A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Helena —dijo mutando a un gesto solemne—, tu mamá era viva como un zorro y, como no tenía idea de quién la seguía, se había armado varios planes para cubrir cualquier cosa… hasta su propia muerte... —La voz comenzó a fallarle y mis ojos se aguaron mientras me tomaba de la mano.

—Mamá me dejó una nota diciéndome que si le ocurría algo viniera a verte, pero yo no quería involucrarte.

—Mi amor, no lo hiciste vos; lo hizo ella porque yo se lo pedí.

—¿Tú sabes por qué estaba investigando?

Sentándose a mi lado, aseguró:

—Cuando abrás esta caja entenderás muchas cosas. Yo solo puedo decirte que mi prima tenía órdenes mías de enviarme el contenido si tu mamá no llegaba a por ello, tal como sucedió…

Sin dejar de hablar retiró el pañuelo, dejando ver una preciosa caja de madera tallada con las iniciales JC, imaginé que por Juana Clark. Diana me la entregó, a la vez que yo hacía un esfuerzo titánico para contener el temblor de mis manos.

—Así como yo tenía que darte la caja junto con esto, si algún día venías a buscarme. —Volvió a agacharse sobre el hueco, cogiendo un sobre del interior—. Yo transcribí el mensaje que me hizo llegar Rosita.

Dejé la caja sobre la cama, necesitando saber qué había dentro de aquel sobre. Lo abrí, leí su contenido y pregunté.

—¿Sabes la respuesta?

—Mi comadre nunca me la dio, pero bueno, tuve muchos años para hacer mis conjeturas. Una, que es curiosa, ¡qué le vamos a hacer! —respondió con picardía, regalándome una tímida sonrisa que se abrió paso entre la tristeza que desprendían sus ojos.—. Saldré, este momento es tuyo.

La mejor amiga de mi madre se secó las lágrimas y abandonó el dormitorio.

De forma rápida revisé el contenido de la caja que perteneció a mi bisabuela y la causa de que yo perdiera a mi madre.

Era tal la fuerza de las lágrimas de rabia que desprendían mis ojos que me cegaban completamente.

En ese momento alguien llamó a la puerta.

Cerré el estuche, me levanté y abrí. Nathan me miraba con preocupación y una taza de té en las manos.

—¿Quieres?

Me hice a un lado para que pasara. Volví a sentarme en la cama y le tendí la caja.

—¿Ya lo has leído? —preguntó, sacando un diario de cuero negro y letras doradas.

—Solo por encima, tendré que leerlo con detenimiento de vuelta a España, dile a Eiden que tenemos que coger un avión.

Nathan me miró sin comprender, en el instante en que le tendí la carta de mi madre y aclaré:

—El diario por sí solo no prueba nada, es un relato de mi bisabuela, narrando la forma en que la amenazaron para que guardase silencio.

También hay unos documentos, aunque las pruebas que de verdad harán justicia están ahí.

—Señalé la carta que mi novio sostenía entre las manos mientras le escuchaba leer en voz alta.

Querida Helena,

Seguramente ya sepas más que yo de lo ocurrido, pues si Diana te ha dado esta carta es muy probable que yo no llegara a ver el contenido de la caja de mi abuela.

Si como creo, en ese objeto hay pruebas de lo que ocurrió, debes unirlo con mi investigación y hacer que paguen por la sangre derramada.

A Barcelona fue robada la capital por ella ansiada, los cinco serán su cruz y la espada trasladada al ojo del huracán. En donde en su homónima el premio encontrarás.

Te quiero.

Al terminar de leer, Nathan me abrazó.

—Deduzco que no vamos a Madrid.

—Deduce bien, señor Digby.

—Bien, en ese caso ¿qué tal si dejamos a Eiden aquí y buscamos un vuelo comercial?

Le miré reprochando su actitud.

—Vida, confío en él y tú deberías confiar en mí. Será mejor que te ponga al día de lo que me confesó en el vuelo.

