Capítulo 20
H an pasado unas horas desde que el peor presagio de mi existencia se materializase, y sigo sin hacerme a la idea de no volver a perderme en la mirada pura de Nathan ni tener la oportunidad de volver a cobijarme entre sus brazos.
Quiero morirme junto a él con las mismas ganas que tengo de vengar su muerte.
Juro por lo más sagrado que no pararé hasta llegar al final de esta mentira.
La impunidad de esa gente terminará muy pronto, pienso destruirlos, aunque pierda la vida en el camino.
No soy capaz de derramar una sola lágrima más, es del todo probable que durante las horas de vuelo me haya quedado seca por dentro.
Viendo por la ventanilla del jet la forma en que nos aproximamos a una pista de aterrizaje, obligo a mi mente a dejar de pensar en ese momento desgarrador y me centro en mis siguientes pasos.
Eiden, sentado en el asiento de enfrente, me mira compasivo a la vez que me dedica una pequeña sonrisa y dice:
—Pronto acabará todo, te prometo que te protegeré hasta el final.
Sus ojos se encuentran con los míos en un baile de tristeza en la que los suyos me demuestran que está dispuesto a enfrentarse al mundo junto a mí.
—Voy al lavabo —digo, levantándome de forma torpe.
No dice nada, se limita a mirarme de esa forma en que me descoloca, igual que lleva ocurriéndome desde que le conocí. Mi sexto sentido me advierte de que le mantenga vigilado, al igual que me decía Nathan, y, sin embargo, algo en su mirada me hace confiar en que está de mi lado.
En la soledad del reducido cubículo, procuro adecentarme como puedo, aunque cada movimiento me cuesta como si la fuerza de la gravedad pesase el doble que de costumbre. Pronto bajaremos del avión y debo estar lista para enfrentar lo que viene. O al menos aparentarlo.
Apoyándome en el lavabo con ambas manos, aprieto con tanta fuerza el frío metal entre mis dedos que se quedan blancos, sosteniéndome para que no me desmorone.
De corazón espero que esto termine pronto.
Solo quiero cumplir con la voluntad de mi familia y encerrarme en mi casa, donde podré permitir que el mundo se detenga.
Donde podré llorar a Nathan sin máscaras ni testigos.
En este preciso instante, su imagen me invade sin avisar, golpeándome con la brutalidad de un tren.
Lo veo sonriendo, esa sonrisa blanca que te alegraba hasta el día más sombrío.
Lo veo peleando por nosotros, sacrificándose.
Pienso en su risa, en su voz, y en la forma en que llenaba cualquier lugar al que llegaba, como si la vida girara en torno a él.
Y ahora… ahora solo queda este vacío inabarcable.
Alzo la vista al espejo, buscando algo de mí misma, en cambio, no reconozco a la mujer que me mira.
Su piel está pálida, sus ojos hinchados y perdidos, como si el alma le hubiera abandonado junto con él.
Es un reflejo roto, un eco de lo que fui.
Siento que no me llega el aire por la fuerza en la que contengo un grito que me arde en la garganta y me oprime el pecho.
Lo aprieto entre los dientes, ahogándolo hasta que no queda nada más que un jadeo sofocado.
—¿Cómo? —sollozo—. ¿Cómo se supone que podré vivir sin ti, mi amor?
Ya sin esforzarme en contenerlas, esas lágrimas que creí secas, caen sin permiso, calientes y furiosas. He intentado aguantar, he intentado no sucumbir otra vez ante ellas, pero es inútil. Estoy rota, cada pedazo de mí grita su ausencia, y no importa cuántas veces me lo repita: él no volverá.
Quiero creer que esto es una pesadilla, que pronto despertaré y todo estará bien.
Que me giraré en la cama y encontraré su figura tranquila, recortada por la luz de la mañana barcelonesa.
Sin embargo, no hay despertar ni alivio.
Solo este dolor desgarrador que se me ha instalado en el pecho y parece que nunca se irá.
Por los altavoces del jet escucho la voz del comandante, anunciando que pronto llegaremos a nuestro destino.
Me obligo a apartar la vista del espejo y trato esta vez con convicción de recomponerme.
Me lavo la cara, me rehago la coleta y al salir, una última mirada al espejo me confirma que jamás volveré a ser la misma.
Media hora después, el aire frío de la madrugada me golpea nada más bajar del aparato.
Miro a nuestro alrededor, el alba comienza a despuntar en el horizonte, recortando la silueta de Madrid.
Observo el letrero que me da la bienvenida: «Hangar 7 derecho.
LECU», aeropuerto de Madrid-Cuatro Vientos.
Y me encojo bajo la chaqueta que Eiden pone sobre mis hombros.
—Vamos, he alquilado una casa en donde podremos estudiar nuestros siguientes pasos. No está lejos de aquí.
—¿Y si nos han seguido?
—No lo creo, ¿le dijiste a alguien que volverías a España?
—Solo a Nathan…
El aire se espesa a nuestro alrededor, cargando nuestra línea de visión de ese sentimiento que odio profundamente, lástima.
Eiden me mira compasivo, con la misma mirada que tuve que soportar durante años en el instituto por ser la pobre huérfana.
Sin ganas de que la pena gane una nueva batalla, me centro en mi plan de vengar a mi familia y mi amor.
—¿Seguro que no podrán localizar a Diana y su familia?
—Créeme si te digo que Diana tenía muy claro qué hacer en determinadas circunstancias, no obstante, he contratado los servicios de un equipo de seguridad que me mantendrá informado si alguien intenta algo contra ellos.
—¿Sabes dónde está? —pregunto sorprendida, volviendo a ese cambio sustancial en la actitud de Diana frente Eiden que me desconcertó en Argentina por no saber cuál había sido el detonante.
—Sí y, por su bien, cuantas menos personas conozcan esa información mejor para ella y para mi trabajo de protección. —Sabe que no dejaré el tema estar, por ello, aclara—: Helena, por favor, no soy el enemigo, confía en mí. Vamos a acabar con esa gente, juntos.
Abrazándome contra su costado para protegerme del aire frío, me guía en silencio fuera del hangar mientras me pregunto:
—¿Cuántas vidas más están dispuestos a sesgar o arruinar para guardar este puñetero secreto?
Pensaba que lo había dicho para mis adentros, pero comprendo que no es así cuando Eiden me responde:
—Si depende de nosotros esto acabará hoy mismo —asegura, abriéndome la puerta del coche que nos espera fuera.
Dejo que el vehículo atraviese varias carreteras mientras el amanecer va haciendo acto de presencia, pintando el horizonte de tonalidades naranjas y azules que me dejan hipnotizada durante parte del trayecto.
Necesito evadirme del dolor, por ello, saco el diario negro que perteneció a mi bisabuela, decidida a leerlo en profundidad.
En él pueden estar las pruebas que pongan fin a todo.