Capítulo 22
C ierro el diario sintiendo nuevamente la rabia que debió experimentar mi bisabuela, el miedo de mi abuela y la inocencia de mi madre. Lita nunca me habló de ese día, imagino que es un capítulo que intentó borrar de su memoria. Posiblemente jamás se lo contó a mi madre.
Eiden me mira preocupado.
—Hemos llegado —anuncia.
Ante mí veo una verja flanqueada por un muro alto de piedra. En silencio, observo como Eiden se baja, coge una llave tras una piedra y abre el portón.
Al traspasar los muros, una pequeña casa rural nos espera. El aire frío de la mañana queda atrapado en la entrada, cuando doy unos pasos hacia el interior y el calor me envuelve como un abrazo silencioso.
El salón, amplio y acogedor, se abre ante mí, conectado con una cocina que parece sacada de otro tiempo: muebles de madera envejecida, una cafetera humeante sobre la encimera y tazas alineadas, esperando ser usadas.
Más allá, un pasillo en penumbra con varias puertas me deja claro que no es tan pequeña como parecía a simple vista.
No obstante, es la chimenea la que captura toda mi atención.
El canto hipnótico del crepitar de la leña hace que mis pies se dirijan hacia ella, buscando consuelo en las llamas danzantes.
El aroma a madera quemada se mezcla con el café recién hecho, creando una combinación que me invade por completo, llenándome de una extraña sensación de calma.
Eiden, siempre práctico, deja las mochilas sobre el sofá cubierto con una manta tejida a mano. Me mira sin decir nada, sin embargo, en sus ojos se adivina la misma pregunta que flota en mi cabeza: «¿Estamos realmente a salvo aquí?».
La cafetera suena y dirijo mi vista a la cocina, para acto seguido interrogar a Eiden sin despegar mis labios.
—He pagado un pequeño extra por tenerla preparada de forma urgente a estas horas.
—¿No levantará sospechas?
—Confía en mí, sé lo que hago.
Asiento, dirigiéndome a la cocina con la firme intención de tomarme un café para después darme una ducha.
Eiden se sirve una taza y vuelve al salón, no sé si espera que le siga o quiere darme espacio, este hombre me descoloca bastante. Necesitando unos minutos de soledad, me bebo del tirón el contenido de mi taza y pregunto:
—¿Dónde está el baño?
—La primera puerta a la derecha.
Cojo la mochila y me dirijo a ella. Antes de llegar, me giro y con inquietud pregunto:
—¿Cómo lo sabías?
Eiden deja de prestar atención al portátil para mirarme:
—¿El qué?
—Que es esta puerta —señalo hacia ella.
—Por las fotos de la web —explica y vuelve a mirar la pantalla que tiene delante.
«Helena, estás paranoica, Eiden no ha parado de salvarte el pellejo desde que os conocéis», me regaño mientras abro el grifo de la ducha.
Durante largo rato dejo que el agua resbale por mi cuerpo, intentando de esta forma que además del cansancio se lleve el dolor.
Aunque nada más lejos de la realidad, cuanto más me moja más despierta cada uno de mis recuerdos, esos en los que Nathan ha perdido la vida frente a mis ojos hace menos de un día.
«¿Cómo es posible que el reloj solo haya avanzado quince horas y en mi mente parezca que hace una eternidad que no me refugio en los brazos de mi amor?
», es la pregunta que me rompe mientras me visto, decidida a vengar su muerte, la de mis padres y la de cualquier persona que haya sido víctima de estas personas o sus antepasados.
Porque si algo tengo claro después de leer el diario de mi bisabuela, es que llevan mínimo un siglo haciendo imperar su ley del silencio a base de miedo y crímenes.
Salgo del baño y abro una puerta sin preguntar, esperando que sea un dormitorio donde esconderme un rato.
La habitación es pequeña pero acogedora, con una cama de madera sencilla cubierta por una colcha de cuadros.
Una ventana enmarcada por cortinas blancas deja entrar la luz tamizada, revelando una mesita con una lámpara antigua y un libro abierto.
El suelo de madera cruje suavemente bajo mis pies, y un perchero inclinado en la esquina sostiene un abrigo olvidado.
Con pasos vacilantes llego junto a la cama, me tumbo, cubriéndome completamente con la colcha. No quiero dormirme, solo cerrar los ojos y perderme en lo único que me han dejado de Nathan, su recuerdo.
—Helena, Helena —una voz me llega lejana—, hora de irnos.
No quiero abrir los ojos. No sé en qué momento me quedé dormida ni cuánto llevo perdida en este maravilloso sueño en el que Nathan y yo estamos acurrucados en el sofá, viendo El topo , esa película de espías que tanto nos gustó el año pasado.
Su risa cálida al comentar un giro inesperado sigue resonando en mi mente, como un eco lejano que me hace sentir viva por un instante.
En cambio, la voz de Eiden irrumpe en mi paz rasgando el velo de mi fantasía, y la pesadilla comienza de nuevo.
Lo miro con frialdad, incapaz de esconder mi hastío.
—¿Estás bien? —pregunta, desconcertado por mi gesto.
—Esto debería ser al revés —mascullo mientras me levanto pesadamente—. Pesadillas dormida y sueños despierta.
