi mente.

Desde que descubrí su existencia, siempre pensé en él como un tipo de pelo largo y desordenado, con ropa desgastada, collares de cuero y el aire de un eterno viajero sin rumbo, incapaz de quedarse en un lugar.

Sin embargo, quien me mira aguardando que diga algo, sin atreverse a dar un paso en mi dirección, es un hombre de mediana edad de pelo corto, salpicado de canas, vestido con una camisa impecable y mirándome con ojos claros y cálidos, pupilas que muestran estabilidad.

Nada en él encaja con la imagen de irresponsabilidad que tenía en mi cabeza.

—Buenos días, señor… —Eiden ha vuelto a tomar las riendas de la situación, cosa que agradezco porque parece que, desde que entrásemos a este local, he perdido por completo la capacidad de comunicarme con otro ser humano.

—Santiago Herrera, pero no me llames señor.

Veo como tiende una educada mano en dirección a donde estamos y Eiden la estrecha.

—Encantado, soy Eiden, amigo de Helena.

En ese instante, con su mano libre aprieta la mía, obligándome a reaccionar.

—¿Tienes algo para mí? —Definitivamente he perdido la capacidad para relacionarme con otro ser humano porque no hubiese podido sonar más seca y borde, aunque me lo hubiese propuesto.