Tras explicarle la conversación que Eiden y yo mantuvimos en el jet. Nathan, sin estar del todo convencido, atestiguó:

—De acuerdo, señorita Benet, le parece bien si voy a buscarle y mientras prepara el vuelo me da una clase de historia de España.

En ese instante, la voz de Eiden alertándonos de un peligro inminente nos sacudió.

—¡Nos han encontrado! Debemos irnos ya.

Recogiendo la caja y su contenido con prisa, Nathan cogió mi mochila y enfilamos escaleras abajo a gran velocidad.

—¡Qué quilombo! —exclamó Diana, con más tranquilidad de la que cabría esperar dadas las circunstancias, descolocándome con su expresión casi guasona.

—Diana, tienes que venir con nosotros. No pueden encontrarte aquí, si te relacionan conmigo no sé qué podría ocurrir —dije ahogándome con cada palabra.

Me sentí fatal por involucrarle de nuevo en esa historia, igual que lo hiciera mi madre.

—Mi nena, tranquila, siempre supe que este momento podría llegar. Debo ir en busca de mi esposo a su laburo, estaremos bien hasta que vos logres justicia, después todos volveremos a nuestras vidas.

Eiden se acercó, dándonos órdenes.

—Nathan, vigila la puerta principal, necesitamos unos minutos de ventaja, en cuanto veas que están dentro del jardín reúnete con nosotros. Helena, acompaña a Diana al salón. —Con esto último le tendió una linterna a mi tía y yo los miré sin comprender que narices ocurría.

— Hacé justicia… y recién entonces vas a entenderlo todo, mi nena —dijo Diana comprendiendo mis dudas.

Tras verla encender la linterna, la seguí por el pasillo.

Me quedé a cuadros al ver una abertura en el suelo, y observé cómo Diana, tras acariciar la mejilla de Eiden, se adentraba por unas escaleras que descendían hacia una oscuridad absoluta.

Cuando la perdí de vista, el suelo se cerró tras ella con un crujido inquietante, dejándome sola y desconcertada en un lugar que de pronto ya no me resultaba familiar.

Con determinación me giré, encarándome a Eiden.

—¿Quién eres tú?

Ese cambio de actitud en Diana me inquietó, demostrándome que algo no encajaba.

—No tenemos tiempo para esto, coge las cosas. Debemos irnos.

—¡No iré contigo a ningún sitio! —grité en el momento en que Nathan entraba portando mi mochila a la espalda.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Tienes razón, no es quien dice ser.

—Helena, por favor, hablaremos luego, ¿tienes las pruebas? —Quiso saber el acusado con voz tranquila.

Dio un paso en mi dirección, en el instante en que Nathan se interpuso en su trayectoria.

—No te acerques a nosotros.

—Está bien, he intentado protegeros, pero está claro que jamás confiaréis en mí. De ahora en adelante, podéis seguir sin mí. A ver cómo salís de esta, tortolitos.

Eiden abandonó el salón con gesto serio y mirada reprobatoria.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

—No he visto a nadie fuera, creo que nos está engañando.

Nathan cogió dos figuras de madera que reposaban sobre uno de los muebles, eran dos siluetas talladas de algo menos de cuarenta centímetros que simbolizaban el amor y la pareja, regalo de mis padres a Diana y su marido el día de su enlace, cuando yo tenía diez años. Tendiéndome una de ellas, aseguró:

—Salgamos de aquí y si intenta algo le atizamos con fuerza.

Antes de poder llevar a cabo nuestro precario plan, escuchamos:

—Señorita Benet, es usted muy difícil de seguir.

Ante nosotros apareció el señor Case apuntándonos con un arma, a la vez que dos tipos vestidos de traje impoluto y portando armas semiautomáticas apuntaban también en nuestra dirección.

Más tarde supe que esa gente eran profesionales y que la cerradura de la puerta principal no fue obstáculo, al igual que piratear la cancela exterior para abrirla sin delatar su llegada. Nathan interpuso su envergadura entre aquel tipo y yo.