Capítulo 19 #3
—Señorita, tiene el mismo espíritu justiciero que su madre; temo que si no me entrega toda la información que posee, su final no sea muy diferente al de ella.
—¡Hijo de puta! —grité con furia.
—Prefiero que me llame hijo del capitalismo. Si usted me paga tres millones de euros estaré de su lado y mis chicos también, ¿a que sí? —respondió de forma irónica mientras sus «chicos» sonreían sin un ápice de remordimientos ni empatía.
Tras esa pequeña broma criminal se puso serio, haciendo un movimiento de cabeza a uno de ellos.
—No tengo nada, aquí no está lo que yo creía —aclaré intentando guardar la calma, percatándome que todavía contábamos con una baza maestra.
—Señorita, deme su mochila, no tengo tiempo para tonterías, le prometo que no tengo intención de lastimarlos. Si me da lo que le pido nadie perseguirá a la amiguita de su madre…
—Sabe bien que no puedo creerle así por las buenas, señor Case. Necesitaré una prueba de su buena fe.
—Esta es mi buena fe. Puede creerme y hacerlo por las buenas o puede obligarme a hacer algo que no quiero —respondió, calibrando su arma directamente en dirección al pecho de Nathan—. Usted decide, joven.
Angustiada, con el corazón sobrecogido y odiándome por poner a Nathan en aquella situación, pues era única y exclusivamente culpa mía que estuviese allí, me obligué a mantener la calma.
En ese instante, un pequeño cambio en la posición corporal de Nathan me indicó que había descubierto la misma baza que yo localicé segundos atrás, Eiden escondido tras nuestros atacantes, aguardando el momento propicio para irrumpir en la escena.
Una certeza me llegó en aquel instante, ese inglés estaba de nuestro lado, nunca tuvo intención real de dejarnos solos a merced de nuestro destino.
—Está bien, le daremos la mochila —aseguré viendo cómo Eiden me señalaba la ventana situada a nuestra izquierda.
Con estupor observé como él y Nathan se dedicaron una mirada fugaz de complicidad, tras la que mi chico se interpuso totalmente entre el señor Case y yo, entorpeciendo mi visión de lo que acontecería y protegiéndome de un posible disparo.
—Bien, señor Digby, lo haremos por las buenas, deje la mochila en el suelo, con mucho cuidado, y dele una patada en mi dirección —solicitó el señor Case quitando el seguro a su arma, un clic inquietante que me aterró.
—De acuerdo —aseguró Nathan girando levemente su cuerpo, con intención de quitarse la mochila que llevaba a la espalda. Una vez deslizó la segunda asa a través de su brazo, todavía ladeado, susurró—: Corre.
Sin previo aviso, Nathan lanzó la mochila directamente al rostro de Case, haciendo que retrocediera tambaleándose.
En ese impasse, Eiden emergió de las sombras con una agilidad que parecía irreal, lanzando una bomba de humo a los pies de uno de los otros tipos.
La nube gris lo envolvió todo en segundos, a la vez que Eiden se lanzó contra un perseguidor, derribándolo con una llave precisa, y Nathan embestía al otro como un torbellino descontrolado.
Mis ojos apenas podían seguir lo que estaba ocurriendo, sentí que mis pies estaban anclados al suelo, presos del pánico. El humo me alcanzó, consiguiendo que tosiera y despertase de ese letargo.
—Helena, corre —me ordenó nuevamente Nathan.
Entre la espesura distinguí la silueta de Case, recuperando la mochila del suelo y levantando el arma hacía mi novio.
En un acto reflejo, me lancé hacia él con todas mis fuerzas, propinándole una patada brutal en la entrepierna.
Tras un grito de dolor gutural se dejó caer de rodillas al suelo, perdiendo el arma.
—¡Por la ventana! —La voz de Eiden cortó el caos como un cuchillo.
Con el modo supervivencia activado, agarré la mochila del suelo y corrí hacia la ventana abierta, mi cuerpo se movía antes siquiera de que mi mente pudiese ordenarle hacerlo.
Salté al vacío, aterrizando en el jardín con un golpe seco que me sacudió hasta los huesos.
Eiden cayó justo detrás de mí. Al levantar la vista, los ojos de Nathan me miraron un segundo todavía desde el otro lado de la ventana, en el mismo momento en que el ruido ensordecedor de un disparo rompía el aire.
Mis pies se clavaron al suelo, deteniendo mi mundo durante un instante eterno. Me asomé al interior justo a tiempo para ver al hombre de mi vida desplomarse, impactando contra las baldosas frías y duras, como un muñeco roto.
—¡Noooo! —mi grito retumbó hasta en las más lejanas montañas.
Eiden me agarró del brazo, arrastrándome hasta el coche. Prácticamente tuvo que lanzarme dentro, a la par que yo seguía mirando hacia atrás, incapaz de aceptar lo que acababa de suceder.
El motor rugió y el coche arrancó, sin embargo, en mi mente no podía oír nada más que el eco de aquel disparo y la imagen de Nathan cayendo al suelo.
Pese a que todo ocurrió en un lapso insignificante de tiempo, mi mente lo rememora en una cascada infinita de eternidad; lenta, sin prisa, agónica y con una cantidad arrolladora de detalles, que me aseguran que esa imagen me perseguirá mientras viva.