A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Parpadeé varias veces, asimilando cada palabra y centrando mi mente en algo que no fuese el cuerpo de Nathan tendido en las frías baldosas del que una vez fue un hogar lleno de recuerdos maravillosos, esa misma casa que jamás veré con los mismos ojos.

—Debemos volver a España.

Como una autómata recité la inscripción que me dejó mi madre como pista. Eiden llamó al piloto y para cuando llegamos al hangar, el jet ya estaba listo para tomar velocidad y despegar, rumbo a España.

—Helena, me dijiste que debíamos venir a Madrid.

—No, te dije que debíamos aterrizar en Madrid…

—Pero Rosa hablaba de…

Corto su explicación:

—No te vuelvas loco o te explotará el cerebro.

Solo has de saber que soy disléxica y mis padres se pasaron mi infancia haciendo juegos y acertijos como forma de trabajar mi condición.

Además, éramos una familia amante de la historia.

Será mejor que sigas conduciendo, entre tanto, iré dándote esa explicación que pareces necesitar con urgencia.

Ante su cara de pez boqueando fuera del agua, buscando una aclaración, una débil sonrisa apareció en mi rostro.

—De acuerdo… —responde con cierto escepticismo, poniéndose el cinturón y arrancando el coche.

—Bien, mi madre dijo exactamente «A Barcelona fue robada la capital por ella ansiada. El segundo será su cruz y por él la espada trasladada al ojo del huracán».

Eiden me observa de soslayo, esperando que diga algo más. Como me mantengo en silencio, inquiere:

—Vale, ya sé que la respuesta a ese acertijo o lo que sea es Toledo, pero ¿por qué?

—La historia de España no es tu fuerte, ¿no?

—La historia en general. De eso nunca podremos discutir, te lo aseguro.

Me sonríe de forma tímida, mostrándome su optimismo sobre que tenemos algún tipo de futuro en común, más allá de sobrevivir a lo que viene.

Decidida en dejar mi dolor encerrado bajo llave hasta que esta locura acabe, para centrar cada neurona de mi cerebro en mi cruceta, giro un poco mi cintura, me acomodo de lado en el asiento del copiloto y, sin perder de vista la reacción que tendrá Eiden, recito:

—Bien, permíteme que te dé una clase rápida.

Toledo no solo ha sido una vez capital durante la historia, sino dos.

La primera fue trasladada por los visigodos desde Barcelona.

De ahí la parte de «a Barcelona fue robada, así lo sintieron en la ciudad condal.

Eso fue en el año 567 más o menos. La segunda vez fue durante el reinado de Carlos I, entre los años 1519 y 1561, momento en que fue trasladada por Felipe II a Madrid.

De ahí lo de «el segundo será su cruz y la espada», símbolo que aparece en la bandera de Toledo junto a la corona y el manto.

—Vale, vamos a Toledo y ¿en dónde buscamos? No será la ciudad más grande, pero tampoco es un lugar precisamente pequeño…

Veo que llegamos a un desvío y pido:

—Para aquí un momento. —Con expresión de incredulidad, obedece, le tiendo la carta y digo—. La clave está en la última frase.

Eiden lee:

—«En donde en su homónima el premio encontrarás».

—No pone premio, pone prenio —aclaro.

—¿Qué?

—Que parece una m pero en realidad es una n algo exagerada.

—El español no es mi lengua natal, sin embargo, lo domino lo suficiente para saber que prenio no existe. ¿O me equivoco?

—Tranquilo, estás en lo cierto. Lo que pone en realidad es pernio.

—Me he quedado igual que estaba… —responde, regalándome un rodamiento de ojos muy cómico que de forma involuntaria me arranca una sonora carcajada.

Al llegar mi propio sonido a mis oídos, corta de forma abrupta mi diversión, sintiendo la culpabilidad de reír cuando debería estar llorando.

Eiden, leyéndome mejor de lo esperado, con voz cargada de dulzura, explica:

—Él querría que volvieses a reír, algún día entenderás que seguir adelante no es malo y que Nathan estará siempre junto a ti, en cada paso del camino.

No puedo evitar que su recuerdo invada mi rostro, sin embargo, un sentimiento mucho más fuerte que la tristeza lleva gestándose desde ayer en mi interior, arrinconándola.

Temo que me convierta en un eco de lo que una vez fui, pero, en este momento, me resulta más fácil dejar que el odio domine mi vida que la tristeza.

De un zarpazo a mis mejillas, seco los restos de la Helena débil, asustada y rota, para dar la bienvenida a una que no siente nada más que desprecio, rencor e inquina hacia quienes han destruido mi vida y sesgado la de mis seres queridos.

Con voz carente de emoción, explico a Eiden los juegos que hacía con mi padre mientras le veo asentir, algo preocupado por mi cambio de actitud.

—Vale, entonces, según tú ¿dónde vamos?

