A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 21
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Capítulo 21

Diario de Juana Clark

Hoy me he citado con Derek, me ha entregado la carpeta y por fin podré desenmascarar a los Cavendish y a todas esas familias que siguen teniendo las manos manchadas de sangre. He tardado demasiado en cumplir esta promesa, pero por fin podré mirar al cielo y decirle que lo hemos logrado.

No obstante, Derek tiene razón, no puedo presentarme en una comisaría y entregar las pruebas, esa gente es demasiado poderosa y la policía demasiado corruptible.

Por eso me he citado con el señor Whitmore.

Su reputación intachable, sus investigaciones incorruptibles y su búsqueda de la verdad le preceden.

Sin duda, Jonathan H. Whitmore es el periodista que necesito para asegurarme que la verdad salga a la luz y los culpables paguen, sin importar su posición social, sus recursos y su apellido.

Juana se despidió de su hija, su yerno y su nieta, quienes pasarían el día haciendo turismo mientras ella se quedaba en el hotel, recuperándose de una indisposición estomacal.

Embuste con el que consiguió esas horas que necesitaba para llevar a cabo el verdadero motivo de ese viaje, ese regalo de bodas tardío que le entregó a su hija, cuyo destino y momento habían sido premeditados con meses de antelación, cuando ella recibió la visita en Buenos Aires del hombre que lo cambiaría todo.

Con más paciencia de la que jamás pensó poseer, aguardó las tres horas que la separaban de esa cita a la que debía acudir. Cerca de la hora de salida, mirándose frente al espejo de aquel baño de hotel en el que llevaba hospedada tres días, se infundió el valor necesario para llegar hasta el final.

—Tú puedes, Juana.

Respiró de forma pausada, consiguiendo controlar el desbocado trotar de ese caballo que llevaba en el pecho.

Regresó al dormitorio dispuesta a coger su bolso y partir cuando el sonido de un sobre deslizándose por debajo de la puerta la hizo girar la cabeza.

Se acercó con cautela y recogió el sobre con dedos temblorosos.

Era color marfil, liso, sin remitente ni destinatario; nada.

Con el corazón martilleando en sus oídos vació el contenido sobre la cama, tapándose la boca ante la impresión de ver el objeto que cayó sobre la colcha.

Una delicada diadema de tela en color malva, con un pequeño lazo en el costado. La misma diadema con la que había peinado a su nieta adorada, su pequeña y pizpereta Rosa, unas horas antes.

Necesitó sentarse en la cama para no marearse ante la ola de pánico que asoló su cuerpo con la fuerza de cien tsunamis. Volvió a coger el sobre, descubriendo en su interior una postal perfectamente acoplada al tamaño de su envoltorio, motivo por el que no cayó en el primer momento.

Sintiendo que le faltaba el aire, con manos temblorosas leyó la única frase que habían enviado como mensaje, escrita con letra fría y firme.

«Si quieres que sigan vivos, entrega la investigación».

Apretó los dientes, dejando que una lágrima se deslizara por su mejilla antes de limpiarla con un gesto firme.

Su mirada se endureció. Tenía que pensar rápido.

Sopesó sus opciones, si entregaba la investigación, sus enemigos no solo ganarían, también podían mentir y deshacerse de su familia de todos modos.

Si no lo hacía, estaba condenándolos a un destino incierto.

Cogió el sobre, buscando algo más en su interior.

La amenaza temblaba en su mano mientras la ira y el terror se mezclaban en su pecho creando una determinación que creía perdida.

Poco conocían esos criminales a Juana Clark si pensaban que cedería sin más.

En ese momento, trazando un arriesgado plan, una duda la atravesó:

«¿Cómo sabré donde debo ir?».

Volvió a tomar asiento, recuperando la postal para estudiarla con detenimiento. Tras leer la amenaza nuevamente, giró el papel, observando la imagen de El Puente Richmond, a las afueras de Londres. Bajo uno de sus arcos había una hora escrita: Las 15h.

Miró el reloj, le habían dado dos horas para personarse allí y sabía que debía hacerlo con toda la documentación que obraba en su poder o esa gente cumpliría su amenaza, ella mejor que nadie sabía que no les costaba sesgar vidas con tal de seguir siendo los reyes del mundo.

En ese momento, la doncella del servicio de habitaciones llamó a la puerta, pidiendo permiso para adecentar el lugar.

Juana, viendo una oportunidad única, sacó su billetera y rezó para que esa mujer accediese a tan dudosa petición.

Tras una ardua negociación, guardó en su bolso el sobre, junto a la carpeta y un diario negro que siempre la acompañaba desde el día que cumplió dieciséis años, y abandonó la habitación, sabiendo que ya no era cuestión de justicia. Era cuestión de supervivencia.

A la hora indicada, un Austin FX4, el modelo de coche más extendido como taxi en Londres, la dejó junto al puente.

—Espere aquí, si no vuelvo en diez minutos con tres personas, llame a este número.

Una petición tan peligrosa como comprometida, no obstante, unos cuantos billetes junto a la nota en la que estaba escrito un número, fueron suficientes para que el hombre corpulento de facciones rudas aceptase y estacionase el vehículo a unos metros de allí.

Doce minutos después, el taxista pensaba marcharse sin molestarse en marcar aquel número que esa mujer de acento extranjero le había dado, en cambio, la vio aparecer en su dirección llevando a una niña de apenas dos años en brazos, tras ellas, una pareja caminaba abrazada en la misma dirección.

El hombre esperó que entrasen, observando la cara de angustia que lucía la nueva compañera, una mujer de unos treinta años que pronto descubrió era la madre de la niña.

Siguiendo las instrucciones de la señora que había contratado sus servicios, los llevó al aeropuerto y nunca más los volvió a ver.

Derek se alejó del teléfono, de ese aparato al que llevaba pegado siete horas, rezando para que no sonase, pues de hacerlo, sabría que Juana había fracasado y quedaba en sus manos seguir adelante con la investigación, esa que prometió olvidar, igual que haría ella, si la terrible llamada no llegaba.

Lejos de allí, en la redacción del periódico The London Gazetteer , conocido por su periodismo de investigación, análisis político incisivo y reportajes internacionales.

Cuyo lema era Illuminating Truths Since 1824, iluminando verdades desde 1924, Jonathan H.

Whitmore aguardó hasta última hora de la tarde, mirando a cada rato hacia la puerta, con la esperanza de que esa misteriosa mujer, con la que estaba citado horas atrás, cruzase.

Sabiendo que ya no ocurriría, decidió volver a su hogar, aunque pasaría años dándole vueltas a esa frase con la que esa desconocida consiguió una cita que no era fácil, ya que él no perseguía cualquier noticia ni investigaba cualquier indicio.

No obstante, cómo resistirse a «Señor Whitmore, ¿qué me diría si pudiese demostrar que el Titanic jamás se hundió? ».

Si estás leyendo este diario, significa que eres valiente y que quieres luchar por sacar esa verdad que me han obligado a ocultar.

Siempre que tengas dudas, recuerda que ve más un águila en el cielo que un ejército de topos en la tierra.

D. tendrá tus respuestas.

Tengo fe en que tú sí harás justicia.

Con amor, Juana Clark.