Me refugio en el baño, cerrando la puerta detrás de mí con más fuerza de la necesaria. Miro el reloj, solo ha pasado una hora desde que me duché, pero la opresión en mi pecho hace que sienta como si hubiese pasado una eternidad.
Me obligo a adecentarme frente al espejo, tarea difícil cuando mis manos tiemblan al intentar recoger mi cabello.
Si la vida va a arrastrarse así sin Nathan, lenta y dolorosa, prefiero no vivirla.
Es un pensamiento frío, lo sé, no obstante, no puedo evitar que me atraviese como un puñal mientras trato de recomponerme para afrontar lo que viene.
Eiden me espera con un nuevo café.
—Gracias —digo, sabiendo que hace unos minutos he sido totalmente injusta con él.
Me sonríe de forma tierna, haciéndome sentir peor por mi comportamiento.
—Vamos, hora de tumbar los planes a esos déspotas. Si no vas a decirme a dónde vamos, tendrás que conducir —asegura entregándome las llaves del coche.
Apenas hemos recorrido un par de kilómetros cuando mi corazón comienza un vaivén frenético en mi pecho, siento que la sangre circula demasiado rápido por mis venas y la vista se me enturbia, provocando que no pueda enfocar de forma correcta.
Paro el coche en el arcén, cierro los ojos y comienzo a contar mientras respiro.
Al abrirlos, mis pupilas se encuentran con las preocupadas de Eiden.
—Por nuestra seguridad será mejor que conduzcas tú.
Bajo del coche e intercambiamos posiciones. Ajustándose el cinturón, deja caer:
—Helena, necesito saber exactamente a dónde vamos. Madrid es muy grande.
—Nunca he dicho que fuéramos a Madrid.
Sin revelar nada más, le indico la salida que ha de tomar para abandonar la carretera secundaria por la que circulamos, incorporándonos a la autovía en dirección contraria a la que Eiden intuía. No puedo evitar sonreír ante su cara de desconcierto.
—Helena, si no confías en mí esto no va a salir bien.
—Lo siento, no confío en nadie.
—Eso no es cierto, si fuera así no estarías aquí conmigo, me hubieras robado el coche y hubieras huido.
En el fondo tiene razón, me ha salvado la vida dos veces, sin embargo, no me ha dicho todo sobre él, no sé quién es en realidad.
Es como el resto de las personas de mi vida.
Desde hace semanas todo lo que había en ella ha resultado ser una falacia, todo menos Nathan, y es lo único que ya no está.
Todos mienten, todos ocultan cosas, pese a ello, sé que no puedo hacer esto sola, aunque mi instinto de autoconservación me aconseje a gritos no fiarme de nadie. ¿Qué debo hacer?
—Para el coche —ordeno.
Eiden busca un lugar seguro donde estacionar y se gira para mirarme.
—Quiero confiar, necesito confiar, pero ¿quién me garantiza que eres quien dice ser? —Más que una conjetura es una súplica. Necesito una prueba de su verdad.
Busca mis ojos, dejándome ver esa mirada que es capaz de hipnotizarme, esa que me asegura que jamás me haría daño. Con delicadeza, sostiene mis manos entre las suyas, llevándolas hasta su pecho, y confiesa:
—Porque juntos mostraremos al mundo que la familia que se ama, lo hará a través del tiempo y el Atlántico.
Me deshago del contacto igual que si su pecho fuese una plancha al rojo vivo, sin embargo, sigo perdida en su mirada, a la vez que una riada salada anega mi rostro.
Sin romper el contacto, de forma instintiva toco la esclava de plata que llevo, esa que era de mi abuela y en la que pone: Te querré a través del tiempo y del Atlántico.
Eiden se deshace del cinturón, estrechándome entre sus brazos.
—Helena, te prometo que habrá tiempo de todo, sin embargo, yo también protejo a alguien además de ti. Confía en mí, te lo suplico, jamás te dañaré, jamás te abandonaré. No estás sola.
Sus palabras se cuelan a través de mis oídos, creando una nueva marea que escapa de mis ojos, mezcla de emoción porque le creo y mezcla de tristeza por lo que he perdido.
Me concede un pequeño silencio, dejándome ahí escondida con la cara enterrada en su pecho, sin embargo, soy consciente de que no podemos quedarnos aquí eternamente, aunque ahora mismo sea el único lugar en esta amarga tierra en donde me apetezca estar.
Su cálido aliento recorre mi oído en un susurro.
—Helena, necesito saber a dónde vamos. No puedo protegerte si no sé ni dónde ni de quién he de hacerlo.
Sabiendo que el tiempo juega en nuestra contra y que debo seguir adelante, decido hacer un salto de fe confesándole nuestro destino.
—A Toledo.
—¿Perdón? No entiendo nada, tu madre decía de ir a la capital.
Entiendo perfectamente su desconcierto, algo que en realidad provoqué yo a propósito en el avión.
En Argentina, cuando Eiden se aseguró que esa gente no nos seguía, sin dejar de conducir, preguntó:
—Helena, tenemos que movernos. Si sabes dónde debemos ir, bien, sino iremos a un lugar seguro hasta que sepamos qué hacer.