—Solo se me ocurre la Puerta de Bisagra —antes de que pregunte, aclaro—: En Madrid está la puerta de Alcalá, la Puerta de Toledo… su homónima en la ciudad a donde nos dirigimos es la Puerta de la Bisagra, cuyo sinónimo es pernio.

—Es increíble la conexión que había entre tu madre y tú para que llegues a estas conclusiones.

—Ya te he dicho que nuestro amor por la historia, la arqueología, los acertijos e Indiana Jones fue algo que nos unió siempre —aseguro, antes de mirar fijamente a la carretera y observar el cartel que nos marca que estamos a veinte kilómetros de nuestro destino.

Continuamos en silencio el trayecto, cada uno sumido en sus propios pensamientos que no estamos dispuestos a compartir, lo sé por la forma en que Eiden, de vez en cuando, frunce el ceño con gesto concentrado.

No negaré que me encantaría saber qué está pensando, sin embargo, no estoy dispuesta a revelar los míos, por lo que decido seguir en este estado de mutismo autoimpuesto.

Con esta relativa calma, que algo me dice que precede a la tempestad, observo la forma en que el paisaje cambia gradualmente mientras avanzamos por la carretera.

Las colinas, salpicadas de olivos y encinas, dan paso a la silueta inconfundible de Toledo, erguida como un guardián eterno sobre el río Tajo.

Sus murallas doradas, bañadas por la luz de la mañana, se alzan majestuosas contra el cielo azul.

No puedo evitar que mi corazón se acelere, estas ciudades con tanta historia hacen que me embargue una emoción especial.

Caminar por sus calles para mí es como hacerlo por las páginas de un libro antiguo que nunca termina de leerse.

Cada piedra, cada arco y cada torre parece guardar un secreto, una promesa de historias aún por descubrir.

Visitando ciudades como Roma o Atenas, siempre me ha dado la sensación de que, en ellas, el tiempo no solo ha pasado; se ha quedado a vivir.

A medida que nos acercamos, los tejados de tejas rojizas y las torres medievales emergen, entrelazándose con el caos ordenado de calles estrechas, transportándome inevitablemente al recuerdo de un viaje que hicieron mi querida Lita y Amelia años atrás.

Yo no fui, estaba enferma, no obstante, las convencí de que no podían posponerlo.

A su regreso me mostraron fotos y me hablaron de Toledo como de un laberinto vivo, donde el pasado susurra en cada rincón.

Ese día prometí visitarlo, aunque esa promesa se quedó en el aire...

hasta hoy. Pensar que mi madre estuvo aquí antes de morir convierte esos susurros del pasado en gritos que me exigen enfrentar algo importante, algo que todavía no alcanzo a comprender.

Sin romper el aire del coche con palabras finalizamos el trayecto, buscando un lugar en donde estacionar, cerca del punto en el que rezo esté la respuesta que buscamos.

No obstante, cuanto más cerca estamos más dudas anidan en mi interior, pues no sé de qué forma podría permanecer un secreto allí durante tantos años sin ser descubierto.

En honor a la verdad diré que Eiden busca aparcamiento, mientras yo me pierdo en la nada más absoluta sin ser consciente. No es hasta que el coche se detiene con un suave chirrido de frenos, que tengo presente que frente a mí se alza imperturbable la Puerta de Bisagra.

—Mira que bien, un coche que se va —escucho decir a mi compañero.

A la par que el otro vehículo maniobra para salir, yo siento una especie de canto de sirena que me obliga a apearme del vehículo.

Ando los metros que me separan de mi destino y levanto la mirada, sintiendo de inmediato el peso del tiempo.

Las enormes arcadas, flanqueadas por torres redondeadas, parecen observarme con severidad, como si evaluaran mi intención antes de permitirme el paso.

Los escudos imperiales tallados en piedra dominan la fachada, recordándome que esta puerta ha visto entrar a reyes, guerreros y viajeros en busca de redención.

El aire aquí es distinto, cargado de historia mezclado con el aroma de piedra húmeda y leña distante.

Me acerco al portón de madera, gastado por el roce de incontables manos a lo largo de los siglos, y me detengo.

Permito que mis dedos rocen la textura rugosa, estudiando el monumento, a la vez que la desesperación se lleva cualquier otro sentimiento con la fuerza de una riada desbocada.

Dejo caer mi cuerpo hasta sentarme en el suelo y me tapo el rostro con las manos.

—Mamá, no entiendo tu mensaje —susurro abatida.

Percibo que alguien toma asiento a mi lado.

Su aroma siempre desconcertante, una combinación de lo familiar y lo enigmático, con algo cálido que me recuerda la madera recién cortada o la ropa limpia secándose al sol.

Un olor que evoca paz y seguridad, y, al mismo tiempo, un toque más profundo, oscuro, que se asemeja al humo, al cuero y a la tierra tras la lluvia, recordándome que siempre hay secretos detrás de todas las personas.

Ese perfume natural e inconfundible de Eiden.

Me abraza por los hombros, sin que yo destierre mi rostro. Pegándome contra su costado, pide.